Lorem Ipsum (Del lado de acá – 4)

4.

Después de un simulacro de desayuno, fue a la cancha de bochas donde habitualmente, a esa hora, está Blasco. Ciro suele sentarse a mirar los partidos sin prestar atención y a charlar de esas cosas que no pesan, que apenas si tienen sustancia. En esta ocasión, además, iba a buscar una cajita que Blasco le había avisado hacía dos días que tenía para él.

Ciro, querido – lo recibió su amigo Blasco, con una sonrisa de vendedor de esperanzas. Y, acercándose: Me olvidé de lo tuyo, viejo. Mil disculpas. Ahora la memoria sólo me sirve para recordar cuándo tengo que tomarme las pastillas, y cuáles; y para añorar unos que, estoy seguro, fui, y para rememorar sus funerales difusos – dicho con esa liviandad que pueden permitirse aquellos que, por lo que sea, no tienen que lidiar con la desmemoria ni con temores trascendentales.

No me jodas con esas cosas hoy, te lo pido por favor.

Justo tú, que siempre andas filosofando.

Justo yo. Qué quieres que te diga. Tal vez me esté cansando de ese yo al que he claudicado, o que me he empeñado en ser. Tal vez ya sea hora de me toque un viejo medio toca pelotas sin más; o acaso el viejo alegre y algo gilipollas. No lo sé. ¿Cuál me pega más?

El primero; porque ya tienes mucho de ese. Estás en plena transformación querido amigo. Te digo la verdad, no sé cuál prefiero, si este que llevas un par de años perfeccionando, o el pesimista aficionado.

Ese era, en definitiva, también un toca huevos…

Cierto. Con lo cual, no estarías cambiando, sino agriándote.

Qué sé yo en qué ando.

En un día de esos.

Sí, me vino la regla de tres compuesta, qué quieres que le haga; no hay caso de que me venga la menopausia. Pero ya no me miran como antes.

En el fondo sigues siendo el mismo de siempre.

El mismo qué.

Gilipollas.

Ah, así me quedo más tranquilo.

Blasco tiró la bocha y pifió por un trecho, cosa habitual en él. Se giró buscando la mirada de Ciro, que estaba sentado en una miniatura de grada de cemento.

¿Juegas o seduces a tu amigo? Porque las dos cosas a la vez no se te dan bien – lo chinchó un compañero de juego.

Seduzco unos minutos – respondió Blasco, y se acercó a la grada breve.

Nunca fui religioso – le dijo Blasco a Ciro, apoyándose en el borde de la pared que delimita la cancha, y encendiendo un purito -, bien lo sabes, pero ahora, tarde y mal, ando jugueteando con las culpas y los atrios; ya sabes, intentando creer en un más allá y todo eso. Pero eso se mama de chaval, o no hay tu tía.

Las segundas partes siempre son malas. O eso dicen.

En este caso no me importaría mucho: no es que la primera haya sido una obra de arte.

La cuestión es que eso de la segunda vida o la reencarnación o como gustes llamarlo, tiene que ser algo consciente, es decir, uno tiene que recordar la vida previa, sin lagunas; si no, qué diferencia hay con una primera vida, es decir, con una muerte… El cuento se ve de lejos, Blasco querido, buscador de engaños y quimeras.

La cosa es que uno vuelve.

No. Si no te enteras, no vuelves; vuelve otro. Sin memoria, sin nada. Si uno no se entera, ¿qué sentido tiene? Yo quiero volver, claro; pero quiero ser yo. No mi esencia, mi espíritu embobado y amnésico. No, yo. Quiero mi vida. Qué quieres que te diga; soy incapaz de abonarme a esos clubes de la esperanza y la devoción; la fe y los actos de contrición. Y mira que a mí también me gustaría creer a esta altura del partido.

Ya lo sé. Pero tienen tan buena publicidad, que uno no puede evitar, como mínimo, leer alguna vez el folleto.

Y cuando sus publicistas fallan, siempre hay un Torquemada…

En fin, de todas maneras, como idea reconforta un poco. Pero, como te decía, yo no tengo eso. Me toca tirar. En mi bolso, el azul ese con letras amarillas, hay una cajita tallada que es para ti.

Cabrón – dijo Ciro, y bajó los dos escalones de la grada. Le dio el dinero que Blasco guardó rápido en el bolsillo del chándal (parte indispensable del personaje que componía), y se despidieron. Ciro alcanzó a escuchar voces socarronas y unas risas. ¿Para qué jugaría a las bochas? Bah, algo había que hacer. Al día hay que ir rellenándolo, si no, nos rellena a nosotros a su antojo.

Ciro caminaba por una calle empedrada, tupida de paraísos en flor. Se quedó pensando en Blasco, en lo de la memoria. Tengo un vínculo insignificante – murmuró para adentro, pero algo rebalsó, como si hubiera estado tarareando algo – con mis días pasados; no soy ni remotamente su hechura; acaso, como mucho, sea una superflua y leve consecuencia; poco más. Se fue derecho al piso, no podía andar con esa cajita por ahí como si nada. Él no era Blasco. Ni siquiera era él mismo, pensó, ya sin ganas.

© Marcelo Wio

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