Logomaquias de café

De escasa personalidad (la verdad sea dicha, nula), sólo era una silueta, una sombra, una proyección, un mero suspiro sin aliento. Un figurante en su propia vida – enumeró Laura -. Una – dijo Adelita – intuición (¿habrá querido decir una intención, un vislumbre?) que jamás se confirma (seguro que era intención; a Adelita, el idioma le ha sido siempre un poco esquivo; como el recato en el vestir y en otras áreas de la interacción social). Un presentimiento – terció Osvaldo, la pipa recostada en un costado de la boca -, apenas, de una presencia; la premonición de que se hará presente aunque la experiencia indique lo contrario; como si ni siquiera llegara a ser su propia definición… No sé si llego a explicarme. Como si, un tanto gödelianamente, por ponerlo de alguna manera, fuese un sistema que no puede demostrarse, evidenciarse, a partir de su propia existencia. Mario, desde el fondo de la mesa que da sobre el ventanal de la calle Tamarindos (del café Los Tanitos, aunque sus dueños fueron, cronológicamente, polacos, gallegos y armenios), jugando con el sobrecito de azúcar soltó: Lo que están proponiendo es que Héctor no existe, básicamente. Es decir, que están hablando de la nada, de nada, de nadie. Es decir, que entonces podemos hablar de otra cosa perteneciente al plano de la realidad, de la existencia (¿cosa-en-sí, Osvladito?), como ser el entrevero de Marta y el tipo ese que se sienta en la mesa del fondo con el grupo de los silenciosos. Digo, porque Marta cae en cualquier momento y el tema es sumamente interesante: la puntería de esta muchacha para recaer hacia el lado de lo esperpéntico no puede pasarse por alto así como así. Digo, por hablar de sustancia, aunque al final, todo lo sólido se desvanezca en el aire…

© Marcelo Wio

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