Memorias

 

Interior de una tienda en el centro de Londres. Noviembre de 1923. 6.37 de la mañana. Vidriera deslucida que no revela qué comercios tienen lugar en su interior. Una voz grita titulares. Una niebla que no es niebla, apenas suciedad, hollín mezclado con la humedad, se afirma a las superficies.

 

No quiero esta memoria. Ya no.

¿Qué problema tiene?

Pues que recuerda elementos para la culpa, la congoja, la depresión. Me martiriza en el momento menos pensado con una imagen que se transforma en un sentimiento abominable. Vamos, que no funciona. Al menos, para mí.

¿Querría cambiarla, entonces?

Eso mismo es lo que claramente le estoy insinuando.

Ya, no se ponga así. ¿Qué le gustaría adquirir?

Algo más superficial. No busco tanto una memoria en sí… Es decir, en cuanto a contenido – ya sabe, calidad, cantidad -, sino más bien un repertorio de liviandades más o menos consuetudinarias, de las que no restringen al ánimo; que no cohíban, o refrenen mi presente. Un pasado inocuo, como un cuadro en una sala de espera – que no pretende causar ninguna impresión, ningún escándalo, simplemente crear una somera sensación de seguridad y confort, de cotidianeidad. Qué sé yo, unos recuerdos tenues, de victorias del equipo de fútbol, reuniones con amigos, un aula sin fracasos, un trabajo sin humillaciones, amoríos. Y también alguna tristeza – no suntuarias, demás está decirlo -, claro, que hay que balancear para no descarrilar: una derrota sin consecuencias, un desamor de esos que apenas sin raspan epidermis. Nada, heriditas. A fin de cuentas, una memoria como esta, calculo que constituirá una personalidad a la que tales arañazos y desdichas apenas si la afectarán y, de seguro, no la conducirán a espantosas disquisiciones de tipo moral, y aledañas.

Déjeme ver si queda alguna. Esas son las más buscadas últimamente. (El hombre se marcha a la trastienda a través de una apertura disimulada con una cortina de falso terciopelo grueso y gastado. Regresa al cabo de unos dos minutos) No, no me queda nada. Dentro de dos meses vendrá una remesa.

Resérveme una, por favor.

No es posible hacer reservas.

Entonces, ¿podría avisarme cuando lleguen?

Tampoco puedo hacer eso. Lo que puede hacer usted, es ir llamando para ver si ya han llegado. O pasarse por aquí, porque entre una llamada de teléfono, un hipotético sí, y el subsiguiente desplazamiento hasta aquí, es muy posible que se agoten. Me las quitan de las manos.

Vale, vale. Iré pasando. Igualmente me queda a mitad de camino entre mi casa y el trabajo.

Es lo mejor. Y si se pasa más de una vez al día, aún mejor.

Haré eso. Vendré a la hora del almuerzo. Y a ver si me escaqueo en algún otro momento. Gracias. Muchas gracias. Igualmente… Acuérdese de mí cuando le lleguen las memorias… Y tal vez, no sé, una excepción…

No puedo. Y no sólo por cuestiones de regulación, sino porque tengo una memoria de las que usted quiere, pero defectuosa. Apenas si recuerdo que tengo que venir aquí cada mañana…

Igualmente…

Vale, vale… Lo intentaré. Pero no le prometo nada.

Gracias.

Vaya, hombre, que se le hará tarde para lo que sea.

Sí, sí… Adiós.

Adiós, adiós.

 

Exterior de la tienda. 6.43 de la mañana. La neblina, o esa densidad, se han espesado, como si quisiera aislar a los individuos en soledades inexpugnables. Alguien insulta – a alguien, a nadie en concreto.

 

© Marcelo Wio

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