La huida VI

Desperté como se despierta de una noche de vino: con dolor de cabeza, la boca pastosa – mezcla de tabaco y borra – y con la convicción de que ésos habían sido los últimos vasos y los últimos cigarrillos. Feroz engaño, el de la resaca. Desayuné un litro de agua y unas aspirinas. Llené la bañera de agua tibia y me tendí a evaporar los restos de conversaciones que quedaban en los poros. Entre el sueño y la ebriedad que aún ejercía, deseé que el comisario fuese de la partida. No me preguntaba los motivos del deseo. Simplemente jugaba con la idea que se iba dibujando en el vapor del agua. Dos golpes en la puerta me hicieron saltar a mí y al dibujo de vapor. Puteando por la interrupción me sequé. Los golpes insistían. Yo apuraba mi torpeza como podía. Me puse la ropa de la noche anterior, viciada de humo, y corrí a la puerta. Era Vigner. Me pareció infinitamente más joven que el día anterior. Definitivamente, supuse, la borrachera no se había ido completamente, y me alegré.
– Pase hombre, que hace frío – lo invité con entusiasmo.
– Veo que lo encontré en mal momento – se disculpó Vigner.
– No se preocupe. Un baño para limpiar restos de noche.
-Veo.
Lo dirigí hacia el comedor. Le ofrecí asiento y algo para tomar. “Unos mates”, accedió con entusiasmo. Inmediatamente me fui a la cocina a prepararlos.
– ¿Qué lo trae por aquí? – pregunté intrigado.
– El plan – me respondió sin rodeos.
– El plan… – repetí un tanto imbécil. El entramado neuronal estaba atascado.
– Sí, el plan… No veo que vaya a ninguna parte… En realidad, no veo voluntad. Al menos en Estela, Belleti y Stein. En usted percibo a alguien con el que se puede trazar algo… real, y digno.
– Es cierto. Belleti, Estela y Stein se conforman con las reuniones, con la compañía. Y, para serle sincero, hasta ahora yo me conformaba con eso. Y con menos también. Años de entrenamiento, ¿entiende? – sentí que debía justificarme, disculparme de alguna manera.
– Entiendo. ¿Cómo no lo voy a entender? ¿Acaso no vivimos todos en el mismo pueblo? ¿En esta especie de pozo? Pero yo no me quiero conformar, aunque no juzgo que otros lo hagan. Yo quiero un plan, no la idea o el sueño o la abstracción de un plan. Lo quiero en serio; tangible – ahora parecía que era Vigner el que se disculpaba por haber interrumpido mi merecida resaca con inquisiciones.
Llevé los mates a la mesa y arrimé unas tostadas del día anterior – quizás más viejas – y un tarro de dulce de leche. El viejo se prendió a las tostadas como una mosca al azúcar. Yo cebaba mate tras mate, esperando que Vigner propusiera algo. No tenía fuerzas para proponer nada. Me latían las sienes y me ardía la garganta.
Por fin se decidió a hablar.
– Mirá, a mí se me ocurrió algo. Te puede parecer un tanto descabellado; pero justamente ahí, en lo desproporcionado del asunto, radica la belleza del plan – noté que había decidido prescindir del usted.
Hizo un silencio para ver si lo seguía. Yo asentí, por las dudas. Pero no hacía falta, el viejo estaba embalado, y no necesitaba de gestos accesorios para desplegar las ideas que yo me imaginaba que había estado rumiando toda la noche.
– Cuando ayer dije que la fecha para llevar a cabo el plan debía ser la del aniversario del pueblo, aún no se me había ocurrido nada. Pero durante la noche me vino una idea.
– Lo escucho – lo alenté, inútilmente, a continuar.
– El 3 de mayo, tempranito por la mañana, el pueblo va a estar desierto, lo que quiere decir que nos podemos mover con cierta impunidad. La mayoría estará durmiendo una resaca como la que usted ejerce hoy.
– Siga – casi le supliqué. Estaba intrigado.
– Sigo, sigo, no te impacientes.
Lo maldije por adentro.
– Los actos – continuó por fin – se celebrarán al atardecer, como todos lo años, para finalizarlo con los dos petardos que el intendente presentará como “espectáculo de fuegos artificiales”. En realidad, él no dirá “espectáculo”, sino “show”. Tampoco “show”, sino “chou”.
Me reí. El intendente Gutiérrez era dado a la grandilocuencia. Era cierto, cada año presentaba el “chou de fuegos artificiales”, que resultaban ser dos lucecitas que se esfumaban rápidamente. “Y ahora, como ya es tradición; tradición que, en estas tierras lejanas tomamos prestada de la China ancestral, maestra en el arte de los artificios de la pólvora. Decía, como ya es tradición, esta intendencia, a cuya cabeza tengo el honor de encontrarme gracias a su apoyo incondicional, queridos conciudadanos, les ofrece un chou de fuegos artificiales, el espectáculo que llenará de luces el cielo de nuestra ciudad en este su aniversario”, algo así, palabra más, palabra menos, espetaba con una emoción caricaturesca, Gutiérrez.
– Pues bien, al plan. Mi idea es la siguiente: de madrugada, tomamos la intendencia. Sólo habrá un guardia, no creo que nos cause mayores dificultades.
-¡¿Qué?! – exclamé.
– Tranquilo. No iremos armados. Cuando mis hijos eran chicos, yo les hice unas cuantas metralletas de madera. Dejando de lado la modestia, creo que son unas imitaciones perfectas – continuó tranquilamente.
Yo lo miraba asombrado sin saber qué decir.
– Cuando el intendente esté en pleno discurso, nosotros sacamos por el balcón una bandera nacional con la siguiente leyenda: “Intendencia tomada” – e hizo un gesto con el brazo como si estuviese escribiendo en una bandera imaginaria.
– ¿Y después? ¿Nos vamos sin más? – pregunté por preguntar algo, por darle tiempo a mi mente a adaptarse a la conversación.
– Después, que sea lo que dios quiera – concluyó. Sorbió el mate como si quisiera tragarse un lago entero. El mate se quejó con esa reverberación de agua y aire que tanto me molesta.
– Es un tanto ridículo, ¿no le parece?
– Y sí, algo ridículo es. Pero, ya te dije, que en lo descabellado o, como vos decís, ridículo, radica su belleza, su grandeza. Un acto absurdo para matar lo absurdo de este presente – dijo.
– Qué quiere que le diga… No sé si es que aún estoy un tanto borracho, o es que estoy demasiado aburrido, pero me embarco – solté.
– Sabía que te iba a gustar.
– Pero, esta vez en serio, una vez que desplegamos la bandera, ¿qué?
– Nada, querido, después nada. Que hable el dichoso destino del que tanto se habla. ¡Nosotros a desternillarnos, a festejar!
– Así sea… Ahora hay que convencer al resto. Cosa que será fácil.
– Si – casi susurró, como si se hubiese quedado sin fuerzas.
Le volví a ver todos los años en el rostro, en la postura. Me levanté y fui a calentar más agua para otra ronda de mates.
– No te molestes, yo me voy a ir yendo. Hay que darle una mano de pintura a las metralletas de madera. Muchos años en el galpón… – dijo.
– Si quiere lo ayudo. No tengo nada para hacer – me ofrecí.
– No te molestes. Así tengo algo para distraerme hoy. Todos los días me invento obligaciones, actividades estrambóticas y completamente inútiles para matar las horas – replicó.
Callé. Vigner se levantó haciendo cierto esfuerzo. Me palmeó la espalda y se dirigió a la puerta. Lo acompañé, caminando detrás. Antes de llegar a la puerta, se dio vuelta y me dijo: “No le digas nada todavía al resto. Mañana paso a buscarte y juntos le damos la noticia. Quiero verles las caras. ¿Qué te parece si nos presentamos con las metralletas?”.
– Lo espero mañana. Pero lo de las metralletas… Me parece que no es muy prudente andar paséandolas por el pueblo.
– Nadie las va a pasear. Las meto en un bolso.
Vigner se fue, y me quedé de pie, con la puerta abierta. No atinaba a moverme. El plan me empezaba a gustar. No sé por qué. Era inmensamente absurdo. Pero me parecía inmensamente genial. “Un grupo de personas atrapadas por el destino retan a éste con un acto de locura o de cordura exagerada”, pensé como si escribiese un artículo para el diario. Un artículo de mierda, claro.
Cada minuto que pasaba me gustaba más la idea. No podía ser una huida mejor. Qué otra escapatoria podía haber sino ésta: fugarse sin fugarse. Por donde uno lo mirara, no dejaba resquicios por donde se pudiera colarle una trompada limpia. Era como un boxeador con los brazos dispuestos para una defensa perfecta, algo inclinado sobre sí mismo para que los golpes no llegaran claros al estómago ni a los riñones. Un boxeador que sabía que su contrincante era infinitamente mejor, más fuerte; pero que a la vez sabía que ningún golpe de su oponente lo pondría fuera de combate. La pelea la podría perder por puntos, mas nadie le sacaba la gloria de haber aguantado de pie los intentos del campeón. Pensaba en ese boxeador sin saber cómo había conducido mis pensamientos hacia él: sobre todo, porque detesto el boxeo. Pero no podía dejar de visualizar la escena del muchacho algo enclenque, en un cuadrilátero gastado, con las cuerdas comidas, con un grandote castigándolo sin respiro. Y él ahí, en medio del griterío. Los veía, a los espectadores, con sus inmensas bocas obscenas abiertas, escupiendo saliva mezclada con aullidos primitivos excitados por la violencia, por la sangre. Decidí desterrar las imágenes que estaba proyectando, acabar con la comparación, y afirmar mi odio al boxeo. Cerré la puerta – aún no la había cerrado, a todo esto; seguía de pie mirando cómo el viento patinaba por la calle- y me fui a calentar el agua para unos mates.
Aún le quedaba un resto a la mañana. Opté por ir a lo de Estela y ver en qué andaban – si es que ya estaban los tres derrochando instantes -. Iría por el camino que bordea al arroyo, mirando de soslayo al pueblo chorreándose por el valle, como aceptando una caída que lo llevaría inexorablemente al olvido de sí mismo.
El agua corría más lenta que de costumbre, como displicente. El aire fresco me limpiaba los pulmones y me rasguñaba la garganta arañada. Desistí de encender un cigarrillo, estaba asqueado. Todavía me duraría unas horas aquella repugnancia. Me dolía no poder acompañar ese momento de un poco de humo. Así, me sentía más solo, desprotegido. Me vino un pasaje de Lin Yutang sobre el fumar. Preferí dejar de pensar en el tabaco pues una ansiedad quería nacer.
De pronto, me encontré caminando por un sendero angosto, algo olvidado – se notaba en el pasto crecido que iba adueñándose de su trazado. El pueblo había quedado detrás, también la casa de Estela. Di media vuelta y volví sobre mis pasos. Hacía mucho tiempo que no me sucedía eso: perder la noción del tiempo, la percepción del entorno. Ese sano extraviarse en uno mismo, el encontrarse con alguien infinitamente más íntimo que el cuerpo que conocemos. Me alegré. Por el instante, y por los últimos días. Por la sucesión de charlas y situaciones que me habían arrancado de una especie de letargo, de rutina sin aderezos.
Así, pensando, regocijado conmigo mismo, llegué a la puerta de Estela. No golpeé. Entré. Estela estaba sentada a la mesa, sola. Me saludó con algo parecido a la cordialidad. Yo hice lo mismo.
– Todavía no vinieron los otros – dije por decir algo, por acompañar el “buenos días” con algo más.
– No, todavía no – respondió ella, como si no importara la obviedad -. Pero no creo que tarden mucho en llegar, suelen aparecer a estas horas.
Nos quedamos en silencio, mirando el dibujo desteñido del mantel: unas flores bastante feas, unas hojas que nunca terminaban de caer a pesar de parecer condenadas a la caducidad. Arrastré mi mano por la mesa para encontrar la suya, buscando transmitir en el tacto lo que mis palabras no se animaban a expresar.
– No – se inquietó.
Mi mano retrocedió, como si le hubiesen dado un golpe.
– Ya empecé a escapar de otra manera – deslizó suave sus palabras hasta mi mano, como consolándola -; desde el momento en que entraste con Belleti y Stein. Entonces entendí que habías descartado mi propuesta. Me sumé al plan que traían porque, en realidad, para mí, no difería tanto de lo que había pensado: un poco de compañía.
– Lo siento. Fue una debilidad por los tiempos pasados. Tal vez la falta de costumbre de encontrarme en esta casa en silencio, sin sábanas que me oculten – de qué, no lo sé – me disculpé.
Ella no dijo nada. Sólo se levantó de la silla y fue a calentar agua.
– ¿Querés unos mates?- preguntó
– No, ya tomé demasiados por hoy.
Otra vez silencio. Estela apagó la hornalla. El sonido de sus pasos suaves agitó un poco el aire estático de la habitación. Se sentó nuevamente en la silla y hundió la mirada en la incógnita del mantel. Un golpe en la puerta y el sonido de las visagras quejumbrosas nos salvó de la incomodidad del momento. Era Stein. Traía una bolsa.
– Acá traigo algo de carne. Un domingo sin asado no es domingo – sentenció entre risotadas fatigadas.
Vaya, es domingo, pensé.
Respondimos con gestos vagos. Stein le preguntó a Estela si tenía una parrilla. Ella le contestó que creía que había una en el jardín de atrás, al fondo; pero que debía estar oxidada – no recordaba cuándo la había usado por última vez, si es que la había usado alguna vez -. Stein salió presuroso por la puerta de la cocina (que daba al patio trasero – cuando Estela usó la palabra jardín me pareció un exceso: un montón de pastos resecos y crecidos no daba la impresión de un jardín, sino de un abandono trasero -). Nos volvimos a quedar con el silencio que la entrada de Stein había interrumpido, rogando que Stein volviese pronto para cancelar la inhibición que había nacido entre los dos. No nos defraudó, volvió al instante, con aire triunfal. Había encontrado la parrilla y, como si fuese un médico al que se consultó por un tumor, nos informó que funcionaría, que no estaba perdida, sólo un poco castigada por las lluvias y el aire. Nada que no tuviera solución.
Estela dijo que haría una ensalda. Yo me ofrecí para ayudar a Stein. Un golpe tímido en la puerta anunció la llegada de Belleti.
– Ahora falta el viejo – acotó Stein.
Yo sabía que Vigner no aparecería, pero no dije nada, no quería tener que dar explicaciones e inventar evasivas.
Salí con Stein al patio trasero a juntar algo de madera para hacer el fuego. Belleti se quedó preparando unos mates junto a Estela.
Stein y yo íbamos de un rincón al otro del patio, intentando robarle madera a la humedad y a los yuyos, como un par de arqueólogos, o de cirujas.
– ¿Tiene alguna idea de plan? – le pregunté a Stein, más que nada por molestar, sabiendo que no había idea alguna.
– Algunas… – respondió haciéndose el interesante.
– Dígame alguna, estoy intrigado – dije realmente intrigado por saber con qué me saldría.
Lo salvó Belleti, que se asomó al patio por la puerta de la cocina para anunciar que se iba al Viejas Glorias a buscar un par de damajuanas de vino. Yo sentí una punzada en el hígado: no me había repuesto aún de los vinos de la noche y el panorama de una tarde de vinos – que, además, imaginaba malos – no era muy prometedora. Lo despedimos con un “bueno”, y quedamos otra vez solos. Ya había una cantidad generosa de maderas y troncos. Stein se puso a preparar una pila y se dispuso a prender el fuego. La conversación, o el intento de conversación, había sido desterrada del patio. Pensé que tal vez con unos vinos encima le podría sonsacar algo a alguno de los tres. Y si no, al menos pasaría un rato agradable escuchando sus mentiras, sus delirantes respuestas, sus vagos engaños lúdicos.
Belleti apareció con las dos damajuanas cuando Stein estaba poniendo la carne a la parrilla. Estela trajo una barra de pan y me pidió que sacara la mesa de la cocina. Belleti me acompañó y sacó cuatro sillas. Nos sentamos a la mesa, los vasos de vino llenos frente a nosotros – debo decir que el vino era de excelente calidad, en contra de mis prejuicios iniciales -, la carne transpiraba grasa que caía sobre las brasas exhalando protestas y vapores atractivos.
Stein sacó un mazo de cartas del bolsillo de su saco, lo tiró sobre la mesa: “Ahora un truco”, deslizó. “Así como estamos sentados, nada de tirar reyes para elegir parejas, ni mariconadas”, sentenció.
Nadie respondió. Mi pareja sería Stein, que se puso a mezclar las cartas. Yo tomé un largo trago de vino; me harían falta unos cuantos más para atravesar lo que quedaba del día de una manera estoica. Stein comenzó a repartir. Cuando terminó, tuvo que poner un piedrita sobre el mazo de cartas porque se había levantado algo de viento.
Miré mis cartas sin convicción. Los otros habían mordido sus papeles de jugadores con entusiasmo, miraban sus cartas como a quien le fue permitido echar un vistazo a su futuro. Stein levantó la vista y buscó mis ojos, esperando alguna seña. Belleti había clavado un ojo en mi rostro, el otro buscaba a Estela; no sabía cómo lograba hacer eso. En un descuido del ojo de Belleti le pasé mis señas a Stein: el ancho de espadas y uno dos. Stein sonrió.
– Juegue- le espetó Stein a Belleti.
– ¿Qué hago, Estela? – consultó Belleti.
– Venga – ordenó Estela.
Belleti tiró un siete de bastos.
Stein miró sus cartas otra vez y me pidió que fuera al pie. Tiré una sota.
– ¿Tenés para el primero?- le preguntó Estela a Belleti.
– Poco y nada.
Estela calló y tiró un siete de espadas. “Para que salten, acá huelo al macho dando vueltas”, comentó autosuficiente.
Stein, sin consultarme, gritó “envido”.
– ¿Envido dijo? – se burló Estela.
– Sí, envido dije – se envalentonó Stein.
Su voz temblorosa, de adolescente al que pescaron en un renuncio y no quiere dar el brazo a torcer, me indicó que no tenía nada.
– Real envido, querrá decir – lo toreó Estela.
– Real envido, entonces – siguió enterrándose Stein.
Yo había perdido la cuenta de los cantos. Y opté, en ese instante, por no preguntar nada durante la tarde sobre el plan, no me sentía en condiciones de soportar lo que Stein tuviese para decir.
– Quiero – sonrió Estela.
Belleti dijo “mesa”, yo canté un pobre veintidós. Estela, burlona, anunció con pompa, mientras ponía las cartas en la mesa: “Treinta y tres; de mano, por lo que veo”. El siete de espadas y un seis de espadas.
Stein, abatido, susurró un pálido “son buenas”.
-¿Cuántos puntos son? – preguntó Belleti mirando el papel donde debía anotar el puntaje.
– Muchos – respondí algo fastidiado. Tenía ganas de terminar la partida extravagante. Toda la escena me parecía patética, esperpéntica. Tuve ganas de inventarme una excusa y volver a mi casa.
– ¿Diez? – siguió Belleti, sin entender la indirecta.
– Más; yo diría que el partido – mentí.
– ¿Jugamos otro, entonces? – arremetió Stein.
– No – me socorrió Estela -; en todo caso después de comer.
Stein se fue a mirar cómo iba el asado. “A esto le falta poco, los chorizos van a estar enseguida”, dijo Stein. Estela se fue a la cocina a lavar la lechuga y los tomates para hacer la ensalada. Nos quedamos con Belleti sentados a la mesa. Yo me serví otro vaso de vino y le ofrecí a Belleti. “Ponga con ganas”, me dijo, estirándome su vaso.
Stein estaba parado al lado de la parrilla. Parecía ofendido, enojado.
Belleti sorbía el vino con la mirada perdida en la carne o en el palo con el que Stein removía las brasas. Yo tenía ganas de charlar. Saqué el paquete de cigarrillos, lo tiré sobre la mesa y extraje uno.
-¿Qué te trajo acá? – le pregunté a Belleti escondiendo mis ojos en la dura tarea de prender el cigarrillo contra el viento.
– Qué va a ser, lo que nos trajo a todos – respondió algo sorprendido por la pregunta a esa altura del partido.
– Ya sé; pero no todos escapamos por lo mismo. No sé por qué escapa Estela, por ejemplo. Lo intuyo, pero no lo sé con certeza. Tal vez conjeturo por qué escapamos todos, sin saberlo muy bien: acaso más un estado de ánimo. Ni siquiera estoy seguro de mis motivos. Pero ahora mismo no tengo ganas de dar explicaciones, tengo ganas de que me las den, por eso te pregunté a vos por tus razones, tus motivos. Además, me gusta fumar escuchando una voz que no sea la mía. Disculpá mi egoísmo.
– No hay nada que disculpar… Sabés, yo siempre hurté instantes, desde ahí, detrás de la barra – una suerte de territorio que no es de ningún lado – que, con el tiempo, se convirtió en un muro infranqueable. A veces soñaba que participaba de los momentos que observaba, esas palabras que se atrevían a surcar el aire denso del Viejas Glorias. Detrás de la barra fui dejando los sueños, y engordando resentimientos. Fui dejando las ganas, Vázquez… No, no hay nada que disculpar, porque yo sí tengo ganas de hablar. Y mirá, sin quererlo, descartando la necesidad de tu disculpa, te expuse mis motivos, o al menos algunos de ellos, para embarcarme en… esto; que me arrimaron a la mesa en que estabas vos y Stein, primero; luego a la mesa con Estela. No es tanto por el plan en sí, sino por estar dentro del plan, sea cual sea; para estar entre unas palabras que esperan oír las mías. No me parece poco, para mí, que siempre fui un espectador gris, sentado con desidia frente a la pantalla sosa de mi vida… Qué sé yo. ¿Importa mucho por qué uno se embarca en algo? Yo creo que a esta altura del partido, no.
No dije nada. Quería ver si soltaba algo más, alguna otra confidencia, algún otro dato que me permitiese darle unas pinceladas más al cuadro de Belleti que yo venía pintando en el aire, como venía pintando el de todos. Pero Belleti calló. Y yo ya no quise romper el viento con palabras. Preferí fumar en silencio. Midiendo las pitadas que separaban mi infancia del presente extraño que me iba inventado, con unos personajes que parecían sacados un mercadillo de pulgas de pueblo; viejas ediciones que siempre habían sido anticuadas. Belleti me acababa de confirmar lo que ya sabía: ellos se habían conformado con el sueño de un plan, como me había dicho Vigner. Eso les bastaba.
Algo en Belleti me impedía dar paso a un sentimiento de lástima. Había una sustancia que transpiraba, apenas perceptible, que lo hacía un tanto odioso. No pude especificar qué era. Tal vez era yo el que desprendía esa especie de vaho en su presencia y que por algún motivo se lo adjudicaba a él. No lo sé.
Estela volvió con la ensalda. Stein arrimó una fuente con chorizos. Comimos deseando que cada bocado fuera eterno para no tener que llenar la mesa con convenciones.
Así se fue la tarde. Entre vasos de vinos, comentarios intrascendentes. El viento creció. El frío se afianzó. Estela propuso entrar a la casa. Yo me agarré del momento y les dije que me iría, que el vino me había caído mal – lo cual no era del todo mentira -. Les dije que al día siguiente me presentaría temprano, que tenía algo para comunicarles, para proponerles. Parecieron intrigados, ensayaron algunas preguntas que esquivé con un saludo y una disculpa mientras abría la puerta. Me dejaron una última mirada de agradecimiento. Cerré la puerta y me fui.

© Marcelo Wio

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