La huida IV

Llegué a casa y, por no pensar en los sucesos de la noche y de la madrugada, lleno de sueño, me puse a escribir el artículo que debía. Lo terminé con una velocidad que me asombró. Me tomé unos mates, me afeité y salí para el diario. La mañana era fría. Había terminado de llover, el agua saltaba debajo de las baldosas sueltas y salpicaba impunemente. En el diario me recibieron con las habituales miradas de condescendencia asquead y desprecio abierto.
– Cada vez tardás más – me reprochó, lacónico, el editor.
Respondí levantando las cejas y los hombros y me fui a mi escritorio. Me senté a observar la redacción. Un ir y venir incesante – sin sentido, por cierto, en el pueblo no pasa nada, y sólo recibimos cables de las agencias nacionales que, en el peor de los casos, hay que recomponer un poco – de papeles, cuerpos y palabras. Los más viejos miraban a los más pibes, sabiendo que más tarde o más temprano se apagarían: cuerpos, entusiasmos, vocaciones, todo al carajo.
El editor pasó volando frente a mi escritorio y me tiró un cable de agencia: un robo en la capital, dos muertos, uno de ellos, un policía, el otro, un cajero de la agencia de lotería asaltada, tres fugitivos y poco más. Me puse a armar y desarmar hechos – a inventar, a colorear, “que es lo que vende, querido”, como repite incansablemente Baigorria, el editor. A las dos horas terminé una nota corta, donde los tres fugitivos andaban cerca de nuestro pueblo – eso gusta mucho entre los lectores -, y se parecían demasiado a los que habían atrapado en la frontera del norte hacía unos días. No andaba con ganas de mucho más. Entregué la nota, Baigorria la leyó (murmurando). “Se parece mucho a la que me acabás de dar, Vázquez. Si no querés laburar decímelo, hay mucho pibe esperando un puesto”, dijo sin mirarme.
– Estoy cansado – fue mi explicación.
No me respondió nada, guardó la nota en la carpeta que manda a la imprenta y se fue a su oficina. Él también está cansado. Agarré mi sobretodo y salí. Ya estaba oscuro, no sé cuántas horas se me fueron en la redacción; apenas parecieron unos pocos minutos. En el camino paré en una rotisería y compré un pollo a las brasas. Iba camino a casa cuando, sin pensarlo, me desvié y comencé a enderezar mis pasos hacia la casita de Estela. Me dejé llevar sin mayores resistencias. En el fondo, no quería comer solo. Nada del otro mundo.
Cuando llegué, Belleti y Stein ya estaban allí. Me recibieron con efusiones – calculo que temían que no volviese a aparecer. Estela agarró el pollo y lo troceó, Belleti puso unos platos y arrimó una botella de vino.
– Tapié las ventanas con unas tablas de madera, las de atrás; las que dan al frente con los postigos están bien – informó, presuroso, sonando como un funcionario de justicia, el gordo Belleti, mientras me plantaba un trozo de pechuga en el plato.
– En un rato va a venir Vigner, el de la maderera que está saliendo del pueblo, como yendo hacia el viejo matadero – comentó Stein.
– ¿A qué viene? – pregunté algo sorprendido.
– Le comenté lo del plan, la idea de plan, y el tipo se apuntó. Está podrido de los hijos que no lo dejan hacer nada, que lo tienen sentado cebando mates, callando ideas y jugueteando con los pocos comentarios que le tiran.
– Me parece bien. Pero habría que dejarlo ahí, con cinco estamos bien, seis ya nos caga todo – respondí, sin saber qué era lo que esa cifra cagaría; y qué significaba la mirada de Estela -.
– Perfecto. Ahora, con respecto a lo de los colores, lo de escribir cada uno nuestras pobrezas, creo que sería prudente no poner nada por escrito, sino limitarnos a exposiciones habladas. Y que nada salga de aquí – propuso Stein.
– Estoy de acuerdo… Claro, siempre y cuando Vázquez y Estela lo estén – convino Belleti titubeando, esperando aprobación.
Estela estuvo de acuerdo, yo con un leve gesto también. Noté que me estaba esforzando por encajar en el papel de ofuscado un tanto escéptico. Stein iba a decir algo cuando golpearon a la puerta. Era Vigner. Un viejito simpático, acurrucado, con poco pelo blanco y más arrugado que un viejo saliendo de un baño de inmersión de horas. Saludó con excesiva formalidad, con un “gracias compañeros por aceptar otro partenaire”. Estela le acercó una silla y el viejo se sentó.
– Me parece que está claro – comencé embalado (un poco por contradecir ese papel del que me había percatado) – que hay que hacer algo grande.
Todos me miraron sin saber de qué estaba hablando.
– Me refiero al plan. Decidimos emprender una fuga, entonces hagámosla en grande. No nos limitemos. Demos un golpe que deje a todo el mundo culo para arriba- seguí.
– Estoy con vos, Vázquez – secundó Stein. Uno a uno se fueron sumando en un fervor extraño, pero que comenzó a calentar el ambiente, que rompió los rictus serios y adustos. Estela puso la pava a calentar.
– Yo, Estelita, preferiría una cañita – pidió tímidamente Belleti.
Estela le sirvió un vaso a Belleti y fue ofreciendo, uno a uno, con la mirada, un trago. Todos nos inclinamos por el mate.
– El 3 de mayo es el aniversario del pueblo – se le cayó, de la nada, a Vigner.
– ¿Y? – soltó con un toque de soberbia Stein.
– Que si vamos a ponerle una fecha a la fuga, y siempre siguiendo las palabras del señor…
– Vázquez – acoté yo.
– … las palabras del señor Vázquez, en cuanto a la pompa con que debemos encarar el plan, creo que deberíamos estudiar la posibilidad de dar el golpe el 3 de mayo. No creo que nadie quede con el culo al descubierto: la plaza va a estar llena para escuchar el discurso del intendente Gutiérrez- concluyó su propuesta Vigner.
Yo lancé una carcajada al aire.
– No puedo estar más de acuerdo con usted – le dije palmeándolo la espalda.
El viejo me regaló una mirada de agradecimiento. Mientras, pensé que la plaza no estaría llena, ni mucho menos, pero que contaríamos con unos cuantos espectadores, de todas formas.
Habían pasado cuatro horas desde mi llegada a lo de Estela. Con pocas ganas me levanté y dije que me iba, que era tarde. Nadie se opuso. Agarré mi abrigo y me despedí.

© Marcelo Wio

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