La huida XI

Me desperté cuando Gómez abrió la puerta de la celda. Traía una pava y un mate. Se lo veía con ganas de obtener respuestas, de sonsacarme una explicación; la que fuese. Se sentó a mi lado en el catre.
– ¿Pero, cuál era el plan? ¿Entrar con réplicas de madera y esperar un desenlace que, imagino, al menos usted tenía que presumir fatal? ¿Tan jugados estaban? ¿Con tantas ganas de perder? – arremetió el comisario, mientras negaba con la cabeza.
– Ya ve, al menos dejamos al pueblo lleno de preguntas, de emociones. Le metimos una zancadilla a la monotonía. No me puede negar que el plan – improvisar y dejarse llevar, pensé, pero no lo dije -, en su imbecilidad, no tenía algo de genial, al menos de osado. Este 3 de mayo va a quedar grabado para siempre.
– Pero mire el precio que pagaron, Vázquez…
– No pagaron nada. Al menos ellos, yo tendré que cargar con mi conciencia y los recuerdos que arrastro desde siempre en soledad. Ellos se escaparon. Aún no lo entiende, ¿no?
– La verdad es que no creo que haya mucho que entender. Imagino que habremos de lamentarnos por algún tiempo, luego tendremos que soportar las historias y las habladurías que se irán tejiendo, inevitablemente, alrededor de todo este asunto. Finalmente, nos preguntaremos, todos en el pueblo, si no hubiese sido conveniente haber terminado todos allí dentro, junto a ustedes. Esto último, sin saber por qué, porque las preguntas seguirán sin respuesta, porque la posibilidad de una respuesta se la llevaron sus cuatro compañeros.
– Quizás, Gómez. Vaya uno a saber. Tampoco importa mucho ahora. No sé si importará alguna vez. El mate se lavó, y por más que sigamos chupando, no le vamos a sacar ninguna certeza.
Gómez se levantó del catre y salió de la celda. Cuando estaba cerrando la puerta, le pregunté: “¿Por qué se hizo comisario?”.
-¿No me vas a tutear nunca?
– No me responda con una pregunta. Y sí, lo voy a tutear, deme tiempo.
– Acá no pasa nunca nada. Así que era, y es, una manera cómoda de sobrevivir… ¿Sabía que el único animal que trabaja es el hombre? – preguntó de la nada.
– Sí, lo sé – respondí sin saber a dónde iba.
– Pues bien, yo no tengo ambiciones, tampoco las quiero; y menos que menos, responsabilidades – parecía soltar un sermón. Pero eso fue todo. Como el piolín de una charla futura. O ni siquiera.
Se fue silbando no sé qué melodía. Yo me recosté, pensando que tal vez el único que había escapado, o que ni siquiera lo había necesitado – sin saberlo él mismo – era Gómez. Recordé la mirada de Estela aquella madrugada que nos abrió la puerta de su casita y comenzó el juego, la fuga, y me volví a dormí.

© Marcelo Wio

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