Las postales

Medroso, sabía más que nadie lo que era no poder contar viajes, aromas, ciudades, instantes. Su experiencia estaba circunvalada por los los límites de su capacidad adquisitiva y su incapacidad de desligarse, siquiera brevemente, de las ilusiones de seguridad que había creado para sí.

Así que nadie como él para comenzar aquél asunto.

Ocurrió por casualidad. O causalidad – más probablemente -. Una tarde de esas en que se animaba a ampliar levemente el radio de sus caminatas diarias, dio con una tienda de las que compran y venden desde libros hasta polvo. Entró como siempre que encontraba una librería de usados o una tienda que entre el eclecticismo de su ramo incluyera algún que otro libro. Anduvo fisgoneando entre el histrionismo de objetos y estanterías dispuestas sin orden aparente, como si la tienda hubiese crecido a partir de un objeto primerio que determinó un rumbo caótico. En una mesa repleta de diarios viejos, adornos kitsch, polvo, algún que otro libro, un par de cochecitos de latón y alguna cosa más; encontró una caja cerrada. Siguiendo el mismo impulso novedoso que lo había llevado a violar la topología de sus fobias, desanudó el lazo que aseguraba la caja y quitó la tapa. Cientos de postales viejas, con el dorso en blanco. De los Balcanes, Escandinavia, Indonesia, Sri Lanka, Botsuana, Europa occidental y central, el Caribe. Obedeciendo al ímpetu inaudito, compró la caja con su contenido.

Aún entonces, la causalidad no había explicitado al intermediario (él), la consecuencia que perseguía. O, puesto de otra manera, él no sabía en ese momento qué iba a hacer más allá de guardar el resultado de una vehemencia que, en ese momento, le parció vacua, vana, producto de una frivolidad repentina, del coraje inútil que le nació de la soberbia de violar unas restricciones que son propias.

San Petersburgo descolorida, añeja. Venecia sin aromas, con el vértice superior derecho mordido por una rata, posiblemente. Berlín en blanco y negro, con los odios inminentes doblándole las puntas. Madrid cuando aún no habían pasado. París siendo una fiesta en Saint Germain des Pres. Madrás especiada y a color a pesar del sepia avaro. Kyoto en otoño el año del seppuku de Mishima. Un café de Shangai y la voz de Ruan Lingyu (probablemente “Ye Shang Hai”). En todas estas, y las otras postales, un ayer que se iba despintando en una desmemoria blanco sucio.

Ya no fue un impuslo lo que lo llevó a escribir al dorso de la postal de Madrás. Fue una suerte de ánimo preñado de desquite, de osadía fabuladora. No había visitado precisamente esa ciudad (al menos, no podía recordarlo), pero sí lugares similares: los libros le habían permitido la experiencia. Escribió sin detenerse a recordar. Sin pensar. Escribió una sutileza que con toda probabilidad el viajero usual no habría percibido. Estampó su firma y, luego de pensar unos segundos, eligió una fecha: Octubre de 1946, algo menos de un año antes de la partición.

Ya no fue un impulso lo que lo llevó a salir y meter la postal por debajo de la puerta de su destinataria: Elisa Czajkowski, soltera, 63 años, de nacionalidad argentina, consturera, devota católica; que transcurría sin nadie que le contara viajes ni confidencias. A la vuelta, pasó frente a la casa de Edmundo Rivarola, viudo, 59 años, de nacionadidad argentina, jubilado (bancario), sumido en un desamparo de voces y abrazos desde el fallecimiento de Purificación.

La siguiente postal sería para él. Una de A Coruña llena de techos rojos, de verde y aguacero, realzados por un cielo de un argentado apagado y negligente. Un relato sucinto de una clandestinidad, un pasaporte falso y la resistencia francesa. Un cigarrillo olvidado sobre la barra de un bar en un apremio de sombreros oscuros y largas gabardinas oscurecidas aún más por la lluvia. Y la siguiente, se entusiasmó, para Antonia Gaffaro, 71 años, de nacionalidad italiana, viuda, nostálgica: recluida para no constatar lo evidente, ha creado una patria ínfima, de un sólo habitante. Una postal de Buenos Aires fechada en 1965, la plaza Italia con un autobús a Liniers de fondo. Al dorso una apología de las oportunidades. Una invitación, querida Antonia. Una invitación que ella podrá declinar cada día y seguir jugando a no estar en Buenos Aires.

Y la siguiente…

Él, más que nadie, debería haber sabido que crear una ilusión (acaso, más bien, una alucinación), para otras vidas acarrea el riesgo de crearla para la propia. La huída de la realidad, para quien leyera una postal puntual, sólo sería momentánea; un respiro para quien lleva demasiado tiempo inmerso en su propia memoria, una mera tregua. Pero para quien repite la acción, quien la transforma en una actividad, supone sancionar la fabulación por sobre la realidad.

Él, postal a postal, historia a historia, devendría cada vez menos él y más una combinación de personajes y pasajes leídos en otra vida. Un espectro que escribe, amparado por el anonimato de rendija entre puerta y piso, palabras como coartada, como cómplice de la desbandada.

Cuánto demorará en prescindir de aquellos personajes solitarios, para terminar enviándose las postales a sí mismo; y cuánto tardará en desconocer su autoría en aquellos trozos de cartón coloreado – acaso, contingencia siniestra, siempre haya sido el escribiente y los destinatarios; que es una manera indulgente de decir que quizás no es -. ¿O acaso esa postal ya llegó y lo condujo aquella vez a aquella tienda a hacerse con más material para llevar a cabo la urdimbre que tiene como objeto terminar por exhortarlo a alguna paranoia, a algún delirio – es decir, para elaborar la coartada, el atenuante -?

© Marcelo Wio

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