Para la posteridad

Queremos dejar algo. Miguitas de pan. Para que encuentren nuestro rastro. Legado, le dicen. Le decimos. Sabidurías. O, al menos, asutcias originales. Prestigios con marcos más o menos llamativos.

Hay que dejar algo. Porque somos cronología, y no admitimos que lo que hacemos sea de la misma sustancia breve que somos. Así pues, pretendemos que ésta continúe a pesar de que la biología se degrada; y a pesar de que la memoria, al final, también termina, de una u otra manera, por hacerlo: en olvido o mito.

Para la posteridad: ese mejunje anónimo que nos sobrevive enternamente. Todos y nadie. Tumulto de voces superpuestas, de hechos que se parecen unos a otros: inmensa orgía de plagios y mezquindades; de desesperaciones sin alivio.

Unos pocos afortunados perduran, o algo que queremos creer que se le parece. Acaso, ya no sea su recuerdo el que pervive, sino las necesidades que han venido a suplirles a los vivos. Y aquello que dejan, aquello sobre lo que sus nombres adquiere contorno de figura y biografía, tal vez sea sólo levemente un trozo de ellos mismos: o un engaño para durar.

Mas ese perdudrar no sirve. Es un consuelo que se muere con la muerte del iluso: no somos nosotros: esta carne con conciencia. Son apenas los eventos y hechos que nos incluyeron, los que provocamos, los que nos adjudicaron: barniz de tiempo sobre fondo de hombre o mujer.

Y aún así, intentamos adherir nuestros nombres – como si fuesen algo más que eso – a aquello que, creemos, subsitirá aunque sólo sea unas horas más. Permanecer como sea. Porque, cómo puede continuar el sainete sin nuestra interpretación.

 

© Marcelo Wio

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