Ni

Ni los restos de deseo, apenas una planicie o monotonía. Ni el movimiento de las piernas inquietas. Ni el botón del cuello de la blusa custodiando vaya a saber qué temores atávicos, qué goces improbables. Ni la habitación del fondo, siempre cerrada. Ni ese pasillo empotrado en una humedad remota y unos cuchicheos inciertos. Ni el tejido de Elisa sobre la mesa de la sala de estar, entre la chimenea de piedra gris ennegrecida y el ventanal que da al oeste. Ni el té a las cinco y media, sentada en el sillón de su cuarto en esa media luz tan de intimidad sin confesiones. Ni Evaristo entrando con ese olor a campo colgado de sus ropas, del sudor. Ni las fotos enmarcadas sobre la chimenea como un recuerdo o una recriminación de un pasado que con el tiempo había sido eximido de sus miserias, de sus similitudes sin lustre con el presente. Ni el farolito al pie del cenador – por algún motivo, libre de las derrotas y las indignidades del resto del parque -, ubicado hacia el costado derecho de la casa. Ni la enredadera que disimulaba el abandono de las paredes de ladrillo de esa casa señorial que constuyera Ataulfo Roldán en 1893. Ni los restos – rastros – de alcurnia que quedaban como charquitos de prestigio en algunas estancias de la casa, en el camino – arbolado: álamos prepotentes – de entrada a la hacienda; en el olor a encierro de la biblioteca. Ni la tregua del otoño, ni el Domingo de Ramos. Ni las pantuflas de Atilio al pie de la estufa salamandra de la cocina. Ni el aroma robusto de la leña, las castañas y las piñas en el galponcito colindante con la cocina. Ni los bostezos de Nora sobre el libro de turno. Ni el montoncito de cartas leídas y releídas – y que habían tenido tantos, y tan distintos, signficados – que guardaba, atadas con un lazo verde desteñido, en el cajó de su mesa de luz. Ni los pasos de Emilia a la madrugada camino del baño del fondo del pasillo. Ni el olor de la tierra – mezcla de humus, hojas caídas, pasto e inminencia de aires mullidos y retraídos – justo antes de que la primera gota de lluvia cayera en los días frescos del otoño. Ni Francisco antes del accidente – ni Flora después del mismo. Ni el rudio de la lapicera de Arturo sobre el papel, dejando constancia de nada. Ni la bicileta de nadie apoyada a un costado del galpón de detrás de la casa. Ni la resonancia de la voz fallecida de Amparo. Ni la respiración entrecortada, quejosa, de los pisos de madera. Ni los murmullos de los sábados a las tres de la tarde. Ni el silencio dicharachero del loro. Ni el catálogo de memorias reducidas e impersonales. Ni ella misma. Ni las probabilidades que no fue – y que a veces, a eso de las 14.17, durante la siesta, era. Ni una cosa ni la otra. Nada de todo eso, sumaba una vida.

© Marcelo Wio

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