Precisión y olvido

Fue un jueves. O un miércoles. Bien pudo haber sido un martes, también. Digamos, para no faltar a la verdad, que no fue durante un fin de semana. Fue, entonces, un día de semana de otoño. Bueno, quizás de principios del invierno… o de finales del verano… Digamos, para estar seguros con un alto grado de probabilidad, que fue un día de semana entre finales del verano y principios del invierno de 1984. Aunque también pudo ser en 1985 o 1986. Fue después de 1984, porque el hijo de Samuel Goldberg tenía ya 13 años – su Bar Mitzvah ya había tenido lugar, eso seguro -, y el chico nació en 1973… o 1974… Digamos que tuvo lugar en la segunda mitad de la década de los 1980 en Córdoba y Callao… no, en Callao y Santa Fe… ¿o Córdoba y Pueyrredón? No hace falta tanta precisión, che, no disminuye ni enriquece el relato; así que diremos que acaeció en Buenos Aires. Creo que estaba con Martita… o con Mariana, o acaso, incluso, no era una mujer, y era Martín el que estaba conmigo… En definitiva, estaba acompañado (no sé si bien o mal, no hace a la cuestión). Eran las 2 o 3 de la mañana. Podría haber sido algo más temprano…algo así como la 1.37; o algo más tarde, las 4.03. A efectos del relato, y siendo que no es relevante una exactitud horaria, podemos decir que era de madrugada… Pero… ¿qué es lo que quería contar? Sé que algo era, che… ; que algo sucedió dentro de las coordenadas espacio-temporales que acabo de especificar… Mirá vos, che, queriendo ser lo más preciso posible, voy y me olvido del nudo, del meollo, del núcleo de la cuestión, de la mitocondria del tema, del átomo del motivo, la hipotenusa de la razón, el intríngulis de la anécdota o peripecia que impulsaba este rigor narrativo, che; esta exactitud de la épica, esta minuciosidad del relato, concreción de la exposición, detalle de la descripción. Como sea, se esfumó el recuerdo, el hecho, la evocación del suceso, la conmemoración del incidente, la retentiva del evento, la rememoración del episodio, que le dicen.
Y ahora, si me disculpás que te haya entretenido tan al cuete, que te hiciera perder el tiempo (y una buena anécdota, que sigo sin recordar), que te distrajera, que te apartara de tus asuntos, que te retuviera con la promesa – no explícita – incumplida de una historia, pero me reclaman circunstancias o asuntos o cuestiones o razones de la más absoluta trivialidad – y no por ello menos importantes -, esos aspectos mundanos que pueblan las horas y que terminan invariablemente por definirnos, precisarnos, explicarnos y hasta determinarnos. En fin, querido amigo, te dejo diez mangos para sufragar los emolumentos de estos cafés, y un hasta luego o hasta pronto o hasta la vista o hasta que Dios y la Patria lo demanden.

© Marcelo Wio

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