La vana ilusión VI

El ruido de la llave en la puerta lo sacó de un sueño poco profundo, con intermitencias de sudor. Se incorporó de la cama. Miró el reloj: eran las nueve y cuarto de la mañana. Se levantó de un salto y se escondió detrás de la puerta – se sintió un poco imbécil, como un niño que quiere asustar a alguien -. Escuchaba los tacos de la mujer en el salón. Se detuvieron. A Julio le transpiraban las manos. Otra vez los pasos en movimiento, acercándose. Cuando ella pasó a su lado, él se abalanzó sobre la mujer, tapándole la boca con una mano y, con la otra, abrazándola e inmovilizándole los dos brazos. La condujo, con el envión del ataque, hasta la cama; ella cayó boca abajo, él sobre ella.
“Tranquila, sólo quiero hacerte unas preguntas”, intentó calmarla casi susurrándole al oído, Julio. “Además, para qué fingir valentías, yo estoy más cagado que vos”, agregó sin saber a cuento de qué. A quién le interesaban sus confesiones y, sobre todo, qué tarjeta de presentación es esa para quien anda pretendiendo respuestas.
De a poco fue aflojando la presión de su mano hasta liberarle la boca. Ella no dijo nada, sólo respiraba sonoramente. Por fin la soltó del todo. Julio se incorporó y quedó parado al lado de la cama. Ella, tumbada, se giró. Lo miró con detenimiento. Hizo un ruidito, como una especie de risita y le dijo: “Estás hecho un desastre”. Julio llevaba el pelo revuelto (además, necesitaba un corte con urgencia), la barba demasiado tupida y canosa, ojeras, la camisa con el cuello amarillento, el saco desaliñado, desteñido. Daba algo parecido a lástima. Más de uno, si hubiese estirado la mano le hubiese puesto una moneda.
“Sí, una mala racha”, respondió él, con aire de superación, con desinterés.
“Larga, además. Vos debés ser el tipo que mi marido contrató”, disparó ella.
“Sí, soy yo”, replicó con sequedad.
“Pensé que ya habías dejado el caso”.
“Pensaste mal. Lo reabrí; pero no por tu marido. Acá huele a podrido, aunque no estemos en Dinamarca”, se sintió satisfecho de su respuesta artificial.
“No seas temerario, Horatio, esto es demasiado para vos”, dijo la mujer, con un tono menos serio.
“Dejá que eso lo decida yo – dijo Julio -. Por cierto, ¿cómo te llamás? Tu marido sólo me dio tu foto”.
“Mariela”.
“Mariela, contame de qué va todo esto. Sobre todo, de qué jugás en este equipo”, Julio fue directo al asunto que le preocupaba. El símil futbolístico le pareció imbécil en cuanto lo pronunció. De cerca, la mujer le parecía más linda aún. Siempre lo habían puesto nervioso las mujeres hermosas, habían desnudado sus inseguridades.
“En serio… ¿te puedo llamar por tu nombre, no? – Julio asintió, sabiendo que no hacía falta presentarse -. En serio, Julio, esto es mucho para vos. Sólo te puedo decir que no estoy acá por gusto, o por iniciativa propia”.
“No me alcanza. Sé que hay dos tipos en el edificio de enfrente (anteayer había tres), uno de ellos el que me visitó en el cine. Sé que Martín Ortiz alquiló este piso, sé que labura para los Laboratorios Urrutia Menéndez, que es un tipo de los servicios. Sé que hay una ley en danza – que no me he molestado en commpreder, porque nosotros no estamos para eso, sin para obedecerlas o transgredirlas -, y que a Urrutia le jode mucho. Como verás, algo sé, hice alguna que otra averiguación”, se pavoneó Julio, como un chico que se sabe muy bien la lección.
“Todo eso también lo saben los periodistas. Cualquiera más o menos informado sabe todo eso, Julio. No es ningún secreto que Ortiz trabaja para los Laboratorios; su pasado tampoco lo es. Pero es sólo la cabeza visible, como yo, como los que viste enfrente: mano de obra, nada más”, sonó didáctica Mariela; como una maestra soltera a la que ya sólo le quedan esas clases.
“Mirá, te voy a ser sincero, ahora lo único que me importa, y es lo que me hizo seguir vigilando, es saber por qué estás acá, por qué jugás esta partida. No me prengutes por qué, los por qué me suelen arruinar las conversaciones y las paciencias”, arremetió Julio.
“Muy teatrero lo tuyo, Julio, Pero te lo voy a contar, por qué no. Consideralo un premio a la perseverancia, o a la testadurez – empezó Mariela; y Julio pensó que testadurez era una manera de decir estupidez -; y una suerte de confesión para mí. Apenas llegué a Buenos Aires para estudiar, trabajé como acompañante de lujo, un eufemismo de puta. Empecé casi sin saberlo: salía a los boliches de moda, yo era atractiva, me dejaban entrar gratis, me invitaban a pasar al fiestas exclusivas; en un momento algún “representante” se me acercó y me ofreció trabajo como modelo (desfilé una sola vez), y el resto es la historieta de siempre. Había mucha guita de por medio y me entusiasmé: los tipos no eran desagradables. Pero después todo se puso más pesado: drogas, fiestas en quintas donde pasaba de todo. Me asusté, volví a Neuquén, conocí a un chico, nos casamos, y después volvimos a Buenos Aires por el trabajo de Rodrigo, mi mardio, al que conociste. Al principio tenía miedo de salir a la calle y cruzarme con alguien de aquella época. Pero los años habían pasado, y yo ya no tenía la misma cara que a los veinte, ni el mismo cuerpo; ni frecuentaba los mismos lugares; y otras más jóvenes y atractivaas habían ocupado esos espacios. Así que poco a poco me fui olvidando de todo. Pero un día me llamaron por teléfono: ‘Soy Marcos, ¿te acordás de mí?’, dijo la voz. Cómo no me iba a acordar de ese hijo de puta. Marcos era el ‘agente de modelos’. ‘Tengo un trabajito para vos’, me dijo. Le dije que no trabajaba más. Nunca me voy a olvidar de su respuesta: ‘Eso lo decido yo. Este es el último laburito que vas a hacer, te guste o no. Porque si no tu marido, tus padres, tus hijos y todo tu circulito de amistades almidonadas, se va a enterar de qué hacías cuando eras una pendeja. No sabés la cantidad de videos que tengo en los que aparecés muy, pero que muy, juguetona’. Cerdo de mierda… Y acá estoy. Tal vez debería habérselo confesado a mi marido. Pero… no sé, tal vez me dejen de joder después de todo esto”. Lo dijo sabiendo que no sería así.
Mariela comenzó a llorar. Julio se sentó en la cama, a su lado, y la abrazó con una ternura que lo sorprendió. Habría jurado que no le quedaba más. Ella acomodó la cabeza en su hombro y lloró con fuerza, con toda la angustia e impotencia amontonadas día a día en ese departamento.
“No te podés quedar acá. No con esta gente. Esto no va a terminar acá, siempre vas a tener esa sombra, el miedo cada vez que suene el teléfono…”, Julio le acariciaba el pelo.
“No puedo… no puedo… si no lo hago van a matar a mis hijos… a mi esposo”, susurró entre llantos.
“Mirá, de alguna manera lo vamos a solucionar…”, dijo sin convicción, sin fe, Julio; y, sobre todo, sin saber por qué lo decía.
Ella se fue calmando, y finalmente fue al baño a lavarse la cara. Julio no tenía ni la más remota idea de qué carajo hacía allí, qué pintaba él en todo eso; mucho menos sabía qué hacer.
Cuando ella reapareció, Julio le preguntó cuál era su papel.
“Tengo que esperar acá. En algún momento piensan traer a un tipo. Me lo tengo que coger”, dijo con frialdad, como castigándose.
“¿Y qué más?”, preguntó Julio.
“Lo van a filmar todo, para eso están el Capitán y el Puma enfrente – informó Mariela. Tienen cámaras en el departamento. Tengo que hacer el numerito en la otra habitación”.
Julio se quedó callado, meditando. No sabía qué hacer. Si salían los verían. Tenían que esperar allí, ella saldría en su horario habitual, y él esperaría un par de horas. Luego se encontrarían en un bar de la Paternal. Julio le dio indicaciones de lo que debía hacer: cambiar de taxis, asegurarse de que no la seguían. Llegaron a la conclusión de que lo mejor sería que ella le confesara todo a su marido y que Rodrigo y los chicos ser fuesen lejos de Buenos Aires, que ella luego se reuniría con ellos. Tenía que convencerlo a Rodrigo. No debía usar su apellido, ni tarjetas, eso le tenía que decir. Parecían estar haciendo un recuento de escenas de libros policiales, más que un plan hecho y derecho.
Se quedaron toda la tarde en el dormitorio trasero mirando películas, charlando, contándose instantes del pasado, algunos sueños. Compartiendo el aburrimiento, el miedo, el no saber qué hacer. Dos naufragos salvádose el uno al otro en la misma isla desierta. Ella, de tanto en tanto, se paseaba por el salón. Era para que el Capitán y el Puma la viesen y supiesen que todo marchaba bien, que no había problemas. Mariela creía que tanto el Capitán y el Puma también habían trabajado Secretaría de Inteligencia , o algo por el estilo. Los había visto una sola vez, la primera vez que entró en el departamento. Estaban allí. Utilizaban un léxico que a ella le sonaba castrense. Julio le dijo que no le extrañaría, que en todo caso no debían ser dos improvisados.
La tarde se esfumó detrás de los cristales. Julio le volvió a repetir los pasos a seguir a Mariela; ella se puso el abrigo y salió. Julio esperó dos horas más y salió de la habitación lentamente, chequeó que enfrente no había luz en las ventanas y salió a la calle. Iría directamente al bar. Esperaría las cuatro horas que faltaban para el encuentro allí. Sabía que no aguantaría en su departamento – aunque sí subió a buscar la pistola: guardada en el bolso no tenía ningún sentido -.

 

© Marcelo Wio

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