Lola Mora

Apareció desnuda. En la plaza. Como viniendo de Santa María. El pelo encharcado de rocío. Pero limpio. El cuerpo también húmedo, de un rosado impertinente, igualmente inmaculado. Y lo más extraño de todo: los pies, más claros, tampoco mostraban rastro de la suciedad esperable de descalzos andares. Como si la hubieran depositado allí. Pero fueron varios los que la vieron llegar por sí misma. Un deambular como de automatismo. Dijeron. Algunos la divisaron incluso unos trescientos metros antes. Por ahí donde el pueblo deja de ser. Para ser distancia.

Llegó desnuda de ropas palabras gestos. Como un remedo de mujer que no acabó de cuajar – a excepción del cuerpo, que parecía resumir un conjunto de ideales y deseos. Se le acercó doña Funciones, con ánimo de socorro: de la desnudez e intemperie de la joven; y del decoro , las envidias y erotismos. Con una manta de lana gruesa. Y le dijo dos o tres cosas. Las que se suelen decir en tales o similares circunstancias: pero mi niña, qué te ha pasado, que historia traes, que historia te trae. Decires que preguntan sin obligar respuesta. Que son más que nada para maquillar una incomodidad. La muchacha no varió ni el gesto. Ni escuchó con la mirada. El cuerpo tieso. Como de ausencia. Se dejó poner el pudoroso abrigo. Que dejó hacer es un decir: permite quien puede negar. Y ella parecía haber agotado la voluntad o el impulso o lo que fuese que la había depositado en esa esquina de la plaza: cuadrado de tierra, casas por dos lados, por otro la iglesia; casi en el medio, una piedra que nadie recordaba qué conmemoraba.

Es una culpa. Dijo una mujer.

De quién. Preguntó alguien.

Si la vemos todos, pues del pueblo entero. Alguna otra voz. O la misma. A saber en tales desconciertos.

Culpa de qué. Tan desamparada como está. La primera mujer.

Las culpas bravas son esas, precisamente: lo convencen a uno de indefensiones, lo obligan a acercarse. Como si lo hiciera uno a una inocencia, una dicha, a una virtud. Y siempre es tarde, una vez que. Avelino, el zapatero que hacía de cura desde que el último había muerto y la diócesis había decidido que era tan poca gente y con una fe muy particular (alguno, más viejo, dijo herejes) que para qué.

Pero entonces, es culpa nueva, por urdirse aún; o una vieja que viene a qué. Alguien. Voz de hombre.

La muchacha seguía firme. Desafiando nada, porque ni su postura ni su gesto ni su mirada se involucraban con su entorno. Cuerpo sin esencia.

Las culpas, cada una a su manera, dicen. Esta es otra cosa. Otro hombre con voz.

Las culpas que aparecen y dejan su prensencia como una incógnita. Esas, oscuras, son las que hay que temer: no se dejan conocer: blindadas contra la explicación: a su desarticulación. Otra vez el zapatero, que a fuerza de sermones y lecturas canónicas y otras que había dejado el cura, había compuesto una cierta dialéctica que a su vez se había confeccionado una arrogancia sólida – efecto secundario de la cual, era el desprecio de las opiniones que andaban dando vuelta por el pueblo; de aquellas que no tuvieran su genética.

Pues si es de esas. Acaso sea tuya, Avelino. A hombres con saberes, culpas sin indicios. Malicioso. Humberto. Hombre enjuto. Como si la muerte que le correspondía fuese una de progresivos contorsionismos y auto-endocitosis. Pastor de un rebaño menguado de cabras.

Pues mira. Acaso sí.

Que le has dado la excusa, Humberto. Que con que es culpa suya, se lleva la muchacha a su casa. A fabricar pecados. Una voz. De esas que se parecen a otras. Que siempre han dicho lo que todos. Desde el cardúmen de conversaciones.

Ya. La concupiscencia que no falte. No, señor. Este pueblo no puede sobrevivir sin su dosis diaria de zafiedad.

Humor, se llama, Avelino. Eso que se te agrió con tanta doctrina y santoral. Más zapatos, menos misal.

La muchacha calló las palabras avanzando hacia la piña de seres. Se detuvo a pocos metros. La manta se resbaló al suelo. Y nuevamente esa quietud. Esa nada que se le había metido y sólo le había dejado ese cuerpo y esas propulsiones.

Ponle la manta, haz el favor Funciones. Que se nos ponen todos tontos. Una voz de mujer.

Funciones hizo. La muchacha como antes. Como si no estuviera: ni ella ni Funciones.

Podrá tener cuerpo de mujer. Pero es otra cosa. Esto. Humberto.

No sé qué es. No es culpa. Es algo más absoluto. Avelino. Dijo absoluto por decir algo, por intercalar una palabra con lustre. Una complejidad para matizar su extravío.

Ha alcazado a tocar piel, Funciones. Indagó Eduviges.

Sí. Creo que sí. No lo sé.

Acérquese. A acomodarle la manta. Y. Ya sabe. Eduviges.

Vaya usted. Qué soy. Una intermediaria.

Eduviges se acercó a la muchacha. Le recolocó la manta. Con el dorso de la mano rozó su hombro.

Como irreal. De tan suave. Leve. La voz y el gesto impresionados. Descodificando el tacto nuevo. Ni una manta de piel de cabrito. Nada puede sujetarse a esa piel sin asidero.

Entonces la muchacha. Otra vez. Avanzó hacia la gente, que retrocedió. Aunque en realidad era el suelo el parecía resbalar construyéndole los pasos, que esta vez recorrieron mayor distancia. Casi hasta la mitada de la plaza. Hasta pararse justo al lado de la piedra o monumento. Y la manta. Al suelo. Y el reposo. Y el gesto nunca distinto. O nunca gesto: facciones, líneas, geometrías indiferentes. Un rostro como sin vida. Trabado en un instante. O en un ideal que alguien, alguna vez, por sueño o capricho, dibujó o talló y olvidó.

El murmullo indistinto aún no había llegado a conformar palabras claras, frases. Asombros para los que, por otra parte, a esa altura hubiesen faltado las palabras. Cuando la muchacha levantó apenas el brazo. Lo apoyó sobre la piedra y la volcó. Acostada como una base, quedó la piedra. Ocupando, ahora sí, el centro exacto de la plaza. La muchacha tiró la manta. Subió a la piedra y compuso una pose de bondad o esperanza o resignación. Y se paralizó. Aún más que antes. Como si una solidificación le hubiese crecido desde dentro.

Tóquela, Eduviges. Voz de mujer.

Pero Avelino se adelantó. La mano dura. Fría. Intentó moverle el brazo, pero no hubo caso: toda ella cuajada en esa posición, en ese lugar.

Una estatua. La voz de Avelino un filamento dudoso.

Cómo que una estatua. Eduviges.

Una estatua.

De qué. Funciones.

De una culpa, de una fe, de una recriminación; de qué. Otra voz.

No lo sé. Quizás de lo que cada uno precise. No lo sé. Realmente, no lo sé. Avelino.

Sabía usted que las esculturas podían decidir su emplazamiento. Inquirió la voz de un hombre.

No. No les conocía esa característica: esas intenciones tozudas. A saber desde dónde desde cuándo viene viniendo…

Cúanto hace que esa piedra estaba como estaba. Otra voz.

Recuerdo que mi abuelo decía de esa piedra, que cuando niño, la utilizaban como poste de una portería despareja cuando jugaban a la pelota. Humberto.

Pues a saber desde cuándo una esperaba y la otra venía. Eduviges.

Y ahora, qué. Alguien.

Nada. Ahí está. Avelino.

Y ahí se queda. Hasta que guste. Funciones, dando por terminadas las disquisiciones que no iban a ninguna parte.

Finalmente, se fueron dispersando, con la mirada sujeta a esa figura. Como si temiesen que al dejar de mirarla, todos juntos, desapareciese. Finalmente, las miradas se desprendieron, forzadas por topografías y arquitecturas y obligaciones.

Sola quedó. La muchacha. Encerrada en esa quietud.

No recordaba, ya, por qué. Esa reclusión de mármol: porción restringida de territorio ausentado del devenir: las horas emancipadas, el sentido derogado. Qué importaba recordar. Inútil ejercicio. Miró a su alrededor. El pueblo quieto. Asustado, pensó. Ya se acostumbrará. Como yo. Aunque no del todo: ya estaba tramando la insubordinación siguiente. Paciente. Deshaciendo la condensación de células y calizas. Tanquila. Porque no conocía el tiempo. Porque sabía que eventualmente daría con el lugar o el momento. Para ser lo que le quedara de ser y morir, como todos, de una buena vez.

 

© Marcelo Wio

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