La última condena

Habían agotado los temas de conversación varias veces. Incluso habían intentado usurpar ajenos, de esos que a veces quedan sobrevolando en territorio de nadie entre dos mesas del café. Transcurrían uno frente al otro con la excusa de un cortado, una copita de algo, un cigarrillo, un suspiro, un comentario leve.

Dentro de una semana referiré un suceso, una historia que usted sabrá apreciar – dijo de pronto F., y sorbió un trago de café. Lo dijo y se arrepintió. Había sido una reacción al tedio que se comenzaba a sedimentarse sobre la mesa.

¿Por qué no me la cuenta ahora, ya que estamos acá? – casi sin interés, L.

Ahora le estaría contando una historia más. Mejor o peor que otras, pero nada más. Si se la cuento dentro de un tiempo prudente – esa semana que le mencioné; o la próxima luna nueva, para que no intervengan los relojes y sus mecanismos telúricos -, su ansiedad aglutinará el misterio necesario para elaborar las inevitables conjeturas a las que se abocará; es decir, preparará el clima que esta historia se merece.

Adelánteme algo, hilitos apenas, para que esas conjeturas que usted pretende que yo confeccione, tengan desde donde comenzar a crecerse.

Le concedo ese único deseo. Así, digo: un río lento (pero que en su profundidad guarda traiciones correntosas) y marrón, un verano sin otra particularidad que el calor espeso de siempre; una muchacha con ambiciones y algún escrúpulo; un cafisho que agotó sus días de gloria en la ciudad y que no supo aceptar el final; un pueblo que es más polvo que realidad, y en el que parece que no pasa nada pero pasa de todo; un burdel con una puta vieja que se dedica a contar historias guarangas, un comisario ya de vuelta, un joven que aún creen en unos ideales que nunca fueron suyos (que nunca lo serán; como ocurre siempre); un contrabandista y un cargamento de cigarrillos rubios, y de ginebra adulterada, y un hacendado con dinero y sin voluntad.

No estoy seguro si dijo demasiado, o más bien fue tan general y universal que no me dijo absolutamente nada.

No dije nada, efectivamente. Sólo le obsequié escenario y protagonistas. Le puedo asegurar que de todas las hipótesis que elabore (y lo hará; puedo imaginarlo acostado boca arriba, proyectándolas contra el cielo raso de su habitación) con estos elementos, ninguna coincidirá ni remotamente con la cronología de hechos que le narraré. Añadiré que la historia es verídica, que sucedió hace hoy exactamente cinco semanas en un pueblo que está a unas trece horas de colectivo desde aquí; y que yo participé directamente en los eventos. Cuando le refiera la historia, conocerá también mi papel (le adelanto que es menor, secundario, mero observador; consejero a lo sumo, de algunos de los protagonistas).

No sé si su narración estará a la altura de las expectativas que ha creado…. Pero lo conmino a encontrarnos dentro de dos lunas en este mismo café a esta misma hora sin minutos.

Aquí estaré. Cuente con ello. Y, por cierto, no se olvide su paquete de cigarrillos, le aseguro que las tesis que formule llevarán su noche hasta las últimas consecuencias, y querrá tener la compañía del tabaco para adentrarse en esa región inverosímil de la mañana en la que tantos comienzan lo que no desean comenzar, y otros concluyen lo que no querrían (no tanto por placer, como por las culpas que luego siguen, casi invariablemente).

F. falleció tres días después de realizar su promesa – a causa de una infección en la herida de bala que recibió cuando el contrabandista decidió (cinco semanas antes), por todos, el desenlace de la situación. Una herida que había limpiado el farmacéutico y que F. había creído que estaba cicatrizando con normalidad.

L. intentó durante años juntar los trozos de la historia que F. le había ofrecido – llegó a saber, por ejemplo, que el pueblo se llama Sargento Huidobro, y que todo había sucedido (o, mejor dicho, se había precipitado hacia su desenlace) un 4 de marzo de 1937 –, pero sólo obtuvo retazos algo más grandes que las hilachas que F. le había arrojado; hechos parciales del suceso central, piezas que parecían encajar hasta que se reunía con algún otro protagonista y entonces los bordes de un testimonio no admitían emparejamiento alguno con las otras piezas, ni siquiera uno parcial que pudiera darle una idea aunque sea general del asunto. Pensó, como consuelo, que la narración de F. no hubiese contribuido a la verdad más que ninguna de las otras porciones o intuiciones de versiones que había recolectado. También pensó que si F. le hubiese narrado los hechos, los hubiese aceptado como algo concluido, único, válido y cerrado, porque la historia no lo hubiese impulsado a buscar corroboración alguna; hubiese sido una de tantas narraciones que a uno le endosan en un café para escapar de un silencio.

Quizá lo mejor hubiera sido que F. se hubiese guardado la historia para sí, que no lo involucrara de aquella manera. L. llegó a odiar a F. durante ese vagar en busca de una obsesión que aumentaba con cada nuevo dato (equívoco, unas veces; falso, otras). ¿Por qué aquella innecesaria postergación? ¿Esa noche estaba cansado y una cierta vanidad estúpida lo hizo buscar aquella excusa peregrina? ¿Pero entonces, para qué mencionarle siquiera la historia, en primer lugar? ¿O fue una trampa? ¿Sabía que se moría y necesitaba traspasar la crónica? Esta hipótesis se fue haciendo cada vez más fuerte en la mente de L. Pero… ¿Por qué esa traspaso? Y, ¿qué le había transferido, concretamente? La historia en sí, estaba claro que no. Era la necesidad de hurgar en los sucesos, en las partes del asunto, lo que le había traspasado. Esa urgencia… Por eso mismo no le había contado la historia… Pero, ¿por qué lo había elegido como destinatario o depositario de esa… obsesión? L. no era el más cercano de sus amigos… Evidentemente…, uno no le cede una obsesión a un amigo… Más adelante, L. terminó por pensar que uno de los personajes estaba ligado a F. – relación estrecha pero innombrable -, y que justamente por eso no había querido que los más cercanos conocieran ese suceso, y el vínculo que incluía. ¿Era la chica? ¿El joven? Ambos encajaban en las hipótesis elaboradas por L. – lo cual no quería decir absolutamente nada: L. decidía los parámetros, y evidentemente estos podían acomodarse para que encaje lo que L. quisiera encajar. Por otra parte, ninguno de los otros personajes encajaba en esa teoría explicativa. De hecho, F. había dicho, a fin de cuentas, que su papel secundario había sido de consejero… ¿Consejero de quién? Lo lógico – o lo que puede considerarse lógico en el territorio de la desesperación – fue comenzar por las dos personas más jóvenes de toda la trama. Y ello condujo a L. a suposiciones que fueran haciendo más verosímil su conjetura inicial… ¿Eran sobrinos, hijos, nietos de F.? ¿Hijos ilegítimos? Sabía que no podía llevar sus inquietudes a la familia de F. Cada vez más, temía que los criterios de verdad se los terminara suministrando la conveniencia del momento, de la hipótesis a la que se aferrara con más fe que razón.

Quizás L. pensó que los jóvenes eran los eslabones más débiles del entramado, y que era razonable tirar de ahí.

Así llegó a saber que la chica había llegado al pueblo (era de la ciudad, había vivido a cinco calles de su casa, con lo que seguramente se la había cruzado más de una vez) sólo tres meses antes de que tuvieran lugar los hechos. Supo también que el joven era del norte. Así, la balanza se había ido inclinando a favor de suponer que era con la primera con quien F. tenía algún vínculo. ¿La hija de un buen amigo? ¿Una amante? Cada vez había menos preguntas inverosímiles y, así, cada vez más, los hechos eran interpretados a partir de los supuestos y no de los hechos que había podido conocer. Los hechos cada vez más, eran accesorios: de manera que en lugar de acotar el círculo, éste dilataba sus límites (o lo que L. había figurado que eran sus límites). L. vio sus días absorbidos por una historia sin contornos y sin final visible. Una pregunta que no se formuló de manera consciente lo llevó aún más allá: ¿Y si lo que F. había creído “la historia”, no era la consecuencia de los hechos que narraba, sino una fase transitoria y frágil de un suceso mayor, más extenso y complejo?

El día que el médico le dijo que sus dolores de estómago, de cintura y la sangre en su materia fecal se debían a un cáncer terminal de colon, se dirigió al mismo café en que F. le ofreció la punta de los hilos de esa maraña que, en su centro, multiplicaba aún más sus ramificaciones, como el tumor que lo devoraba por dentro.

Le transfirió la carga a V., sólo porque estaba allí haciendo tiempo para recoger unas fotocopias, como podría haber estado cualquier otro de los habituales del café. Se la traspasó con lástima. Y tuvo lo bondad de relatarle los testimonios (contradictorios, plagados de omisiones y engaños) que había recogido – nunca pudo hablar con el comisario ni con el contrabandista; el primero le había dicho que había agotado su paciencia para lo que no llevaba a ninguna parte; el segundo desapareció después de los sucesos con buena parte del dinero del hacendado). Le refirió sus propios supuestos, y los datos mezquinos que había podido recolectar. Todo lo que sabía, o lo que, al menos, creía saber. Cuando terminó sintió que se quitaba un peso de encima, y sintió el predominio brutal del interés propio cuando ya nada debía importarle aquella historia ajena. Y enseguida sintió que había cometido un error, una terrible injusticia, que no había, en realidad, ninguna necesidad de haber transferido aquello que no quería ser conocido más allá del círculo ínfimo de personas que habían participado de una u otra forma. Sintió esto porque vio el brillo en los ojos de V., un centelleo que reconoció y que lo estremeció. Pero calló sin saber por qué. Acaso la malacia de una revancha inútil, impersonal.

L. falleció a los veintitrés días. V. siguió su suerte una semana y media después, cuando tuvo la fortuna – eso creyó él – de dar con Menéndez, el contrabandista, en una de las islas del delta, a tres kilómetros río abajo del pueblo, y éste decidió (con el mismo revólver con el que le había disparado a F.) que la intromisión de V. en un pasado que no le correspondía, y el peligro que ello podía suponer para la buena salud de sus negocios, no eran compatibles.

V. pudo ver en la mirada de Menéndez que éste no había creído la excusa que había preparado para explicar los motivos de su curiosidad. En realidad, no era ninguna evasiva: era la verdad. Pero hay verdades que parecen ocultar demasiado, para ser auténticas. Tuvo una oportunidad para marcharse, para obtener la absolución de una condena que ya estaba cuajando, pero le sobraba miedo, que es casi lo mismo que decir que le sobraba coraje.

Menéndez arrojó el cuerpo de V. al río – sin bronca, con algo de conmiseración: las manías de estos viejos de meterse en cuestiones cargadas de proyecciones de otras cuestiones, de aristas; accesorias unas, redundantes otras, parasitarias las más; pero sobre todo, cargadas de intereses, intenciones y balas – y, con él, la historia que, en definitiva, nunca llegó a coagular como una unidad coherente.

© Marcelo Wio

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