Maneras de buscarse

Úrsula

No era una mujer dada a las concupiscencias, a las efusiones de la personalidad. Pero de vez en cuando, sentía una alegría sensual que la llevaba a obedecer el impulso irrefrenable de imprimir (daguerrotipar decía ella) su rostro en cada superficie reflectante que se le pusiera a tiro: vidrieras charcos anteojos placas de bronce bien pulidas cristales de relojes vasos botellas pantallas de televisor apagadas portarretratos y todo un espectro de etcéteras (que no incluía la vulgar y embrutecida obviedad de los espejos), en el que las córneas también estaban incluidas. Y, justamente en esos casos, ante la pregunta casual de un caballero o una dama acerca su obrar casi desesperado, guiada por una apatía de explicaciones trascendentales o triviales, optaba por el esclarecimiento orgánico de un beso subrepticio y acallador, que era inivariablmente confundido con una incontinencia lasciva.

Edmundo

Por fin un día se decidió a salir, luegoo de varias cronologías, a recolectar las miradas que había soltado por ahí, para ver qué acopiaban, en calles, parques, periódicos ajenos, escotes, nucas, labios de susurro, arboledas, callejones… Pretendía arrearlas a su habitación para confeccionar un mosaico de sueños, para manufacturar las fantasías que justificaran las horas transcurridas mirando las paredes agrietadas de su habitación.

© Marcelo Wio

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