La huida VII

Cuando Vigner llamó a la puerta, hacía un buen rato que yo estaba despierto. Llevaba un viejo bolso verde sobre el hombro derecho. “Las armas”, me indicó con un revoleo de ojos hacia el bolso, un guiño, y una risa.
– ¿Tomamos unos mates o nos ponemos en marcha? – le pregunté.
– Estoy ansioso por ver las caras de los otros – respondió impaciente.
Agarré el abrigo y salimos al frío. Aún no había terminado de amanecer. Me asombré de haberme despertado tan temprano. Le ofrecí a Vigner cargar con las “armas”. Aceptó aliviado. Las imitaciones pesaban lo suyo.
– ¿Con qué madera las hizo? – me interesé.
– Roble – respondió escueto Vigner. Y agregó, por decir algo: “Pesan lo suyo”.
Sí, lo suyo y lo de algunas más.
El camino hasta lo de Estela se hizo largo. Nos cruzamos con un cabo de la policía que nos miró atentamente, como midiendo nuestros movimientos; intentado traspasar la tela del bolso con la mirada, fracasando e imaginando el contenido de bultos angulosos. Vigner me miró furtivamente. Lo tranquilicé con un parpadeo tenue. Pareció no tranquilizarse, así que le dije: “Sólo nosotros dos sabemos qué llevamos, para qué y las demás preguntas o elucubraciones sobre lo que se le pueda ocurrir al cabo ese”. Esta vez soltó un suspiro de alivio. Estando con mis cuatro compañeros me sentía a veces como un padre (a pesar de ser el más joven) que debe ir ahuyentando miedos, contando historias que convoquen a la tranquilidad, distrayéndolos de la realidad. Me agotaba un poco el papel que me había tocado; pero sin nada mejor que elegir, lo aceptaba sin más.
En lo de Estela ya estaban Belleti y Stein – luego me enteraría que no se habían ido, que se habían emborrachado, que se habían contado sensibilidades que ya habían olvidado, y que habían dormido sin sueños ni pesadillas.
Todos miraron intrigados la bolsa sin preguntar, aguardando nuestras explicaciones, comprendiendo mi despedida del día anterior.
Nos sentamos en el saloncito. Sin planearlo, Belleti, Stein y Estela se sentaron en el sillón, frente a Vigner y a mí, que nos sentamos en los dos sofás que completaban la decoración escasa. El viejo los miró largamente, saboreando el momento, la ansiedad de los rostros que tenía delante.
– Ya tenemos el plan – me incluyó Vigner mirándome.
Los ojos mostraron mayor ansiedad, mayor intriga.
– Nos acuartelaremos en la intendencia – Vigner soltó el plan de golpe, disfrutando del aumento de su protagonismo.
El viejo no dio tiempo a preguntas ni exclamaciones, abrió el bolso y sacó una metralleta. Belleti dio un pequeño respingo en el asiento.
– No se preocupe, Belleti, es de madera, lo mismo que el resto – lo tranquilizó Vigner, señalando el bolso.
Con el gesto de sorpresa y vértigo de los tres oyentes, Vigner fue exponiendo el plan, tal como me lo había presentado a mí. Sencillo. Cuando terminó, Stein se incorporó, se acercó a Vigner y lo abrazó, conmovido.
– Maestro… – le dijo, casi en un susurro, delatando alguna lágrima.
Belleti y Estela parecieron participar del abrazo de una forma extraña, como si los tres hubieran conseguido en los pocos días que llevábamos juntos una comunión perfecta. Imaginé que el día del asado, ya entrada la noche, con las posturas aflojadas por el vino, habían dejado caer, como quien deja caer un par de pantalones, los sentimientos, los dolores, los miedos. No quería pensar, ni suponer, en cómo habría terminado aquella orgía de confesiones.
Todos quedamos en silencio, evitando nuestras miradas. Huyéndole a la emotividad. Estela se puso de pie con la excusa de buscar algo para beber, Belleti, con la de ir al baño. El viejo, Stein y yo nos quedamos sin excusas, y permanecimos sentados en el salón.
Estela compareció con una botella de Fernet. Las posturas se relajaron.
Vigner intentó romper el mutismo: “Ahora sólo hay que esperar, quedan cinco días para el tres de mayo”.
– Sólo esperar… – repitió estúpidamente Belleti que había vuelto del baño (un trozo de camisa le asomaba por la bragueta).
– Creo que lo mejor será no vernos, al menos hasta el día anterior. El comisario me preguntó el otro día en qué andamos – dije, para escaparle a los encuentros que, de ahora en más, preveía como largas mentiras sin palabras y con muchos sobreentendidos que no venían a cuento porque no nos conocíamos al punto de haberlos elaborado.
– Es cierto. Cuando veníamos para acá, con Vázquez, un cabo de la policía nos hurgó con sus ojos – sostuvo Vigner.
Los pensamientos del viejo rumbeaban junto con a los míos. Debía sufrir las mismas ansiedades, las mismas fatigas. Lo miré con cariño. Él me hizo un gesto en el que comprendí que no me había equivocado.
Prolongamos un rato más la ceremonia de Fernet, y por fin nos levantamos. Vigner se despidió de todos diciendo: “El dos de mayo nos vemos acá, a la tardecita. Me parece que debemos pasar esa última noche juntos. Estela, le dejo las ‘armas’ a usted”. Yo me incorporé y le dije que salía con él. Belleti y Stein siguieron sentados. Supuse que ellos se seguirían encontrando religiosamente cada día. Incluso pensé que ya no volverían a sus casas.
Había empezado a caer una lluvia fina y fría. El pueblo parecía un reflejo de sí mismo: quieto, sin vida, como inmerso en una larga siesta que había empezado el día de su fundación.
Caminamos acompañados de algunos comentarios sobre el tiempo, el caudal del arroyo y otras nimiedades. En la puerta de mi casa nos despedimos sin efusiones. Cuando me senté en el estudio me sentí aliviado. Frente a mí tenía la máquina de escribir, que ahora era como un recuerdo más junto con las fotos y los bártulos que había allí. El cenicero estaba repleto, el ambiente estaba saturado de olor a encierro y tabaco. Abrí la ventana para ventilar un poco y encendí un cigarrillo. Fumé recostado en la silla, mirando a través de la ventana cómo el viento arrastraba anhelos y hojas secas.
Me propuse pasar el día rebuscando en la biblioteca, en las cajas donde guardaba cosas que ya había olvidado.

La noche me encontró con un paquete de cigarrillos enflaquecido, con el estómago vacío y un montón de trozos de pasado llenos de polvo, desparramados por el suelo del estudio. Llamaron a la puerta. Me deslicé sin hacer ruido con el propósito de ver quién era y de no abrir. Era Vigner, así que abrí.
– Me aburría en casa, me llenaba de ansiedad – explicó el viejo.
– No hacen falta explicaciones. Pase – me alegré de verlo.
Le ofrecí una copita de cognac. Vigner aceptó con ganas: “Vendrá bien para matar el frío que traigo colgado en la espalda”.
Lo invité a pasar al estudio. El viejo miró el collage que había en el suelo, pero no preguntó nada. Yo me puse a recoger todo.
Por fin, nos sentamos y bebimos.
– ¿Fuma? – le pregunté estirándole un paquete de cigarrillos.
– Habitualmente no, pero hoy tengo ganas – me aceptó uno.
Largamos humo entre sorbo y sorbo. Me puse de pie, fui hasta el tocadisco y puse algo de jazz.
– Me gusta más la música clásica – dijo el viejo.
Paré el disco y lo cambié por uno de Bela Bártok.
– Ahora está mejor. ¿Me convidás otro cigarrillo?
– No tiene que pedirlo, agárrelo sin preámbulos.
– Debo parecer un viejo hincha pelotas… – pareció pensar más para sus adentros.
– No diga eso.
– Mañas, supongo.
– Todos las tenemos.
– Sí…
El día había sido desterrado. Dentro, la música y el humo creaban una segunda noche, más íntima.
– ¿Quiere comer algo? – le pregunté.
– En todo caso después. Ahora quiero disfrutar de este momento.
El viejo estiró la mano y sacó otro cigarrillo, se sirvió un poco más de cognac que hizo bailar en la copa antes de darle un sorbo, y quedó como ensombrecido, mirando la pared amarillenta y desnuda. De pronto levantó los ojos y me propuso: “Vamos a comer algo, ¿te parece?…”
Nos incorporamos con modorra, cuidando de no pisar los flecos del ánimo. Fuimos a la cocina a prepararnos algo. Comimos unos emparedados.
– ¿Te sobra alguna cama? – me preguntó el viejo algo incómodo.
– Use la mía. Yo me tiro un colchón en el estudio.
– Gracias. No tengo ganas de volver a mi casa – se excusó el viejo.
Cuando terminamos de comer, Vigner fingió un bostezo. Yo me levanté y lo acompañé hasta mi habitación. La cama estaba deshecha. Nos despedimos con un tenue gesto.
En el estudio me fumé un cigarrillo, luego otro, y otro.

© Marcelo Wio

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