Octave y sus disquisiciones

Llovía como si fuese la última vez que fuese a hacerlo en el año. Pero recién estaban a 7 de enero. Las esperanzas de todo y de nada estaban aún intactas. Octave aún creía en el azar y sus posibilidades prolijas y bien distribuidas. Como si su destino no estuviese inscrito en un pacto de cronologías con su fraudulento disfraz de lo casual, aleatario. Así pues, Octave se debate con qué pie ha de salir de casa. Más bien, con cuál debe ingresar en la exterioridad que representa la calle (con lluvia, etcétera). El derecho le sugiere rectitudes, pragmatismos cabales, morales; pero también, la práctica inflexibilidad para rectificar rumbos y pareceres sobre la marcha. El izquierdo, una cierta libertad creativa, una plasticidad de actitudes y procederes; pero una debilidad a la hora de enfrentarse con los rigores de las ceñidas trampas de la cotidianeidad, que se va angostando, sobre todo hacia el final del día, en un final sin disyuntivas. Derecho o izquierdo. O un saltito y los dos a la vez, con los beneficios de ambos; y sus desventajas anuladas entre sí. O los beneficios interfiriendo unos con otros en una discusión sin término, y las contras aunando perjuicios. Y la gente va dando pasos por la vida como si sólo fuese un mera cuestión motriz, un constante refutar al pobre Zenón – que en realidad, tipo agudo y serio, no había hecho otra cosa que dudar si derecho o izquierdo, o ambos, o ninguno; pero alguien, con estupidez posterior, que en realidad una liebre y una tortuga y ese disparate que ni gracia ni utilidad. Los ve, Octave. Un pie delante del otro, péndulo adelante y atrás. Y avanzando. Y nadie piensa que una vez que uno y otro apoyan su materialidad en el suelo, suman y computan vicisitudes propias de uno u otro lado del carácter, de la naturaleza, que van pesando en el resultado del día – y de la vida, qué tanto. Y como si nada. Las prisas destierran esta cuestión trascendental a las regiones más remotas de lo subliminal, cuando no, directamente, del olvido (ya atávico): porque hay que avanzar. Por qué, hacia adónde, para qué; eso también sepultado por el propio avance. Moverse. Y rápido. Y como si nada. Y encima llueve, con lo que decidir, ya no un paso en concreto, sino dar un paso, se hace aún más engorroso. A ver, Octave, se dice. Rue de Roquete, boulevard Voltaire, rue du Chemin Vert hasta rue St-Sabin y veintisiete metros hasta la panadería. Regresar. Detenerme en la tienda de Fabien: un salchichón, un camembert de Normandía y una botella de un vino Roussillon. Controlar los pasos. Llevar la cuenta. Simetría: derecho-izquierdo. ¿Cuántos pasos serán? Octave, no es este tipo de trayecto el que inclina la báscula de la ventura. No son sólo los pasos ni la proporción de pasos derechos e izquierdos, bien lo sabes, sino (y probablemente, sobre todo) el ánimo y el fin que los guían. Un paso Octave. Fue el derecho. Y siguió el izquierdo, claro. Y por rue de Roquete, casi sintiendo el olor de la baguette caliente. Tranquilo Octave, son pasos despreciables en el cálculo final de consecuencias y desenlaces.

 

© Marcelo Wio

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