Lorem Ipsum (Del lado de acá)

 

2.

 

Ciro encendió un cigarrillo pero lo tiró antes aún de darle una segunda calada. Había sido un gesto reflejo. Ya estaba asqueado de tanto tabaco. La avenida, luminosa, pero casi vacía – de tanto en tanto alguna pareja, algún hombre solo que, seguramente, suponía Ciro, salía de alguno de los prostíbulos que estaban tupidamente desperdigados por las calles laterales -, se perdía en el horizonte, en una perspectiva de luces que iban fundiendo sus colores, y tal vez sus significados, en uno nuevo y esquivo. Un taxi surgió de la nada, como si la realidad, de pronto, se hubiese colado y cortado abruptamente el hilo de la costura introspectiva de alegatos o silencios que hubiese estado ensayando, para imponer la vulgar cotidianeidad. En definitiva, se dijo Ciro en voz alta – a cuento de vaya a saber qué ideas que andaba trajinando, de la misma manera en que de tanto en tanto nos encontramos pateando una piedrita o lo que sea durante un buen trayecto -, no somos más que instantes que crean y sueñan otros instantes: una batallita entre tiempo transcurrido y tiempo restante. Y la memoria, entonces, pensó, probablemente ascienda a una fraudulenta acumulación de momentos para aumentar el presente, para justificarnos, convalidar existencia.

Una prostituta que se ofreció sin ganas, por costumbre, lo rescató de ese funesto lucubrar circular. Ciro le sonrió sin pena, con sinceridad inútil; y ella le devolvió una mueca de la misma guisa.

¿Cansada? – preguntó Ciro, e inmediatamente se arrepintió. Tendría que haber seguido. Qué tenía que andar preguntando obviedades.

De estar de pie, lo que son los medios de preducción, hoy tuvieron asueto.

La crisis, que se le va a hacer.

Nada, seguir aquí, esperando a algún desesperado. ¿Usted por casualidad no tendrá alguna desesperación que convenga a mi circunstancia?

Tengo, pero de la cintura para arriba. Hacia abajo, sólo claudicaciones y obsolescencias.

La mujer rio, y dijo: Siempre se puede hacer algo, lo podría sorprender.

A mi edad, querida, las sorpresas, sean cuales sean, pueden tener consecuencias cardíacas.

Tengo buena mano; podría haber sido enfermera.

Cirio sonrió y siguió camino.

Había refrescado. O eso les pareció a ambos, que hicieron el mismo gesto de encogimiento de quienes creen poder refugiarse en su propia humanidad.

 

© Marcelo Wio

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