La huida VIII

Vigner me miraba desde la puerta del estudio, cuando me desperté. Soltó un “buen día” que yo respondí con un gesto de lagañas y pereza.
-Ya vine un par de veces antes pero no te quise despertar, parecías cansado – justificó su presencia en la puerta.
– Me dormí tarde. Me gusta la noche – le respondí.
– Preparo unos mates – anunció.
Se fue hacia la cocina. Yo me levanté y me fui al baño.
Cuando entré en la cocina el viejo estaba sentado, con los mates listos.
– ¿Vamos ahora para lo de Estela o esperamos a la noche? – preguntó el Vigner.
– ¿Estamos a dos de mayo? – me sorprendí.
– Así es.
El viejo se había pasado los últimos días leyendo párrafos sueltos de los libros que yo tenía olvidados en la biblioteca; yo seguí abriendo cajas y recuerdos. No teníamos nada para decirnos, y a ninguno de los dos nos gustaba fingir conversaciones, ni fabricar momentos que las necesitaran.
– Prefiero ir más tarde – le informé.
Vigner asintió y siguió cebando mates.
El resto de la mañana y parte de la tarde lo empleamos en interpretar los papeles que nos habíamos impuesto recientemente: yo en el estudio, maquillando mi indiferencia con fotos viejas; Vigner en el salón, soplando el polvo de los libros.
A eso de las seis de la tarde entré en el salón y le propuse a Vigner ir yendo a lo de Estela. El viejo estuvo de acuerdo.
Cuando cerré la puerta tuve la sensación de que no la abriría nunca más, y algo parecido a la nostalgia tembló en mi mano cuando guardé la llave en el bolsillo del pantalón.
-Vamos – dije, pero no se lo decía al viejo, me lo decía a mí.

Como había imaginado, Belleti y Stein estaban en lo de Estela. Dijeron que habían llegado hacía un rato. Pero Estela con un gesto desechó toda duda. No se habían movido desde que, sentados en el salón, se enteraron de que existía un plan. Ahora los notaba algo preocupados – a Belleti y Stein-, como si les pesara el saber que había un objetivo. Se habían acomodado muy bien a la nueva rutina de encuentros en lo de Estela. Quizás sólo fuera algo cagazo, a fin de cuentas nos íbamos a acuartelar en la intendencia. Al pensarlo, yo mismo me asusté un poco.
El mate estuvo presente, por supuesto, más que como una bebida, como una excusa.
En un momento vi que Estela se despegaba del grupo y salía de la cocina – donde nos habíamos sentado, la hornalla encendida para hacerle frente al frío. Me incorporé tratando de no llamar la atención de los otros. No se dieron cuenta, estaban enfrascados en una discusión sobre escuelas de fútbol, sobre goles, derrotas, victorias, a saber de dónde había caído ese tema. Me acerqué a Estela y la tomé del brazo. Ella me miró desde detrás de una especie de desprecio y me susurró al oído: “¿Qué parte no entendiste, Vázquez?”. Con un movimiento brusco se deshizo de mi mano y continuó su camino hacia el baño. Yo me quedé parado en el desierto en penumbra del salón. Sin entender, precisamente, ninguna parte. No buscaba una fogosidad. Buscaba una mujer. ¿Qué parte no había entendido ella? Me dio bronca, y por un instante la desprecié. Pero era tarde para esas escenitas. No las había interpretado cuando correspondía, por qué tenía que venir a interpretarlas justo ahora.
Entré en la cocina y le dije a Vigner: “¿Qué tal si preparamos el ‘armamento’?”
– Bueno – respondió algo contrariado. Había cortado algo que estaba diciendo con ímpetu, con entusiasmo.
– Sigan, yo las busco – intenté disculparme.
Vigner me hizo un gesto en el que se disculpaba por la brusquedad de su respuesta. Le sonreí.
– Las “armas” están en la habitación de Estela, en el armario – informó Belleti.
Camino del cuarto de Estela, me crucé con ella.
– Mirá, me interpretaste mal… – empecé.
– No, no te interpreté mal, te interpreté demasiado bien – me cortó.
Yo no supe qué responderle. Ella debió notar un telón de tristeza cayendo sobre mi rostro.
– No hagás un mundo de esto. Somos grandes para andar jugando a ceder ante impulsos y calenturas. Vamos, Vázquez, ¿de verdad te atraigo? Mirá todos los años que tengo encima, mirá las arrugas, los desengaños y los kilos que llevo por todos lados. Y mirate vos, una sombra de alguien que se quedó en alguna foto. Dale, Vázquez, dejémonos de joder. Volvamos a la cocina.
Me tomó de la mano y me arrastró a la concina.
– ¿No trajiste el “armamento”? – interrogó Vigner.
– Me olvidé. Ahora las traigo – me di media vuelta.
Estela me había dado un baño de realidad que, aunque paradójicamente de ésta intentábamos escapar, me había hecho sentir bien.
Volví con el bolso. Lo abrí y comencé a repartir la maderitas. Cada uno iba agarrando la metralleta que le tocaba en suerte con una sonrisa burlona; todos ensayaban apuntando a un enemigo imaginario.
– ¿Con qué se cargan; con viruta? – bromeó Stein.
Todos rieron su chiste malo. Risa más nerviosa que otra cosa.
– Bueno – arrancó Vigner, que se había convertido en una suerte de líder -, vamos a ponernos de acuerdo en los pasos a seguir. Va a haber sólo un guardia – un tal Marino, sobrino del dueño del almacén Roma –, así que no va a haber ningún problema. Lo sacamos, cerramos las puertas; si es necesario, las bloqueamos con el mobiliario que haya por ahí. Y listo. A esperar.
– Suena fácil… – dudó Belleti.
– Es fácil – sentenció Vigner.
– Belleti, no vamos a asaltar el Palacio de Invierno – intentó bromear Stein. Pero esta vez no hubo risas.
Estela se deslizó hacia el salón. Yo maté el impulso de seguirla intentando colarme en la conversación que mantenían los otros. Ni Estela ni yo habíamos entendido los gestos y las palabras de los últimos días. Habíamos decidido perder la capacidad de interpretación, refugiarnos en los malos entendidos. Ella creía que yo sólo buscaba ubicarla en una escena que se había quedado obsoleta, yo creía que ella me rechazaba sin más, que entre nosotros sólo había habido transacciones comerciales. Los dos estábamos equivocados. Yo simplemente buscaba un cuerpo para tenderme en la cama a desenvolver palabras que nunca había abierto (algún cariño), esperaba encontrarme con una voz que le respondiera a esas palabras. Estela… Supongo que ella buscaba lo mismo.
-¿Me escuchaste, Vázquez? – me despertó Vigner.
– ¿Cómo? – intentaba ubicarme.
– Te pregunté que a qué hora te parecía que partiéramos hacia la intendencia – articuló Vigner.
– A eso de las cuatro o cinco de la mañana- repliqué.
Asintieron todos.
Me puse de pie para estirar la piernas y para enjuagarme la cara. Sentía un cansancio creciente. Belleti se levantó y sacó algo de carne asada de la heladera. Cuando volví del baño, estaban comiendo y tomando vino. Me sumé a la cena improvisada. De a poco el cansancio se iba yendo, me iba recobrando de la ensoñación – ¿realmente me había dormido? -. Cuando terminamos de comer, Vigner se puso de pie, me pidió un cigarrillo y salió al patio trasero. Al abrir la puerta se coló un frío filoso que nos encajó una cuantas puñaladas a todos. Yo decidí fumarme un cigarrillo junto al viejo. Lo vi parado en medio del patio, mirando hacia el cielo salpicado de estrellas. Vigner se giró al escuchar cómo se cerraba la puerta.
– Ah, sos vos… – pareció bostezar – Acercate.
Hice como me pidió el viejo.
– Convidame otro cigarrillo – pidió Vigner.
Ahí estuvimos un rato los dos, fumando, mirando las estrellas, temblando de frío. Oí la puerta cerrarse a nuestras espaldas. Me giré – el viejo siguió recorriendo el cielo -. Eran Belleti, Estela y Stein. Se acercaron hasta nosotros. Saqué el paquete de cigarrillos y les ofrecí a todos. Aceptaron sin decir nada. Nos quedamos tirando humo, como si en realidad intentáramos atrapar una estrella o, al menos, un pensamiento, un trozo de sueño no soñado. Firmes, codo con codo.

© Marcelo Wio

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