Lorem Ipsum (Del lado de acá – 6)

6.

Eladio ya estaba sentado en la mesa de siempre, como si nunca se hubiese movido de allí, cuando llegó Ciro y se sentó frente a él, y con el aire de quien debe decidir sobre la constitucionalidad de alguna macana legislativa, dijo: Eladio, antes de entrar a confeccionar esta noche, que llevará el molde de tantas otras, pero será irremediablemente diferente, necesito pedirte un favor.

Dale, qué tanto misterio y preámbulo, ni que necesitaras sellar un pacto de gobierno – respondió Eladio.

Es cierto, los pactos se plasman en servilletas de papel de café y puteríos de lujo.

Ciro le comentó sobre el hijo de una prima al que quería dejarle el piso una vez que no estuviera. Se lo comentaba porque Eladio había sido su abogado incluso mucho antes de recibirse: cuando eran niños ya argumentaba defensas frente a sus padres, que desaconsejaban inútilmente la compañía de ese mocoso italiano que siempre andaba metiéndose en líos.

No tengo otra familia. Las cuentas acá, las cuentas de afuera, el piso aquí, el de San Sebastián, el de Roma. No quiero que el Estado vea un mango. Todo.

Sí, tutti, ya lo dijiste. Como quieras. Una vez muerto, el muchacho se llevar una sorpresa que no veas. Le digo a mi hijo que prepare los papeles, ya sabes que ahora lo lleva todo él. Cuando lo tenga listo, pasas a firmar.

Gracias.

Te me estás volviendo un tierno.

¿Has visto?, parezco un osito de peluche con un inmenso corazón rojo que dice: Non joderum largum vivirum.

Terminado el lado profesional, aquí tenemos acreditada más de media botella a la que, inevitablemente, habrá de sumarse a otra – Eladio dio por concluida esa formalidad, de la que además había que huir por evidentes relaciones temáticas.

Y quién te dice que no a otra.

Eladio hizo un gesto hacia la barra y enseguida llegó el mozo con un plato de morcilla cortada y la botella del día anterior. Agradecieron y atacaron los dos frentes como hacen los generales fogueados en el arte de reventarse el alma: esperando al enemigo.

Qué rico que es el vino; aunque sea soportablemente malo como este – dijo Eladio.

Visto está en que hay creer en amenas mentiras; en las que se parecen a las verdades, pero sin llegar a la vulgar osadía de serlo (límite tendiendo a cero, que decía el técnico de un equipo dado a la sequía goleadora), justamente para protegernos de esas verdades, que tienen mucho de mentira, muchas veces.

Vaya filosofía que se te cayó.

De esas tengo un montón. Las recolecto en la estación de autobús. A veces me animo y hasta confecciono alguna.

Ciro encendió un cigarrillo y, acto seguido, Eladio hizo lo propio. Espejos uno del otro desde la infancia, o mimos que se siguen y se copian, pero ninguno sabe cuál es el que inició los movimientos.

Tal vez pensando estos gestos que se mimetizan a lo largo de los años, Eladio dijo: Toda la vida mirándolo todo como si les ocurriera a otros, cuando de pronto un día vemos los años reflejados, con sus desgracias y alegrías fatuas, amontonados en un destello que desmiente la inmunidad antes pretendida. Otro mortal mirando cómo se le agota el pábilo, cómo una boca sopla sobre la llama sin ánimo de festejos.

¿No juega el Sportivo Vial hoy? – preguntó luego de un silencio Ciro, como quien busca un trozo del que asirse.

Mario – llamó hacia la barra Eladio y preguntó: ¿No sabes si pasan el partido de Sportivo?

Un hombre calvo y panzón, siempre sonriente (“Sonrisales”, lo llamaban Ciro y Eladio cariñosamente), apuntó con el control remoto y se encendió la pantalla grande, ubicada en una esquina del bar; recorrió canales que mostraban instantes de vaya uno a saber qué, momentos insustanciales, hasta que llegó al canal en cuestión. Efectivamente, pasaban el partido de Sportivo. Una excusa de fondo para que las palabras se tornaran simples, transparentes, sencillas; a las que poder recurrir en caso de urgencia.

Aunque no sé para qué lo vemos, con lo mal que juegan – sentenció Ciro.

Será por una pulsión religiosa: esperamos el milagro de un buen partido.

O expiamos alguna culpa gruesa con esta penitencia.

El mozo les llevó otra botella de vino. Esta vez, Eladio había pedido uno mejor. Tampoco eran dos muertos de hambre para andar torturando el paladar de esa manera – una cosa es la nostalgia de los remotos tiempos de estudiantes sin un mango partido al medio, y otra la tozuda tontería. En el televisor unos tipos corrían mucho, sí, pero sin criterio. Ellos igualmente se dejaron llevar; era una forma más de hacer que todo fuese inofensivo: el presente y el pasado; ahora sólo había nombres y poco más, viejas formaciones de Sportivo que se evocaban con cariño, con esa alegría adosada al instante pretérito que entonces no fue tal. Refugios de lo inocuo, treguas necesarias para, de tanto en tanto, hacer un recuento apresurado de los caídos, de los heridos y de los que aún están en un estado aceptable para afrontar la batalla (carne de cañón no muy deshilachada).

© Marcelo Wio

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