Oferta, demanda y duración

No se sabe a ciencia cierta ni a quién, ni cuándo – mucho menos, por qué –, se le ocurrió. Pero la idea fue, y seamos claros, perversa. Porque inventar el siniestro castigo del tiempo, no merece, por decirlo muy suavemente, un homenaje.

Ahí vamos todos, cargando con ese invento. Tantas veces al día (como un castigo a saber por qué motivos, y según qué criterios, que varía según el usuario), girando y levantando levemente el antebrazo, de manera que la vista se encuentre con lo que en el dorso de la muñeca aceptamos adosar. Y entonces, observamos con atención el resultado que suministra esa terrible maquinaria: cómputo de instante; de ansiedad. Una vez visto – vamos a decir su nombre, qué tanto, ni que fuera un secreto, una palabra prohibida – el reloj, nos condenamos a acelerar andares, apurar despedidas, finalizar conversaciones y guardar las emociones (en el bolsillo del caballero o en el bolso de la dama), entre otras muchas prisas establecidas. El gesto con el que se realiza el obediente procedimiento implica, generalmente, una leve apertura de la boca y de los ojos, a la vez que se llevan hacia arriba las cejas en obvio acompañamiento, como si se pretendiera restituirlas a su hábitat natural en el sotobosque capilar; el resultado de toda esta composición es un remedo de asombrada preocupación.

El tiempo (porque el reloj, convengamos, es sólo una de sus herramientas; una forma de hacerse transportar) todo lo rige: horarios, fechas, calendarios, obituarios y demás formas en que se lo empaqueta – y sobre todo, nos empaqueta. Y no hay tiempo que alcance. No señor. Porque no son tontos. Claro que no. Oferta y demanda, damas y caballeros; de eso se trata. Sus hacedores – asesorados por el bufete Ricardo, Smith, Denham-Stuart & Walras – mantienen la producción muy por debajo de la demanda, con el objeto de que ésta no decaiga. Mercado cautivo. Hay un mercado negro (controlado por los mismos fabricantes del tiempo oficial, de marca) de las horas, pero no se imagina usted lo que cuestan – y nunca son de sesenta minutos; tiene suerte si le venden una de veintisiete. Pero a lo que íbamos, que nos desviamos en economicismos y se nos agota el tiempo; la cuestión es que el tiempo (diferente su cuantía según el consumidor – que se consume…) que tienen los dispositivos, no alcanza para nada.

Nota al margen (izquierdo): Cuando sobreviene lo que denominan vejez – problema de liquidez de tiempo, ni más ni menos; pero gustan, sus hacedores, de los eufemismos (venden mejor, alegan) -, se… “condona” parte de la pena (impuesta, reiteramos, por vaya a saber qué infracción ridícula): se relaja el uso del reloj y la obligación de examinarlo permanentemente. La idea, dicen, es evitar los espantos y las desesperaciones ante la constatación del poco recorrido que resta entre las manecillas. Pero ya es tarde: la costumbre calza el reloj y estira la mirada hacia esos numerillos cautivos (numerillos que somos nosotros, o nuestro remanente) en el infernal aparato; no sea cosa que lleguemos tarde al último minuto.

 

© Marcelo Wio

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