La vana ilusión IV

Lo despertó la vejiga. Le dolía la cabeza y el estómago le ardía – no había comido nada en todo el día y se había tomado media botella de ginebra. Eran las nueve de la noche. Meó ardores y volvió al sillón. No había luces encendidas en el departamento de la mujer. ¿Qué relación habría entre Ortiz y la mujer? ¿Y con “la voz” y sus voces compañeras? Lo que más lo intrigaba era el papel de la mujer, no podía concebir que ella, que parecía refinada, tan alejada de aquella realidad de matones y ex agentes de inteligencia, estuviera mezclada en todo aquello.
Le dio una punzada en el estómago. “Úlcera de mierda”, escupió Julio. Abrió la heladera y sacó un trozo de pollo que había sobrado de la noche anterior.
Volvió masticando una pata al sillón. La mujer debía haberse ido ya. Esperaría una hora más y se iría a buscar las cosas a su departamento.
La hora pasó y no hubo ningún movimiento enfrente. Julio se calzó la gabardina y la gorra (como un inspector de una serie floja de la BBC, se dijo) y salió a la calle, asegurándose en todo momento de que no lo seguían. Caminaría hasta la 9 de Julio siguiendo un recorrido chueco, caprichoso.
Tomó un autobús cerca del Obelisco y se bajó en Santa Fe. Caminó hasta Esmeralda y de allí al Bajo. Tomó otro autobús. De ahora en adelante daría rodeos antes de llegar a su destino final. Estaba asustado, todas las precauciones le parecían insuficientes, estúpidas: Ortiz era un hombre de los servicios (Julio estaba seguro que esa gente nunca dejaba de trabajar en los servicios, o al menos no dejaban sus procedimientos y sus vicios). “La voz” seguramente tenía un currículum similar. Eran, como había pensado, profesionales. Necesitaba una revóler. Se lo decían las tripas: centro neurálgico del julepe.
Llegó a su casa sobre las doce y media de la noche. Le pareció raro entrar en su departamento; se sintió un intruso. Buscó un bolso y fue guardando la cámara de fotos, los prismáticos – los había encontrado años atrás en el hipódromo de La Plata, cuando su vida discurría entre apuestas, deudas, pateaduras y más deudas y palizas; acaso eran su única ganancia de aquellos días -. Metió también algo de ropa, una bufanda, unos cuantos libros y la radio. Salió de la habitación, dejó el bolso en el living, sobre la mesa, entró en la cocina y comenzó a poner comida en una bolsa.
Tenía que conseguir un arma. Conocía un bar en Del Valle Iberlucea donde podría conseguirla. Iría allí y luego volvería a buscar el bolso y la comida. Revisó la billetera. Le quedaba muy poco. Separó unos billetes, los metió en el bolso y salió.
En el bar sonaba una cumbia estridente. Había unos pocos rostros parcos y duros. Julio se acercó a la barra y le preguntó, sin preámbulos, con quién tenía que hablar para comprar un arma (dijo bufoso, como si así se garantizara un trato preferencial, de profesional). “Conmigo, papá”, dijo una voz cansada desde el otro extremo de la barra. Julio se acercó. “Soy Tito”, dijo el tipo, estirándole la mano; Julio le dio la mano y se presentó.
“¿Qué necesitás?”, preguntó Tito.
“Una pistola”, respondió Julio.
“Ya sé, papá, te escuché recién. ¿Qué pistola?”, pareció irritado Tito.
“La más barata”, dijo Julio.
Tito le guiñó un ojo al barman y éste sacó una pistola de debajo del mostrador. “Son treinta mangos”, dijo Tito, seco. Julio agarró la pistola, le dio el dinero a Tito y se despidió.
El revólver – un calibre 32 con el número de serie limado – le costó menos de lo que había imaginado. Es que la vida se estaba rematando a precio de saldo; y él era de los que estaban en rebajas. Camino de vuelta a su departamento aprovechó para comprar algo más de comida y unas cuantas botellas de vino y ginebra. Sí, Julito, definitivamente dipsomaníaco. Madre mía, qué vida tirada a la basura…
Iba a tener que tomar un taxi desde su departamento hasta el monoambiente. Lamentó tener que gastar dinero en un taxi, pero tenía muchas cosas para llevar.

Las calles estaban desiertas, mudas. De todas maneras, Julio sabía que detrás de la máscara de la ciudad, a esa hora, se practicaban todo tipo de perversiones, de las más nobles, a las más abyectas.
Le pidió al taxista que parase una cuadra antes de llegar al monoambiente. Instintivamente miró a la ventana donde estaría “la voz”: no había luz. Tampoco en el departamento de la mujer. Enfundando en su gabardina caminó con dificultad hasta el departamento. Llegó sin aire, con calambre en las piernas. “Me cago en los años y en los cigarrillos”, dijo mientras se desplomaba sobre el sillón y encendía un cigarrillo. Su respiración fue volviendo a su ritmo normal, recuperando el tono de silbido habitual trabajado con alcohol y tabaco. Tomó el resto de ginebra y encendió otro cigarrillo – había perdido la cuenta de los que llevaba fumados desde que se había levantado: la sequedad en la garganta le indicaba que eran muchos, muchísimos. Puso el despertador para las siete de la mañana – quería comprobar una idea que se le había ocurrido en el taxi: que “la voz” y sus compañeros tampoco dormían en el departamento que ocupaban; lo que indicaría que esperaban que sucediera algo durante el día. Por fin se tiró en el catre. El día había sido largo; de veinticuatro horas, ni más ni menos.

 

© Marcelo Wio

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