La vana ilusión III

Lo primero que hizo al despertarse fue bajar al bar a tomar un café. Esta vez estuvo muy atento de mirar si lo vigilaban. No parecía haber nadie. Se tomó un café cargado para deshacerse de las migrañas y se zampó un par de aspirinas. Antes de regresar al piso se compró el diario, más que nada para matar el tiempo. “Cuando esta noche vaya a casa, me traeré unos libros”, pensó.
Se instaló en el sillón. Podía controlar también la entrada del edificio y un buen trozo de vereda sin necesidad de pegarse a la ventana (antes de subir había calculado cuál era el lugar donde tenía que ubicarse para no ser visto, al menos desde la calle; pero juzgaba que sería suficiente para no ser divisado desde otras posiciones).
Aún era temprano, la mujer, de seguir con su rutina, tardaría un rato más en llegar. Rebuscó entre las repisas de la kitchenette hasta encontrar un mate, una bombilla y algo de yerba – tendría que comprar más, había como mucho para dos pavas -. Volvió al sillón con la pava y el mate. Estuvo leyendo el diario sin interés, mientras de tanto en tanto echaba una mirada al departamento de enfrente. Seguía vacío. El diario traía noticias de huelgas, de negociaciones con el Fondo, y la discusión de la famosa ley de patentes medicinales. No le dio importancia a ninguno de los temas, le parecían una mera reiteración donde sólo cambiaban algunos nombres, alguna situación. “Que la historieta siga sus devenires, sus dialécticas o sus retornos insolentes”, dijo y dejó el diario, aburrido, y se puso a mirar por la ventana. Por fin las nubes daban un respiro y dejaban ver mechones de cielo de un celeste pálido, insulso. Todo parecía una gran conspiración de la depresión.
La vio bajar de un taxi. Llevaba una falda que llegaba justo hasta debajo de sus rodillas, una gabardina blanca con cinturón, y una gorra estilo Liza Minelli. Julio notó que ella miraba hacia el edificio donde él estaba ubicado. No fue una mirada casual. No, sus ojos buscaban algo, o a alguien. Fue muy evidente. Se preocupó mucho. ¿Cómo podían saber tan rápido que él se encontraba allí? Estaba claro que todo aquello no se trataba de una infidelidad. Ya no le quedaban dudas. Lo que no entendía, en todo caso, era el papel del marido: le había parecido un pobre tipo, demasiado dolido y, la verdad sea dicha, demasidado pelotudo, para ser un farsante. Lo del marido era lo único cierto en todo aquel asunto, pensó Julio, convencido. El tipo no conocía en absoluto a la mujer que llamaba su esposa; él tenía otra versión. A saber si la mujer se conocía a sí misma…
La mujer se perdió detrás del portal del edificio. Julio estaba atento a las ventanas, quería ver por dónde entraba, como para hacerse una idea de la distribución del departamento. La vio a través de la primera ventana desde la izquierda. Se quitó la gabardina y, para sorpresa de Julio, se puso a mirar hacia el edificio de enfrente una vez más. “Mierda – masculló Julio, en voz alta – si tuviera los prismáticos podría saber hacia dónde está mirando”.
Algo le decía que no lo podían haber descubierto aún – tal vez era sólo un consuelo, una especie de protección frente al temor que supondría saberlos capaces de obtener tanta información en tan poco tiempo -. Tampoco era descabellado, ya lo habían ubicado una vez, por qué no podían volver a hacerlo. Aunque la primera vez era muy evidente su presencia – puesto que no había tenido motivos para tomar precauciones excesivas (más allá de evitar ser visto por la mujer, que era a quien vigilaba) -.
La mujer desapareció de su vista. Pasaron unas dos horas, unos siete cigarrillos, un par de vasos de ginebra y no la volvió a ver. Comenzó a sentirse inquieto, ansioso. El aire estaba estancado, saturado de humo y restos de respiración. Y en las parades parecía crecer algo que lo iba sitiando. Temía acercarse a la ventana para abrirla: era muy probable que lo vieran; si la mujer no hubiese mirado con tanta insistencia en su dirección, no lo habría dudado. Optó por abrir un poco la puerta de entrada, era más seguro. Lo hizo y volvió al sillón.
La mujer no volvió a aparecer en su campo visual. Julio se puso de para estirar un poco las piernas y la intranquilidad. Se acercó a la puerta para cerrarla. Por el pasillo venían unas voces; una de ellas le resultaba conocida, pero no lograba ubicarla. Se quedó un rato de pie junto a la puerta: las voces procedían del piso de abajo. Salió al pasillo, cerró la puerta y bajó las escaleras hasta el descansillo que había en las escaleras entre piso y piso. Las voces venían de ese piso, no le quedaban dudas. Bajó el tramo de escaleras que le faltaba para saber en qué departamento se encontraban. Las voces lo llevaron hasta una de las puertas laterales (a la izquierda respecto del suyo; directamente enfrente del de la mujer). Se acercó sigilosamente. Las voces sonaban más claras. Eran dos. No las reconocía. Se habría equivocado. Pero no podía ser, había una voz que le había llamado la atención. Tal vez el aburrimiento o la tensión lo habían engañado y predispuesto a tenues aventuras infantiles. Estaba subiendo las escaleras cuando escuchó la voz que le sonaba familiar. Se volvió y se acercó a la puerta nuevamente. Eran tres, al menos, las voces. Ahgora hablaban las dos voces que había escuchado hacía un instante. Se quedó esperando a que interviniera la tercera. Por fin lo hizo. Julio se puso pálido. “¡Hijo de una gran puta, es la voz del cine!”, casi gritó Julio – se tuvo que llevar la mano a la boca para refrenar el impulso -.
Subió a su departamento. Tenía que pensar. Transpiraba hielo. La mujer miraba hacia la ventana de “la voz”. Debía ser así. No podían estar allí para vigilarlo a él. No tenía ningún sentido; para qué la amenaza, entonces. No, desde allí lo habían descubierto haciendo guardia en el coche. ¿Pero por qué fueron tras él y no en busca de su socio? Una casualidad, no podía ser otra cosa.
Ahora tenía que saber qué relación había entre la mujer y “la voz”. “¿Sería otro detective contratado por el marido?”, se preguntó. No. Una vigilancia de tres personas (aunque las otras dos tal vez hacían compañía), sumado a un alquiler … Era demasiado presupuesto. Julio sabía que Melchor Palacios no podía costear esa investigación. Allí sucedía otra cosa. Y tenía un olor, que ni en Dinamarca.
Por lo pronto debía extremar las precauciones y restringir al máximo las salidas del departamento. Parecía que la suerte a él, lo seguía esquivando con obsecación: justo ir a alquilar el piso en el mismo edificio que “la voz”. Hay que joderse. Esta noche iría al suyo a buscar algunas cosas. Allí se estaba cocinando algo, y ese algo no tenía cuernos (éstos, a lo sumo, serían mera una consecuencia incidental).
Todo se le venía encima, sentado en el sillón, mirando el suelo, fumando. Esto se podría alargar demasiado y no contaba con mucho dinero – de lo que le había cobrado a Melchor Palacios, la mitad se había ido en el alquiler -. Debería medir los gastos, acotarlos al máximo. Aún así … ¿Y si realmente lo estaban vigilando a él? ¿Por qué? ¿Para qué? Era imposible. Tenía que descartar aquella idea inmediatamente. Las peores predicciones lo invadían. Siempre sucede lo mismo: los problemas llaman a los problemas, y Julio tenía una buena cantidad de ellos. El primero: estar allí sin que lo hubiesen llamado.
Debía relajarse. No podía meditar así. Volver a mirar al departamento de enfrente, eso era lo que tenía que hacer. Encendió otro cigarrillo y se preparó unos mates. Mientras esperaba que el agua estuviese caliente, se tomó un buen trago de ginebra. Haciéndome mierda como los ferrocarriles, pensó.
Se sentó frente a la ventana. La mujer no volvió a aparecer hasta las 21.43, y sólo lo hizo para ponerse la gabardina y salir. ¿Qué hacía aquella mujer allí? Porque, estaba completamente seguro, allí no había nadie más que ella.
Esperaría a la noche siguiente para ir a su departamento a buscar las cosas. Ahora no tenía ganas de salir. Estaba demasiado nervioso y temía ser descuidado.
Esa noche durmió poco y nada. Necesitaba saber quién había alquilado el departamento. Definitivamente, viendo el grado de organización que parecía tener aquella gente, convenía averiguar quién alquilaba el departamento a través de su amigo. Ya se había delatdo una vez. Luego se quedaría todo el día hasta que la mujer se fuese y entonces se iría a buscar las cosas a su departamento. Tener el día siguiente organizado lo calmó un poco y le permitió dormir algo.

 

La mañana era una irreverente promesa de grises. No tenía ganas de desayunar nada. Miró por la ventana, la mujer no había llegado aún. Se tomó un trago de ginebra, se lavó la cara y salió. No usaría más el ascensor, se podía convertir en una trampa. Así que bajó por la escalera, midiendo la respiración y los ruidos. Cuando salió a la calle se cuidó de no mostrar su cara, ocultándola con el cuello de la gabardina y dirigiendola hacia la pared. Caminó con rapidez y al llegar a la esquina dobló para desaparecer del campo visual de los dos edificios. Tendría que conseguir un sombrero o cualquier cosa que lo cubriera más. Ya no se podía seguir improvisando; esa gente, al parecer, no lo hacía en absoluto. No eran unos aficionados; y él, aunque le pesara, jamás dejaría de ser un principiante. Pero no había tiempo para lamentarse de cuestiones que ya no tenían solución. Las cosas estaban planteadas de esa manera y punto. “Ahora tengo que dejar de ser un primerizo; o me convierto en profesional o termino en una zanja en el conurbano”, ironizó para sus adentros. Las situaciones más desesperantes pueden estimular capacidades humorísticas desconocidas hasta entonces; aunque la calidad del humor no acompañe a dichas creaciones.
El comisario Mondragón, su amigo de potreros lejanos, accedió a sus requerimientos. “Pero Julito, no me rompas más las bolas con estas cosas”, le advirtió.
“No te preocupés, Mondra, no te jodo más”, prometió Julio.
“A ver, Julito, entendeme, no te estoy diciendo que no te quiero ayudar, pero hacer estas averiguaciones irregulares …”, pareció disculparse el comisario.
“Está bien, no me tenés que dar explicaciones”, replicó Julio.
“Es que … – pareció no escucharlo Mondragón – Mirá, me tienen en la mira … algunos números no cuadran, algunas cuentas bancarias misteriosas, mi nombre al lado de otros que convenía tener lejos; entendeme, estoy medio jugado”.
“Lo lamento”, fue todo lo que le salió a Julio. En realidad, no lo lamentaba.
“Yo también, pero ya es tarde para lamentaciones y arrepentimientos”, descartó la autocompasión el comisiario. Y agarró el teléfono y comenzó a discar. Mientras esperaba que del otro lado de la línea le respondiesen, miró a Julio con gesto de resignación. Julio levantó apenas la comisura de sus labios, imitando una sonrisa de condescendencia. No podía imaginar otro gesto adecuado.
“Buenos días, llamo de la comisaría 1ª, necesito que me den una información… sí, espero…”. Mondragón miró a Julio y le dijo: “Tiene una voz la pendeja esta… Ay, qué ganas de volver al ruedo…”. Julio se rió.
“Sí, buenos días, habla el comisario Mondragón, le decía a su secretaria… bueno, recepcionista; le decía recién que necesito, y urgente, una información sobre el inquilino de un departamento que alquilaron ustedes, propiedad de un tal … – Mondragón miró a Julio y le hizo un gesto con el dedo medio y el pulgar de la mano derecha apremiándolo; y éste le dijo el nombre – … un tal Juárez…espero, sí…”. El comisario se puso a juguetear con un bolígrafo mientras esperaba. De pronto se puso a escribir. “Ahá, sí, lo tengo, muchas gracias”.
“Bueno Julito, acá tenés la información. Te digo que el nombre que me dieron me suena mucho. Te lo voy a confirmar. ¿Tenés algún teléfono al que te pueda llamar?”, preguntó.
Julio pensó en darle el número de la oficina (era el único que tenía), pero no pasaría por allí; y además, no quería que Rubén supiera nada de todo eso. Es más, si no recordaba mal, le habían cortado la línea por impago hacía unas semanas; Rubén había quedado en ir a pagar las facturas atrasadas, pero conociéndolo, no creía que lo hubiera hecho.
“No tengo teléfono, te puedo dar una dirección…”, empezó a decir Julio.
Mondragón lo interrumpió. “Mirá, te digo lo que vamos a hacer; pasate en dos horas por acá, para entonces voy a tener algo”.
Julio le agradeció y salió. Leyó el nombre que había en el papel: Martín Ortiz. No le decía nada. Guardó el papel en el bolsillo y se fue a buscar una tienda de “todo por dos pesos” para comprarse un sombrero. En el camino compró un par de paquetes de cigarrillos más. Entró en una tienda y se puso a buscar el dichoso sombrero. Los que había allí eran muy llamativos: el remedio sería peor que la enfermedad. Finalmente, después de rebuscar, encontró una gorra estilo inglés, a cuadros marrones y verdes. La compró, lamentándose por el gasto. Miró el reloj. Tenía que ir a la comisaría, Mondragón ya tendría la información.
Saludó al cabo que estaba en la entrada; otra vez le devolvió esa sonrisa equívoca en la que Julio descifraba lástima y no simpatía, incluso sorna. Tal vez fuera sólo el gesto del pibe. “Ya se te van a caer un par de años encima, unas cuantas derrotas; ahí te quiero ver”, pensó Julio.
El comisario estaba hablando con un sargento, con la mano le indicó que esperara un segundo. Enseguida llamó a Julio y lo invitó a pasar a su oficina.
“Julito, Julito, ¿en qué andás?”, preguntó paternal el comisario, muy preocupado.
“Un caso de infidelidad”, mintió Julio.
“No me jodas; si viniste a mí por lo menos contame en lo que estás metido”, se ofendió Mondragón.
Julio le explicó todo, sin guardarse nada. El comisario asentía con gesto de preocupación creciente.
“Mirá, te voy a ser sincero – opinó Mondragón -, me parece que lo mejor que podés hacer es dejar todo esto, seguir buscando infidelidades, juntando unos pesitos y gastarlos en algún pasatiempo”.
“Gracias por tu preocupación, pero estoy aburrido de acceder únicamente a consuelos”, repuso, algo seco, Julio.
“Como quieras, Julito …Bueno, a lo nuestro. Martín Ortiz: no te puedo decir mucho sobre él; a todo aquel que llamé parecía quemarle el nombre, y me decían que no preguntara sobre el tipo. Finalmente, llamé a un amigo en la Secretaría de Inteligencia. El tipo estuvo en la Secretaria durante la dictadura, después se esfumó, nadie supo nada de él hasta hace unos años cuando reapareció como asesor de un ministro. Ahora figura en la plantilla de una empresa farmaceútica nacional. Por cierto, el ministro que ‘resucitó’ la carrera de Ortíz también figura en la nómina de esa empresa”, relató Mondragón.
Julio parecía abrumado. La mano venía muy pesada. Comprendía, ahora sin recelos, sin resentimiento, las advertencias de Mondragón.
“Te pusiste pálido, Julito. Te voy a dar otra capa de blanqueado: la empresa es Laboratorios Urrutia Menéndez”, dejó caer, como una guillotina, el comisario.
El rostro de Julio siguió, efectivamente, blanqueándose.
“Julito, en serio, no seas pelotudo, dejá todo esto, hace caso por favor. Estos tipos juegan en primera, vos no saliste del potrero, hermano. Ya sabés más de lo que puede saber la gilada, conformate con eso – el comisario pensó que a todos le gusta saber algo que la mayoria no sabe; sólo por esa sensación de saberlo (porque en tales circunstancias el saber no es compartible); él ya estaba curado de eso, de los riesgos que, las más de las veces, suponía -”, insistió Mondragón.
Los dos quedaron en silencio, mirándose, o midiéndose el uno en el otro, contando años y grietas. Por fin Mondragón habló: “Yo me hubiese quedado tirándole centros a la nada en aquel potrero deslucido, che…”. Su rostro no mostraba ninguna emoción.
“Yo te los habría cabeceado, Mondra. Pero me parece que ahora es demasiado tarde. Nos llueven centros pero no hay dónde cabecearlos, ni siquiera sabemos quién los patea”, respondió Julio, que se puso de pie, le dio la mano a su viejo amigo y salió de la oficina. Cuando pasó frente al cabo pensó que esa sonrisa que se empeñaba en mostrarle el muchachito no estaba del todo desacertada – por no decir que había pegado de lleno en el clavo. Cómo era qué decían los japoneses…, que el clavo que más sobresale se lleva el martillazo o algo por el estilo.
Volvió al monoambiente con la cabeza hecha un lío. Todos los planes que tenía o podía haber tenido no valían nada: hojarasca reseca en medio de un incendio.
Se sentó en el sillón, encendió un cigarrillo y le dio unos buenos sorbos a la botella de ginebra. Pensó que ya podía considerarse como un alcohólico. No le importó mucho la definición y lo que implicaba. En el departamento de enfrente no había movimiento. Al menos ahora estaba seguro de que “la voz”, en el departamento del piso de abajo, no lo estaba vigilando a él. Y la mirada de la mujer, recorriendo el edificio, buscaba la ventana de “la voz” y no la suya. Todo era una inmensa avalancha que le caía encima. Ni siquiera podía intuir qué pasaba allí. Tal vez Mondragón tenía razón, para qué quería él meterse en algo que, en definitiva, no era más que curiosidad pura, y acaso algo de prepotencia.
Miró hacia afuera, había empezado a llover otra vez. Los truenos sonaban lejanos. Julio lamentó estar sentado allí, creyendo fatalmente que ya no podía dejar todo el asunto que lo había atrapado como una mujer madura y seductora podía atrapar a un adolescente. Apagó el cigarrillo, tomó unos tragos de ginebra, dejó la botella a un lado y cerró los ojos.

 

© Marcelo Wio

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