Manos prestadas

 

Estas manos de ahora. No siempre las tuve.

Manos prestadas. Por una tía abuela, acaso; o por una caricia que era para alguien más o que se ejecutó con retraso. Olvidadas ahora sobre la distancia violeta: como árboles huesudos a contraluz.

Manos chasqueando pasitos de horizonte o de pasillo lateral de capilla: enigmáticos, místicos.

O imitando una teleología aérea: vapor de piel breve acentuando una entonación que no sucederá.

Como arañas muertas. Boca arriba; los dedos caídos sobre la gravedad. Asiendo el aire verdoso. Aquí, me digo, una vez hubo una certeza o un amparo. Quedó una marca como de quemadura o de corte; aunque ya no se percibe, confundida entre las rugosidades recias.

Manchados, sus dorsos, de la sangre de las horas. De la tierra de los insomnios. Del gesto de recoger la vergüenza o el temor.

¿De quién fueron estas dificultades de tendones calcificados, de músculos lacios y siniestros? ¿Quién me ha prestado su adiós, su resignación, su temblor?

Mis manos fueron otras.

Asían, lo recuerdo.

Firmes.

Señalaban,

erguidas, seguras.

¿Cuándo cómo se trocaron aquellas por estas, tan amortizadas?

Estas. Manos

de callar.

De acatar.

De piedad – consigo mismas -.

De súplica.

Manos de esperarle el capricho a la muerte.

 

© Marcelo Wio

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