Opciones

El hombre había dicho una serie de tópicos. Como si fuese necesario interpretar su vida como un guión del que podría desprenderse sin más. Lo dejé desparramar esas palabras. No hacían ningún mal. Si acaso, me daban la posibilidad de arrepentirme. Pero no. Ya había tenido muchas oportunidades más sólidas que esta brecha falsa. Dijo lo que creía que debía esperarse de esa circunstancia. Lo que me hizo pensar que acaso no fuese la persona indicada: que todo ese fingimiento desenmascaraba su impericia. Descarté estas imaginerías mías. Me lo habían recomendado dos que sabían de estos asuntos. El tipo sólo querría su momento. Su espacio de decires: aunque fuesen imposturas, hipérboles: una idealización literaria de una profesión de sombras y desprestigios. Así que lo dejé decir. Pedí un par de whiskys más. Le ofrecí un cigarrillo, le ofrecí lumbre, y yo me encendí uno. Por qué no facilitarle un escenario más cabal, me dije. Por qué no una benevolencia antes de pagar una bajeza. No lo había estado escuchando, pero decidí prestarle atención. Enseguida ubiqué tres frases que conocía: una, de una novela de Chandler; la otra, de una de Greene, y la última, de Ambler. Proseguí escuchando: frases enteras de Hammett, Le Carré, Camilleri, Simenon, Scerbanenco, Trevanian. Una tras otra caían sobre la barra del café. Había que reconocerle una habilidad singular para empalmar unas con otras en un discurso que resultaba razonable (incluso, original). Requirió, eso sí, dos o tres intervenciones mías para tal fin. Igualmente, nada parecía forzado. Terminó de un trago el whisky, pidió otro para él – había visto de refilón que el mío permanecía intacto – y dijo: Ahora, lo suyo.

Sin solución de continuidad. Como si lo que fuera a refererirle entrara dentro de la escena irreal que había planteado. Acaso, ese era el objetivo: no crearse un compartimento, sino facilitarme la exposición del asunto. Había que dar un nombre, y eso no fue fácil. Sobre todo, cuando preguntó si tenía una foto, y extraje para él un rostro – que para mí era un montón de memorias que se interponían entre la circunstancia (el motivo por el que estaba allí) y mi ética o lo que fuese que compusiese esos escrúpulos de último momento. Agarró la foto, la miró y, girándola, la apoyó sobre la barra, junto a su vaso con whisky single malt. La dirección, ordenó. Le di, un tanto mareado, el nombre de una calle, un número, un piso, un departamento. Me preguntó si conocía, aproximadamente, sus horarios. Le dije que tabajaba en tal lugar, de tal a tal hora, minuto más, minuto menos. Que. Sí, qué, intentó animar la formulación de una frase. Que. Pero no podía formular el resto de la oración. O de la idea: una humillación, una imagen que no había llegado a ver del todo, sólo entrever a través de una puerta negligentemente semiabierta: las voces, inconfundibles, unas sábanas que no se estaban quietas y que rebasaban su territorio; y de pronto todo como muy blanco y oscilante y la imperiosa necesidad de salir de allí; y el golpe del aire espeso y sucio de la calle. Que los jueves, entre tal y cual hora suele estar en esta otra dirección. Mi casa. Suele estar con mi pareja. ¿Tiene foto? Sí, claro. Muéstremela. Mejor conocer todos los rostros de la tragedia. Miró sin expresión la foto de Esteban. De la misma manera que había mirado la de Andrés. ¿Y qué hago con su pareja? Si le soy sincero, en términos de seguridad, habría que despachar a los dos. Dijo seguridad, sí. Pero se refería a la impunidad; a la suya, a su anonimato. No. No. Dije. Como si estuviera componiendo un telegrama. No, qué. No puede hacerlo en mi piso. No. Y Esteban. Al margen. Usted paga, usted manda. Hacemos de cuenta, pues, que nunca me dio su dirección, que nunca vi la foto de su pareja. Exacto. Muy bien. Entonces, ¿procedo? Sí, dije sin convicción. ¿Está seguro? Esta es la última vez que nos veremos. No hay vuelta atrás una vez salgamos de aquí, cada uno por su lado. Así pues, ¿procedo? Proceda, sí. Bien. Pero sólo para asegurarme de que estamos en la misma trama: ¿lo mato? Sí, eso. Proceda.

A ver. Es mi negocio. Si no trabajo, evidentemente no cobro. Pero la mía es una profesión que puede tener complicaciones no sólo en el plano, cómo decirlo, policial: todo homicidioo obliga a una investigación. Eso lo conozco muy bien. Lo puedo controlar. Pero se escapa de mi control lo que usted pueda hacer una vez todo esté, digamos, concretado. Si no le entrará un remordimiento de esos que se crecen, de los que pueden llevarlo a cometer la estupidez de confesárselo a un amigo o, peor aún, a la policía. Y claro, si usted no lo hizo, materialmente, quién; y aunque no lo quiera decir, y efectivamente no lo diga, es una pista que conduce a mí. Ojo, que le veo el gesto, no lo estoy amenazando. Simplemente le estoy diciendo que lo que ahora puede sentir, lo que lo ha traído hasta mí, puede no ser tan definitivo como parece, tan determinante. Que una vez que suceda, sí lo será, y otros sentimientos, acaso más imperiosos, ejercerán una tortura permante, que no todos soportan. Si no ha pensado en ello, le ruego que lo piense. Porque, ahora sí lo amenazo; si procede conociendo todo esto, y le da par el berrinche, lo cancelaré de la misma manera en que haría con su amigo o lo que sea. ¿Entiende? Quiero que lo entienda muy bien. Mire, si acepté verlo, fue porque unos amigos comunes a los que respeto grandemente, lo refirieron. Porque no me gustan los arrebatos de las pasiones. Prefieron negocios y políticas: los escrúpulos, en tales cotos, se perdieron mucho antes de llegar a mí. Y eso me brinda ciertas garantías.

Mire. Déjeme darle un consejo. Siempre hay algún otro método. Este tan tajante es necesario en otros casos, donde una y otra parte no entienden más razones que las del poder, del capricho y la necesidad (no como la entiende la mayoría). Así, pues. ¿Dónde trabaja este amante de su pareja? ¿Es una empresa importante? ¿Tiene un cargo relevante? ¿Saben ahí que es homosexual? Sabrá bien usted, imagino, que en este país, ello es motivo de discriminaciones que no precisan de grandes disimulos. ¿En qué otro ámbito en que se mueve no saben que es homosexual? Ah, claro, en tal caso pueden sumar dos más dos, y su nombre cae en el meneo… ¿Nadie sabe que usted es…? ¿Cómo hace para vivir con tanto secretismo? No, le asuguro que igual que yo, no. Lo único que oculto es un oficio. Lo demás es todo auténtico. Usted oculta lo que le es más íntimo. Debe ser verdaderamente jodido. Pero a lo que iba. Una foto. Al jefe de… – miró en la foto, que continuaba boca abajo a su lado, las anotaciones -, de Andrés y su pareja en pleno asunto. Y ver qué pasa. No sería el primero que tiene que irse a otra ciudad, porque… – miró nuevamente la foto, señaló con el dedo su cargo, su profesión – , sí, el círculo de posibilidades para su actividad, es más bien limitado, y todos se van a enterar…

¿Me permite que le diga lo que yo haría? Me plantaría allí. Cuando estén a lo que estén. Y que sea lo que sea. Si su pareja lo quiere, pues a saber lo que no hará por reterlo. El otro, es una variable que no cuenta (o cuanto menos, es despreciable). Entonces, usted podrá decidir si quiere tanto a su novio como cree que lo quiere. Le aseguro que la mayor parte de las veces es más una cuestión materialista interfiriendo en las emociones: sentido de propiedad, liso y llano… Haga eso. Verá cómo se siente mejor. Usted se quitará el gesto de ofendido, de ultrajado, que se le nota a kilómetros. Y el desengaño se le curará más pronto que tarde. Y recuerde un clavo saca a otro clavo. ¿No dicen que al menos la mitad de los hombres, si no somos, rasguñamos el paquete?

Tome – y me pasó el sobre arrugado con el dinero. Vaya a casa. Bébase algo fuerte. Duerma. Y el jueves… – miró la foto -, no, el miércoles, los pesca in fraganti. Tomó la foto y la rompió. Puso los trozos en un cenicero que parecía una fuente sacrificial, y los quemó – le advirtió al barman que iba a “hacer una pequeña purificación”; el barman rió una complicidad varonil, recia: de desprecio por las sensibilidades.

Había escrito un guión que parecía casi inocuo, apropiado para cada personaje. Lo había descrito con una pulcritud que, finalmente, no tuvo. Porque no contó con que al ver a Esteba y Andres, desnudos, besándose; yo iba a sentir ese calor extraño que fue nublándolo todo, interponiendo momentáneamente el engaño de una salida: una realidad confeccionada especialmente para esa circunstancia. Nunca llegué a darme cuenta de nada: ni cuando cogí la estatuilla de piedra que reproducía un dios o diosa azteca, ni cuando los golpeé – me dijeron un número de veces, posteriormente, pero me pareció ridículo, exagerado, como si pretendieran hacer de mí un monstruo. Ni ellos: no se dieron cuenta de que estaba allí, casi sobre ellos (y entonces no reaccionaron, no atinaron una defensa), hasta cuando ya era muy tarde para que nos salváramos. Sólo recordé a aquél hombre, en ese café periférico. Y lo odié. Esmeradamente. ¿Cómo me convenció de no seguir adelante? ¿Cómo le creí las esperanzas y opciones que fabricaba, pero que yo no podía utilizar?

 

 

© Marcelo Wio

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