Lingüística del aroma

Me ha sucedido algo inquietante. Es la segunda vez. Aunque en la primera ocasión estaba resfriado, y la congestión confundió el suceso – más bien, hizo que pasara enteramente desapercibido, en un primer momento. Dos únicas veces. Muchas, igualmente, para alguien como yo, que soy muy quedo. Mas, como todo apocado, de tanto en tanto, pulsiones inexplicables se imponen, llevándome a arrostrar alteraciones en el ánimo y la rutina. Aquella primera vez, el ímpetu me condujo a Estocolmo. La tarde anterior al viaje comencé a sentirme mal y, para cuando luego de casi cuatro horas de vuelo aterricé en Suecia, tenía una congestión considerable – directamente, incuestionable, rotunda. Por ello no percibí el incidente sino hasta un par de días después. Al principio no lo había siquiera notado, como ya comenté, y posteriormente lo adjudiqué a la obstrucción nasal: de alguna manera, lo sé ahora, intentaba negar el hecho. Pero esta segunda vez, sin impedimentos nasales, el acontecimiento se ha hecho patente. Es la segunda vez, por lo demás, que sigo el impulso de salir de mi país. Qué digo país; de mi ciudad. Esta vez, como en la primera, no sé qué me trajo a Gdansk. A saber. Acaso, el afán de probarme alguna peregrina intrepidez, una mínima – aunque totalmente inútil – valentía. Pero, a lo que iba. Aquí lo noté ni bien descendí del avión. Me golpeó con la furia del vacío, de la nada más absoluta y reconcentrada: no podía oler absolutamente ni una partícula de efluvio. Nada. Podía sentir los olores, los aromas, sí, pero no podía descodificarlos: no los comprendía, de la misma manera en que no entendía las palabras que circulaban alredor mío: los mismos códigos. En definitiva, no podía oler. Ergo, mi olfato sólo huele en español – al menos, en el de Madrid (ya dije, que nunca salí de la ciudad, a excepción de estos dos viajes que refiero y uno a Getafe, que olía exactamente igual a la ciudad de Madrid). Cuando acopie momento de fuerza de arrojo, quizás viaje a Londres para comprobar cuánto puedo oler con mi inglés precario – cuánto, y qué calidad de olores. He pensado que acaso mi circunstancia se debe a algún trastorno anósmico lingüístico-olfativo. Como sea, no es un inconveniente relevante: mis viajes al extranjero son una extravagancia impulsiva por lo demás terriblemente esporádica. Además, soy muy aprensivo, y visitar clínicas, hospitales o consultas médicas me resulta prácticamente imposible. Sobre todo, por temor a que descubran algo aún peor de lo que siempre creo padecer – así pues, sobrellevo como puedo el pavor de las enfermedades (que no es que crea tener, simplemente, sino que sufro como si realmente las tuviera), hasta que, como con todo, termina uno por acostumbrarse a convivir, y entonces, una nueva afección ilusoria. Mas, volviendo al tema olfativo. Esto es real. No es una imaginería hipocondríaca. Es completamente real. Tanto, que no me preocupa en lo más mínimo. Aunque, realmente, es asombroso el asunto. Al menos en lo que a mí respecta, nunca había oído hablar de la conexión exegética, conversora, si se quiere, entre olor y lenguaje. En fin. Para qué viajar, si el verdadero placer de estar en otra parte radica, realmente, en los aromas particulares de aquellos lugares, que tanto dicen de sus gentes. Ver en vivo lo que puede uno ver en una fotografía o un documental, tiene muy poco sentido. Así pues, un motivo más para mi indolencia. Es sabia la naturaleza. Muy sabia.

 

© Marcelo Wio

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