Ricordi della periferia

Esas tardecitas cuando Aldo y Mássimo se preparaban para ir al centro de Roma a mentirle historias a las niñas ricas. Cuando la nonna Vicenta insultaba a los fantasmas de un pasado que no era el suyo, que había juntado por ahí y que había incorporado a Garibaldi en un papel de lo más inverosímil (mezcla de Sandokán y Brighella). Y don Vitto le miraba el culo a las muchachitas que le hacían ojitos a Aldo y Mássimo mientras éstos se marchaban hablando alto por la calle empedrada. Esas tardecitas vuelven con aromas que ya no puedo identificar; vuelven con la voz de Sergio Endrigo como base para las conversasiones que salían de las ventanas y patios y que confluían en acuerdos y descauerdos, siempre gritados, en la calle donde todo parecía tener lugar. De esas tardecitas es casi de lo único que me acuerdo últimamente, sitiado como estoy por la intimación del tiempo, compareciendo a diario a una disminución de mí.

Enrico dice que es lo que hay. Y yo me digo que lo que hay es más bien pobre, brochazos de último momento de un creador de cuarta apurado por terminar algo por una vez en su vida. Enrico dice, entonces, que soy un heresiarca. Y yo le digo que ya me gustaría, que apenas soy un díscolo resentido, que no tengo la imaginación para iniciar, en definitiva, una nueva mistificación que insista en justificaciones (con vagas y banales promesas futuras) para la inevitable degradación a la que nos vemos abocados.

Entonces siempre me habla de memorables partidos de la Lazio – Enrico, claro; mientras trae de dentro de su casa una botellita de algo y dos vasos pequeños y gruesos: como lupas para buscar pasados. Yo lo escucho sin participar. Qué puedo decirle, siendo uno, aficionado a la más bella de todas las Señoras, la más grande squadra de Italia. Qué condescendencias innecesarias y ultrajantes puede uno facilitarle. Así pues, dejo que recuerde, incluso hechos que nunca sucedieron – los más lindos de evocar -. Qué hacer, cuando las victorias son pocas.

Ya no hay Aldos y Mássimos. O sí, pero éstos son copias adulteradas, envilecidas. Incluso, probablemente, para injuriar aun más al pasado, también se llamen Aldo y Mássimo.Van y vienen en descapotables de un mal gusto que ofende, destrozando una canción de Renato Carosone y queriendo ser vaya a saber qué moldes indiferenciados que han construído por ahí como una astucia y una mentira de esa abominación que llaman globalización.

Don Vitto ya no está, pero Enrico – y yo, qué tanto -, fiscalizamos curvas, prominencias y juventudes femeninas. Qué vocación de hacernos daño, dice Enrico. Y tiene razón, pero uno está sentado aquí en la vereda, y dónde va a ir a ubicar la mirada. La belleza sigue siendo la belleza, como decía algún filósofo. Y uno la busca, como un consuelo, un alegato a favor de la vida – o de sus precios onerosos -. A fin de cuentas, la belleza, su anhelo, su admiración; su exploración, es la búsqueda de algo mucho más profundo que una estética, que lo evidente: es una batida en pos de sentimientos auténticos aplazados o cancelados por las interacciones breves y pragmáticas a las que nos vemos forzados. La belleza pretende ser un espejo impreciso en el que reconocer tales rasgos en uno mismo. Admirar, es, un poco, admirarse.

¿No quiere que hablemos de Rita Cortese, del Lazio del 1973 y de Virna Lisi? De cualquier cosa menos de metafísicas. Tómese otro vasito de vermú, y déjese de embromar. ¿Ha notado que las posaderas son ahora menos generosas, en cuanto a pulposidad; mas, estructuralmente más acabadas? Creo que es un tema al que podríamos dedicarle algunas horas de observación amenizadas con algún que otro comentario oportuno.

Enrico parece tener siempre un salvavidas que lo devuelve a uno invariablemente a la superficie de las cosas, donde está el aire: Ya tendremos tiempo para profundidades, suele decir, mientras hace cuernos con su mano derecha diriéndose hacia abajo, a un abismo que siempre está a unos centímetros de la suela de nuestros zapatos.

© Marcelo Wio

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