La sensatez de Elpidio

Originalmente publicado en Ni más ni menos

De tanto en tanto pasa un coche y los mocosos se hacen un lado, con fastido y parsimonia – algunos mueven las piedras que delimitan la portería, otro se encarga del balón -. Es el momento en el que Elpidio aprovecha para cambiar la yerba y calentar agua, para ir al baño o para encender un cigarrillo que no fuma, y que se deja consumir colgando de sus dedos como un sahumerio. Sentadito en el banco petiso, la espalda apoyada contra la pared de su casa, Elpidio se pasa las tardes mirando interminables partidos de fútbol en la callecita de tierra. Partidos cuyas reglas son indescifrables para quien no participa del juego. De tanto en tanto, algún pibito cambia de equipo súbitamente. Mas, el resto acepta el hecho como como un evento lógico, natural, que responde a un código no escrito. Elpidio se percató de eso del cambio de equipo, una vuelta en que uno de los críos, habilidosísimo, enfiló desde su propia portería hasta la otra dejando tras de sí un tendal de impontencias de piernas y patadas y manotazos; y cuando llegó a las inmedicaciones de la portería rival, hizo el gesto de patear, pero transformó la acción en un giro – casi salido del Lago de los cisnes – que lo dejó de espaldas a la portería; encontes despejó como un defensor desesperado. El partido siguió como si nada. Con la salvedad de que ese chico devino en un furibundo patadura, y la habilidad apareció en un pibito que hasta el momento había pasado de lo más desapercibido, discurriendo cerca del cordón de la vereda. No parece haber regla alguna que gobierne esos trueques. Pero Elpidio sabe o intuye que la hay. La sospecha emparentada con la distribución de los números primos. Pero eso sólo es un entretenimiento accesorio para un hombre que está condenado a observar esa manifestación caótica de la belleza.

Alguna vez, Elpidio pensó en contarle a alguien esas fabulosas extrañezas que cada tarde se dan en esa callecita de tierra. Pero lo pensó mejor, y llegó a la conclusión de que siempre habría un adulto dispuesto a convertirle a los chicos ese universo en algo completamente distinto: en una profesión.

© Marcelo Wio

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