Pokémon abandonado

 

 

Creo que nunca he decidido realmente nada de aquello que me ha hecho, que me hace la individualidad que, creo, soy. He ido cayendo en ciertas idiosincrasias como una ficha empujada por el azar de unos dados que siempre caen del lado equivocado. Nunca decidí, al menos conscientemente, esta búsqueda imperiosa del fracaso ajeno. Acaso surgiera de esas horas que uno rellena como puede, frente al televisor: observando esos compilados de accidentes y desastres de imbéciles variopintos (ya se sabe, esos adolescentes de veintitantos que se montan en un monopatín y pretenden que las leyes físicas no se aplican a la liviandad de sus seres; y otros por el estilo). Mirando derrotas bochornosas, ridículos infames. Fracasos y más fracasos televisados para aquellos que sólo se atreven a fracasar doméstica y solitariamente (quizás, y paradójicamente, el más rutilante de los reveses).

No sé cuándo aquello no fue suficiente. Cuándo ni horas continuas de fallos y pifias y vergüenzas ajenas no sirvieron para calmar algo que ni siquiera era movimiento (interno), ni inquietud (de esa que le imagino a los toxicómanos y a los testigos protegidos). Y las formas más acabadas de caídas, donde estas no son un instante, una eventualidad en una serie de eventos similares, en el transcurso de una meta, son aquellas que se presentan como un plano inclinado, descendiente: cada vez más patente, más profunda, más siniestra, más sincera. Y éstas se encuentran, en estado puro, en unos pocos lugares: hipódromos, salas de espera de abogados de suburbio, bares de puerto y de esos que parecen ser visibles para unos pocos desgraciados.

En uno de esos bares lo vi. Cara de balada o lamento: una de esas muecas que el temor al mimetismo emocional empujan a olvidar, a mezclar con el murmullo de gestos, intrascendencias y bostezos, pero sin éxito – porque no es ruido sino una mismidad afianzándose sobre sí y derramándose sobre aquellos que aún no están contagiados de esa disposición, de esa esencialidad de vencimiento, de entrega.

Estaba sentado al fondo de una penumbra mediocre. Parecía amarrado con un piolín, como esos perros que se supone que alguna vez fueron bravos, y han sido doblegados por vaya a saber qué vaivenes y palos. Enseguida me resultó vagamente conocido su rostro, o ese eco ya disuelto – pero no del todo; aún no indistinguible de aquellos a los que el vino o el orujo o lo que sea los ha inscrito (y menguado) en los restringidos días de la obediencia de bar.

Levantó la vista empequeñecida, difícil, y me invitó a acercarme – me di cuenta de que me había quedado observándolo más de lo conveniente. Me senté frente a él, no por conocer, y regocijarme morbosamente en esa derrota ajena, sino como un acto de aceptación de la mía propia – aunque entonces aún no la había adjudicado a ninguna causa. Soy uno de esos. Uno de los pocos que quedan, dijo, separando apenas el vaso grasoso de los labios adormilados. Un Pokémon, de esos que todos salían a buscar con inane entusiasmo. Pero todo fervor es, indefectiblemente, efímero; precisa de estímulos constantes, novedosos (máxime cuando está provocado por algo tan estúpido, tan insustancial, superficial, como el fenómeno del que fui parte involuntaria – nunca pedí ser creado para ser arrojado a esa vorágine imbécil). Y nosotros, evidentemente, no fuimos la excepción: pasó la primicia, la moda, y se canceló la vehemencia, que era solicitada por alguna otra intrascendencia.

A la mayor parte de mis congéneres los encontraron. A mí, evidentemente, no. Y quedé vagando, invisible, ninguneado, por una ciudad de la que desconocía absolutamente todo: porque, a fin de cuentas, había sido creado para ser arrojado en unas ciertas coordenadas y ser encontrado, como premio, por esos pusilánimes cazadores urbanitas de nada.

Durante un tiempo me dediqué a buscar a otros como yo, que hubiesen quedado abandonados – ya no fuera del juego, sino de sus reglas. Nunca di con ninguno… Y, de hecho, pronto comprendí que quien busca nunca encuentra lo que quiere, sino lo que otros van poniéndole delante, como sustitutos fraudulentos de lo que se persigue. Así pues, decidí esperar…

No lo dijo, pero su tono denotaba la certeza de que la espera era una burocracia que inevitablemente incumple su incumbencia. Tuve entonces la fuerza para incorporarme – saludarlo – y pensar que debía desprenderme de esta tristeza de lo prescindible, de lo descartado, que no sólo emanaba de él, sino de los otros tres afligidos que había allí.

Estuve a punto de lograrlo. Pero, antes de llegar a la puerta, no sé que fuerza me arrastró, como a esos camalotes que tantas veces había visto durante las crecidas del río, hacia la barra. No sé qué impulso o qué claudicación me hizo pedir una cerveza. No sé qué aceptación me hizo pedir la siguiente – que no era otra cosa que esperar, como todos allí, a que alguien me encontrara.

 

© Marcelo Wio

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