Retraso

Old forgotten railroad tracks.

Siempre llegaba tarde el tren. El horario, en una vitrina colocadasobre una de las paredes de la salita que hace de boletería, cafetería y sala de espera, parecía una ironía gratuita. Pero no hay humor ni burla en los empeños oficiales. Por el contrario, todo tiene el tono de una recalcitrante seriedad. Los funcionarios ferroviarios explicaron una y otra vez que se debía a cuestiones técnicas: tantos kilómetros por hora, tal número de estaciones (un tiempo variable de parada), y los imponderables habituales y los excepcionales. Lo que había que hacer era cambiar el horario, que estaba desfasado (era, aducían, de una época en que había menos paradas), remataron. Los funcionarios de la oficina de Cálculos, Estadísticas, Itinerarios y Horarios juraban y perjuraban que no le pasaba nada al horario, que en todo caso sería un problema de mantenimiento de los trenes, que redundaba en el tal retraso. Que sí, que no, que tira y afloja, finalmente se decidió cambiar el horario – ponerse a hacerle revisiones a locomotoras, vagones y vías era, dijeron desde el Ministerio de Finanzas, Ahorros e Impuestos, oneroso -, ajustándolo al retraso (al tiempo que le lleva actualmente hacer el recorrido total, matizaron los puntillosos).

Dicho y hecho. A los dos días de emitido el decreto que ordenaba confeccionar el nuevo horario, los empleados de Cálculos lo tuvieron listo. Se colocó por la noche, para que a la mañana siguiente todos los pasajeros pudieran disfrutar del beneficio de la exactitud o de su reconfortante aproximación. Pero nada más alejado de tal pretensión. El tren siguió llegando igualmente tarde. Acaso, se dijeron unos y otros, se haya realizado un cálculo erróneo, no se hayan tenido en cuenta alguna variable, contingencias, temporales, albures cuánticos, o el tránsito de Júpiter por Libra. Los de Cálculos consideraron todas las eventualidades, registraron los retrasos; le solicitaron al departamento de Mediciones, Agrimensura, Escalas y Vectores que hicieran un cómputo preciso de la distancia entre origen y destino. El Instituto de Inercias, Centrifugaciones y Velocidades calculó, por su parte, la velocidad promedio del tren (realizó 77 mediciones), en tanto que Cálculos midió el tiempo de parada medio en cada estación intermedia y en las terminales (también 77 cronometraciones con distintos dispositivos). Una vez reunidos todos los datos, y extraídas las conclusiones, se compuso un horario que contemplaba los retrasos habituales, que le brindaría a los pasajeros una idea razonable, concreta, de la partida y llegada de los trenes. Pero no.

A todo esto, cabe aclarar que el retraso era siempre más o menos la mismo: entre diez y quince minutos – con lo que, a esa altura, ya había una demora neta acumulada de entre treinta y cuarenta y cinco minutos. Nadie podía comprender qué sucedía, por qué lo hacía. Finalmente, el Ministerio de Finanzas ordenó al Departamento de Técnica, Mecánica, Composturas e Inspección, que revisaran las máquina, las vías, lo que fuere que podía ser revisado y reparado. Por su parte, los otros departamentos se abocaron a calibraciones y más mediciones, ampliando el margen de error. Las máquinas, vías y vagones estaban bien. Todo funcionaba perfectamente. Y las mediciones eran las que eran; no había vuelta de tuerca.

Finalmente, para justificar tanto alboroto – y tanto gasto – confeccionaron un nuevo horario. Pero. Sí, pero. Indefectiblemente el tren continuó llegando tarde. El Departamente de Cálculos, Estadísticas, Itinerarios y Horarios propuso cambiar los horarios de las ciudades de origen y destino, así como el de los pueblos intermedios, para cancelar, de tal guisa, el retraso. Pero ni las alcaldías ni el Ministerio de Calendarios, Efemérides y Festivos estuvieron de acuerdo: visto lo visto, terminaremos adelantando el horario hasta que esa parte del país esté adelantada unos años respecto del resto. No señor. Así pues, había que buscar otra solución. Ésta vino del Departamento de Remiendos, Pragmatismos y Negligencias: quitar el horario y santas pascuas. Y así se hizo. Ahora sería imposible saber si el tren venía o no con demora.

La cuestión es que se hizo imposible saber si el tren llegaría siquiera ese día o el siguiente. O la próxima semana. A tal punto se dilataron los atrasos. Como si el tren hubiese perdido la brújula de ese papel en la salita que lo ataba a una particular regularidad. Cuando el retardo llegó a la semana y media, colocaron un horario confeccionado a las corridas. Pero ya fue demasiado tarde.

Hace ya siete meses que no viene el tren. Y nadie sabe si vendrá o no. Corren rumores de que los técnicos han recorrido el trayecto de las vías y no han dado con sus elementos constituyentes: léase, máquina y vagones. También se dice que fue un ardid del Ministerio de Transporte para cortar un servicio que le suponía una pérdida monetaria. Hay el runrún de que el país vecino, cuya frontera está a sólo diez kilómetros de distancia, lo hurtó alguna noche, y que el Ministerio de Exteriores y Evitación de Conflictos se desentendió – práctica habitual en la diplomacia nacional. La cuestión es que hace siete meses que espero para ir al trabajo – aunque hace tres meses que no me depositan el sueldo en la cuenta. Espero. Como tantos. Porque en esta ciudad, poco trabajo hay, como no sea de funcionario en alguno de los tresciento cuarenta y nueve ministerios y en las siete mil ochoscientas noventa y una oficinas e institutos públicos. Pero esas plazas son hereditarias… Así pues, espero. Esperamos.

 

© Marcelo Wio

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