Salito Salazar

Se llamaba Salazar. En realidad, ese era su apellido. Del nombre no me acuerdo. O no lo supe nunca. Todos lo conocíamos por Salazar; o Salito. No sé de dónde venía. Nunca se lo pregunté, porque esa información era completamente irrelevante (no sólo en su caso; creo que en cualquiera). Tenía acento norteño, aterciopelado, como de celebración de la Pachamama. Era pausado en su hablar, como quien comprende que hay un tiempo para cada cosa, que cada cosa tiene su tiempo. Era bajito. Morochón. Tenía algo en su rostro que hacía confiar en él.

Ni bien uno entraba al café Cumparsita, lo veía sentado a la mesa del fondo – feudo de palabras -, rodeado de tacitas de café, humo y diarios. Buenas, Salazar, revoleaba uno al aire, y el negro levantaba la vista, echaba una de esas sonrisas blanqueadas de contagio cimero andino, y decía: Siéntese, por favor, que parece estatua o fiel; y ninguna de esas es cosa buena. Tenía una filosofía auténtica, Salazar. Propia. Lo que no dejaba de provocarme cierta envidia malsana. Uno se sentaba, entonces, y Salito apartaba los diarios, con la vista ordenaba un par de cafés solos – Salazar y Colza, el mozo, se entendían como si hubiesen nacido de la misma placenta de significados -. Qué cuenta, m’hijo, disparaba Salazar, y sus ojos eran todo pregunta, todo interés sincero, todo Salazar. Y uno desembuchaba penas o alegrías frágiles que el día había dejado en el balance de instantes que uno llevaba en vela. Salazar, Salito, escuchaba atentamente, como si en ese momento nada le importara más; asentía, gesticulaba de acuerdo a cómo le fuera llegando la historia; un gesto de agradecimiento cuando llegaban los cafés y una mirada que invitaba a una pequeña pausa para sorber – nada de azúcar; Salazar no aceptaba tal herejía, ni en el propio, ni en el ajeno – un trago de café fuerte y espeso que transitaba por la garganta como un derrame de petróleo o de ácido. A saber cuántos cafés se metía entre cuero y carne. Pero eran muchos. Y seguía, entonces, el interlocutor, después de zamparse el café de un trago – peaje inevitable -, refiriendo sus cuitas. Cuando terminaba, Salazar profundizaba su silencio, una especie de entretiempo en el que flotaban los gestos. De pronto, con su calma habitual, Salito componía sus comentarios, sus consejos – muchas veces, sin siquiera el auxilio vulgar de las palabras -. No creo que nadie haya sabido del alama, del subconsciente o como guste llamársele a ese laberinto que somos, como Salazar. Lo podía ver. Bastaba ver esa mirada que le brindaba a uno. Estaba leyendo el reverso de las portadas que nos inventamos. Leía la letra chica. Diminuta. Que se inscribe al principio de las culpas. Salito ejercía de extraño párroco, de sacerdote, de astrólogo, de mago, en la mesita del fondo del Cumparista. A cambio de un cortado. Dictaba cátedra.

Tenía admiradores fervorosos. Un editor insistía casi a diario con publicarle un libro. Hojas que el viento se lleva, descartaba Salazar. Lo mío es cara a cara. Momentáneo. Se justificaba con sonrisa a toda cara, en letras mayúsculas y bien luminosas. Además, agregaba, cuando el editor se retiraba, no sé leer. Los diarios son para que espantar a los nuevos, yo también necesito mis ratitos. Y son también para los habitúes; para que no planten sus bártulos con afán de afincarse más allá de lo que tengan para decir sus preguntas. Colza, el mozo, oficiaba de asistente en los casos más graves – y de guardaespaldas en alguna que otra ocasión -. Salito lo convocaba con un gesto único, leve, que casi ni era tal. Gesto de hombre que sabe que dos más dos suman más ojos y entendederas. Y Colza concurría, con su paso diligente, y se le plantaba a su lado, de pie, la bandeja sin brillos debajo del sobaco derecho; la mano izquierda cruzada como un Napoleón más auténtico que el original, con ese trapo que había sido blanco y ahora lucía un amarillo muy apagado, como de atardecer sombrío, colgándole del brazo. Salazar, entonces, luego de que se compusiera la escena – o se recompusiera -, le solicitaba al interlocutor que repitiera con pelos y señales todo lo que le había contado. Pero ahora, Salazar sólo observaba a Colza; sus ojos oscuros y vivaces. Cuando la narración concluía, Colza y Salazar se miraban con intensidad, como dos que se miden antes de una pelea – pero no de una cualquiera: definitiva -, como dos que se contemplan antes de un beso. Lapso variable de tiempo; que podía ir de los dos a los diez minutos, el que transcurría hasta que en ambos se dibujaba una sonrisa (una única vez se descompusieron en una carcajada larga, que terminó por espantar al tipo que había contado sus cosas; nunca dijeron de qué estaba hecha esa risa). Entonces, Colza desencajaba la bandeja del sobaco, la asía con la mano derecha en actitud pendular, la mano izquierda se desnapoleonizaba, y se iba hacia la región de la barra, su territorio. Salito lo miraba alejarse, como quien mira orgulloso partir a un hijo al colegio, y comenzaba con su labor de exégesis, de consejero, de desenredador.

Cuántas veces me consoló, me alegró o me bajó a tierra, Salito. A veces, uno iba sólo a mirar cómo aconsejaba a otros – siempre y cuando al tipo que buscaba auxilio no le molestaran presencias adyacentes -; con eso bastaba (porque hay esos días en que uno no se da cuenta si le pasa algo o no, y qué es eso que pasa o no a nuestras espaldas). Qué misas ni qué ocho cuartos, Salazar era más que un sacerdote, que un maestro. Andaba rondándoles a los dioses; disputándoles prestigios y resultados. Decía, Salito, que había llegado hacía una pila de años desde Sucre, con una mano adelante y otra atrás (no llegó nunca a especificar cuál en cada posición), decía que no había trabajado en su vida – menos mal, un tipo así se echa a perder en cualquiera de las labores que nos hemos proporcionado -; decía que vivía de lo que los muchachos que se acercaban a su (Su) mesa en el bar le dejaba a voluntad. Otros aseguraban que dormía en un cuartito en la parte de atrás del Cumparsita (nunca nadie se atrevió a preguntarle al dueño; mucho menos a Colza). Era increíble la cantidad de cosas que se decían sobre Salito – cuanto uno menos sabe de algo o de alguien, más se habla sobre ello o él o ella -.Eso sí, ni una cosa mala. Todos admiraciones, fidelidades de esas que se dan en los cafés de barrio (y de las que surgían en ciertos potreros ya desaparecidos bajo estacionamientos o estaciones de servicio). Salito era una institución. Invariablemente en su mesa. Por eso me asombró no verlo ayer en el café. Nunca había faltado. Vi a otros muchachos que conocía de vista, a otros nuevos; tipos con las miradas llenas de preocupación que no se atrevían a preguntar con palabras – ni sin palabras -: el interrogante engendra respuesta. Algunos decían que le había fallado el cuore, que la presión, que tanto cigarrillo, café y sedentarismo – otros interponían que imposible, que un tipo que fuma como fumaba Salito, y que toma café de la manera en que lo hacía, y que tenía esos dientes tan blancos, no podía tener los otros órganos tan maricones como para jugarle una mala pasada así -. Se dijeron muchas cosas. Pero, sobre todo, se callaron muchos temores; se esquivaron muchas posibilidades de verificar un mal augurio. Yo me acerqué a Colza y con la mirada le pregunté (un gesto pelotudo, pero pragmático: mis ojos levemente revoleados en dirección a la mesa evidentemente vacía de Salito pero llena de miradas). Colza levantó los hombros y se dio vuelta. Pero antes alcancé a verle una lágrima o la intuición de una lágrima gorda, hiperbólica, larga, incontenible continente. Me marché del café sin ganas de seguir soportando las miradas que buscaban entender; temiendo corroborar las ideas funestas que me habían empezado asaltar.

Hoy volví. Al Cumparsita. La mesa al fondo vacía. Busqué a Colza. En la barra no estaba. De todas maneras, me arrimé hasta la caja, donde estaba el dueño. Colza no vino. Salito murió ayer a la tardecita. Lo entierran hoy. La voz entristecida. Entrecortada; como si llegara de un lugar muy distante: del mismísimo dolor; el mismo que me estrujó el pecho. Dónde, alcancé a preguntarle. En la Chacarita, respondió. Marché hacia allí. Sollozando dignamente, tratando de mantener una meridiana compostura (a idioteces a las que nos sometemos: composturas, flema, la procesión por dentro), hacia el cementerio. No sé cómo encontré el lugar donde lo enterraban a Salito – no recuerdo haber pedido direcciones -. Supongo que por algún influjo de borras y vinculaciones afectivas. Y, ya cerca, por la cantidad de rostros conocidos (y no tanto): toda la clientela estable (y muchos más) del café estaba allí (entonces caí en la cuenta de que cuando había entrado en el café, más temprano, estaba vacío – pero claro, el único vacío relevante era el de la mesa del fondo, el resto siempre había sido relleno -; recordé – o me inventé la memoria inútil – que el dueño me dijo que todos habían ido llegando y saliendo, reproduciendo un mismo camino y, muy probablemente, una misma tristeza inconsolable). Me acerqué al grupo. Me recibieron con miradas de reconocimiento afligido, de condolencias mudas que iban y venían porque no podían asisrse a ningún lugar: ninguno era soporte suficiente. Nade allí sabía el nombre del resto. A lo sumo un apodo – generalizado, compartido con unos pocos, o meramente para uso personal, para ubicar un rostro o querella o una de esas animosidades inexplicables, en el registro inevitable de la memoria -. Pero parecíamos una piña de amigos del alma, de hermanos. Colza apoyó la mano sobre el cajón; gesto que operó como una señal: todos nos acercamos y reprodujimos el gesto. No puedo decir la cantidad de manos que se posaron sobre ese trozo de madera que encerraba el cuerpo de Salazar. Alguien gritó: ¡Grande Salito, carajo! – ese lugar común que mezcla la admiración y la necesidad de taponar llantinas tupidas en falsete u otras acciones que quien propele la frase cree que lo dejarán en evidencia (negativa) -. Todos respondieron ese grito – o esa desesperación – que se desparramó por el cementerio, saltó el muro y se desbordó por las calles, trepó paredes, miró la ciudad desde arriba y cayó en picado sobre Su mesa en el Cumparsita.

No creo que vuelva a ir por el Cumparsita. No creo que vuelva a entrar en ningún café. No quiero la decepción segura y siniestra de no encontrar a Salito en una mesa el fondo; o, peor aún, de encontrar a un farsante, de los muchos que abundan en la fauna de esos establecimientos: falsos nigromantes, fraudulentos eruditos; charlatanes corrientes, con mayor o menor astucia.

 

© Marcelo Wio

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