Rachmaninov: Piano Concerto no.2 op.18

Duele. El concierto para piano no. 2 op. 18 de Rachmaninov. Traspasa esa emoción más general, corriente, que acaso convoque lágrimas o algún moqueo más o menos conspicuo. Y encima, si al piano Anna Fedorova, toda eslava, sugiriendo planicie o infinitud, y una sencillez que sus dedos van mintiendo sobre el piano. Y uno. Uno tan minorado (¿tan deconstruido?), ante esa inmensidad de crímenes y castigos y guerras y paces ancladas entre la gleba que, de tanto en tanto, el arado, como un piano, remueve.

Y duele. Porque accede a aquellos territorios u órdenes propios a los que nosotros mismos no podemos llegar libremente, voluntariamente. Porciones inhóspitas donde yace – o creemos que así lo hace – alguna explicación más o menos acertada, o aproximada, de aquellas preguntas que elevamos a los dioses que, impotentes, inventamos.

Esos divertículos, esas bolsas de autonomía, esas partes que somos pero no nos pertenecen, son, así, apenas rozados, en do menor, de manera tal que los sugiere levemente: significados sin delimitación, sin mapa; con la subsiguiente imposibilidad de recordarlos para siquiera de rozarlos, como Rachmaninoff. Cómo no va a doler, si uno sospecha que él urgó en esos sacos de ánimos o ánimas, de certidumbres abstractas – ininteligibles pero asimilables -.

O tal vez, sólo (casi nada) sea belleza: lo que para algunos, un milagro, una aparición; para otros, una culminación, una descarga; un asombro, un sometimiento, una redención. Lo que habla sin palabras a ese bolsillo inasequible que podría mostrarnos un pedacito de entendimiento, o al menos un rasgo del busilis. Con suerte, introyectamos algo (notas, ondas, signos) que enseguida comienza a urdir mutaciones y benevolencias de las que, muy probablemente, no nos enteremos. Y qué importa. Si ya sonando, redime.

 

 

 

© Marcelo Wio

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