Memoria olfativa

Pudo oler las palabras, como tegumentos vehementes, malicias perezosas cansadas de injuriar, de andar subvencionando desprestigios. Los ojos apagados gritando imágenes contra la impotencia de oler a pesar suyo. Sentado en ese sillón desvencijado en medio del salón desierto, era una sombra pesada, o más que eso: una negrura gruesa, espesa, anaerobia; sombra de pena o remordimiento, charco de culpas. Y las palabras sin eco, como una única gota impertinente cayendo en su frente y diseminando su aroma inconfundible, inevitable. ¿Cómo se hace para no recordar la memoria persistente? ¿Ese olor es memoria o es la superación de la memoria: una suerte de subsistencia que monopoliza los sentidos, que se apropia de lo corpóreo? ¿Pero esta memoria total, es realmente una memoria o es la imposición de una identidad apócrifa, de un sufrimiento nuevo?

Así se hallaba, con el cúmulo de pereza necesario para impedirle siquiera estirarse a agarrar el paquete de cigarrillos que tenía a menos de un metro de sus pies descalzos. Adormecido por el tedio, distinguió el olor leve que no pudo o no supo identificar. Pero era un aroma que conocía, o que creía conocer. ¿Era otro, distinto del de las palabras que goteaban y que, a fuerza de persistir, ya perdían su aroma, incorporándose a la realidad o a ese grumo que uno deja de percibir? Aspiró hondo pero con suavidad. La fragancia disparó un mecanismo en alguna región de su cerebro sensible a tales estímulos: un soplo vacío bajó hasta su estómago, como una pena, o una intranquilidad. Y, arrastrada por esa vacuidad, una serie de sensaciones-recuerdos sumió su ánimo en una melancolía cada vez más pronunciada: fragmentos de imputaciones, de imágenes o interpretaciones, de temor. Sobre todo, de temor. ¿A qué? ¿A quién? Y, ¿cómo se hace para no recordar la memoria persistente? ¿Ese olor es memoria o es la superación de la memoria: una suerte de subsistencia que monopoliza los sentidos, que se apropia de lo corpóreo? ¿Pero esta memoria total, es realmente una memoria o es la imposición de una identidad, de un sufrimiento nuevo?

El sillón tenía la forma de su apatía. Las grietas del techo sugerían la salida de un laberinto que, sin saberlo se sabe que no tiene una, y cuya entrada ha sido cancelada hace tiempo. El olor entró por la ventana entreabierta.¿Era el aroma de una frondosidad, de una noche, de una cena, de orina involutaria? ¿Era un aroma o la memoria de una esencia? Y, si de tratarse de una memoria, ¿cómo se hace para no recordar la memoria persistente? ¿Ese olor es memoria o es la superación de la memoria: una suerte de subsistencia que monopoliza los sentidos, que se apropia de lo corpóreo? ¿Pero esta memoria total, es realmente una memoria o es la imposición de una identidad, de un sufrimiento nuevo?
¿Ese olor era una palabra o una entidad concreta, sin más significado que su existencia?

Estaba adormecido en su sofá de lectura. Así lo llama, pero lee poco y nada allí sentado. Generalmente se queda dormido. Algo comprensible: se levanta a las 5 de la mañana para ir a trabajar y no regresa sino hasta las 8 de la tarde. A menos de un metro de sus pies descalzos hay un libro: Perorata del apestado. En ese aletargamiento, una esencia se coló por la ventana entreabierta. Y en ese amodorramiento, obró a su gusto. Sintió en su mejilla izquierda una bofetada sonora. Era su mejilla, sí, pero no ésta, contemporánea, sino otra, también suya, pero pretérita. La mano que ahora abofeteaba de revés la mejilla derecha, era gruesa, labrada de trabajo y el embrutecimiento de la intemperie y la bebida. De la mano surgía una voz: “Bueno para nada…”, y la mano, en su camino de vuelta, golpeaba con la palma la otra mejilla lejana, y la coetánea picaba y fingía inflamarse; y los pantalones remotos se mojaban de pánico, de impotencia. ¿De quién era la mano? Y, en todo caso, ¿cómo se hace para no recordar la memoria persistente? ¿Ese olor es memoria o es la superación de la memoria: una suerte de subsistencia que monopoliza los sentidos, que se apropia de lo corpóreo? ¿Pero esta memoria total, es realmente una memoria o es la imposición de una identidad, de un sufrimiento nuevo?

¿Una eternidad que es un efímero instante de absoluta desesperación?

El libro se había resbalado, empujando el paquete de cigarrillos consigo, a sus pies descalzos. Anclado al mismo párrafo desde días: “Me encontraba en ese estado de lasitud y confianza en los sentidos que sucede al abrazo amoroso, cuando se desea seguir en una barca el lento flujo de un río, sintiendo cómo se debilitan poco a poco bajo la camisa las intemperancias del corazón. Y me gustaba dejarme cautivar por la lisonja de su voz, no obstante el lugar me pareciera penoso, tan lleno como estaba de extrañas presencias, de tocadores de madera ordinaria, muy añejos, de espejos con imágenes rufianas, de sillas de esparto trenzado, donde nuestros vestidos amontonados se agitaban al viento de un ventilador, como si quisieran simular la silueta de un espantapájaros, aspaventando en medio del campo”. La voluntad de leer lo llevaba a retomar el principio del párrafo, y el sueño – o quizás la voluntad de dejarse cautivar por el menosprecio de ese aroma que no fallaba en infiltrarse por la ventana entreabierta y confabularse con las imágenes y las representaciones fraguadas por el tiempo – y a abandonar el texto en el punto exacto, vez tras vez -. El olor trepaba por su añoranza desesperada, más insistente que la memoria de su figura lejana junto a la suya, actual, transida: el olor era un cuerpo más tangible, que incrementaba su exilio del presente. ¿No sería mejor entregarse a lo que parece inevitable? ¿Invocar el recuerdo o dejarlo actuar con la esperanza de que, así, obre sin saña? Porque, a fin de cuentas, ¿cómo se hace para no recordar la memoria persistente? ¿Ese olor es memoria o es la superación de la memoria: una suerte de subsistencia que monopoliza los sentidos, que se apropia de lo corpóreo? ¿Pero esta memoria total, es realmente una memoria o es la imposición de una identidad, de un sufrimiento nuevo?
¿Cada instante pasado conduce inexorablemente al momento presente, y este, a su vez, a la circunstancia futura que seremos? ¿Pura transición, pura causa preceptiva, inexcusable, de una consecuencia que inmediatamente será, sólo, una nueva causa ineluctable. Somos instantes buscando lo inalterable, lo inmóvil, lo firme, sin llegar a asir la permanencia, la consolidación: es decir, la eternidad?

¿Qué aroma es aquel que lo confunde a uno con una niñez tan difusa que puede ser la de cualquiera? ¿Es el de la mano? ¿El de la orina derramada: del temor? ¿Qué recuerdo quiere imponerse? Y, si es así, ¿por qué no obligarse a acatar uno más benévolo?

 

 

© Marcelo Wio

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