La huida II

Me serví un Fernet, encendí un cigarrillo y decidí llamar a Stein, uno que tiene una tienda donde vende de todo un poco y que se distrae haciendo de informante de la policía. Una fromar de entretenerse, para él, y para el comisario. Porque poco y nada pasa en el pueblo. Así lo conocí: alguna crónica policial (faltante de dos o tres gallinas en algún lugar; una damajuana de vino). Y poco a poco, cuando nos citábamos en algún bar por “asuntos de trabajo” – así denominaba él a esos encuentros -, nos fuimos contando algunas sensibilidades más íntimas (o menos deshonestas). Hasta que un día, sin aviso, sin planearlo, nos encontramos a charlar. Así surgió una especie de amistad, o de camaradería, más bien. De tanto en tanto, pues, nos juntábamos a contarnos nuestros aburrimientos: sueños, historias, recuerdos, ganas. El que más hablaba era él: se dedicaba a coleccionar anécdotas ajenas que relataba como propias, agregándole detalles, olores, personajes propios; todo un virtuoso el moishe. Así se pasaban las tardecitas en el Hotel Imperial – un nombre que le queda inmenso (pero claro, a este pueblo, todo le queda inmenso).
Así pues, llamé a Stein para invitarlo al café Viejas Glorias; anunciaban un dúo de jazz (dúo que venía amagando con tocar desde hacía vaya a saber cuánto): el maestro de música al saxo, y el talabartero al bajo) que interpretaría a Davis, Coltrane y algún otro. Dijo que iría, y que tenía algo importante para contarme. “Vaya a saber qué nueva anécdota habrá sumado al catálogo triste que ocupa lugar y humedad en su memoria”, pensé.
Los árboles, como estatuas de otra época, dibujaban el contorno de la colina jugando con los últimos reflejos del día, hora indecisa y traicionera. El campanario raído, de piedra marrón, que se intuía entre sombras y claroscuros, mal iluminado por un reflector que fue inaugurado con desmesurada pompa, se recortaba sobre la silueta de la colina. Por debajo, en el sótano del valle abrupto que cae sin fin, el rumor del agua avisaba contornos de arroyo. Alcanzaba a ver desde mi terraza una ventana iluminada, unos gestos que pretendía adivinar, unas bocas que se decían algo que para mí sólo era intuición y silencio.
Agoté los últimos humos de un cigarrillo que había encendido por costumbre. Debía terminar el trabajo que venía postergando con excusas que no me convencían. Algún miedo aprendido en la infancia, tal vez, me paraliza frente a los finales, a los desenlaces – aunque ese trabajo fuera una estupidez. Me urgía dejar de mirar todo lo que me rodeaba como si en realidad lo estuviese leyendo, como si escarbase ideas, momentos. Tal vez fue la sensación de estar siempre regresando de ningún lugar, sin llegar jamás; como si obedeciese – con la abnegada paciencia de quien se deja conducir por un ser que es uno mismo, pero que no llega a ser el personaje caprichoso y fatal del espejo – un extraño ritual corroído por el uso. Simples coartadas recogidas entre el insomnio inventado por el miedo a acostarme solo con mis pensamientos. Realidad recurrente.
El frío que la noche iba imponiendo me obligó a entrar a mi estudio. Lugar cargado de memorias: objetos e imágenes que uno va juntando para soportar, paradójicamente, ciertas nostalgias. El recuerdo más querido es una sonrisa que colgaba sobre mi máquina de escribir, una sonrisa que andube exhibendo en 1947, al lado de una rubia a la que el tiempo le borró el nombre: estamos frente a un mar al que nunca volví. Jamás pude encontrar esa sonrisa (ni una sucedánea). Ante ese museo, pensé más de una vez: “Mucho me temo que los recuerdos se hayan vuelto más reales que yo mismo”.
Me senté frente a la máquina de escribir, rodeado de intentos de papel roto, hecho bollos. La miré como pidiéndole explicaciones o como si esperara que ella vieja Olivetti hiciera lo que a mí me correspondía. Había empezado ese artículo demasiadas veces. Demasiadas veces me habían asqueado las tibias frases que había escrito como si se me cayeran y no me importara en absoluto, como quien termina por deshacerse de los trastos que ya no me recuerdan nada, que sólo ocupan lugar. Cada vez me costaba más escribir esos artículos mediocres e inútiles: robos sin importancia, incendios, noticias condenadas a unas pocas líneas en algún rincón del diario que la publicidad deje libre. Ahí me encontraba, luchando con unas pocas líneas aburridas, insulsas.
Sólo eso tenía, los pequeños artículos que me tiraban de tanto en tanto; y unas cuantas anécdotas, un catálogo de olores y conversaciones que guardaba en los bolsillos del pantalón. Eso y una cuenta bancaria en rojo.
Me fui a preparar para el encuentro con Stein. Cuando lo llamé, tenía necesidad de salir, de estar acompañado por una voz que no fuera la mía. Pero mientras me vestía, las ganas se diluyeron en una necesidad vieja, pesada, que se consuela tan sólo con cruzar el día, domada como está por el destino.

Stein estaba esperándome en la puerta del Glorias Viejas. Lucía una sonrisa raleada de dientes amarillos, teatral, impostada. Nos saludamos con rapidez y nos metimos en la penumbra del café. Unas pocas mesas desparramadas sin orden alrededor de un escenario bajo, de tablas. No había más de cinco personas, incluido el barman, un gordo cuarentón, y una muchachita que andaba desangrando su juventud de mesa en mesa con una bandeja, una sonrisa con poco uso y unos ojos de mirada nueva. En una mesa había un tipo sin rostro, solo. Otra mesa estaba ocupada por una pareja que no parecía del pueblo, por su postura, por la estridencia de sus movimientos y sus risotadas. Los músicos todavía no estaban en el escenario. Stein pidió una caña, yo, invariable, un Fernet. Pensé que el café no podía tener mejor nombre.
– Me tiraron una propuesta – le dije, mientras interrogaba al escenario con la mirada cuándo empezaría el espectáculo. Stein me miró detrás de la oscuridad.
– ¿Quién? – masculló, como si el qué no importara, como si las propuestas que nos pudiesen llegar fuesen muecas, imitaciones, de algo que en realidad nunca veríamos.
– Estela, la de la casita verde; ya sabe usted cuál.
– Claro, alguna vez anduve por ahí, alguna tardecita hace algún tiempo. ¿Y de qué va la propuesta?
– Supongo, que de ser un poco un mantenido, un cafisho, un poco compañero; todo un poco lo mismo. Por ahí vienen los tiros.
– ¿Y qué piensa hacer?
– No lo tengo muy decidido, pero me inclino por seguir como hasta ahora.
– Si es por orgullo, Vázquez, me parece una pelotudez decir que no. Pero no creo que sea por orgullo, si no no trabajaría en el diario de mierda ese. Si es por valores, invéntese unos nuevos y déjese de joder, hombre; en este país todo el mundo lo hace, no hay otra forma de ir aceptando las caídas, transformándolas en una narrativa de la victoria.
La entrada de los músicos me salvó de tener que responder con silencio y una mirada estúpida. Había un tercer miembro: al piano – que creo que nunca había sido tocado – se sentó un tipo de unos cincuenta años, nariz aguileña, muy flaco y largo; sus manos parecían ramas frágiles. El maestro de música se plantó al lado del piano con un saxofón sin brillos. El talabartero, bajo en mano, se ubicó del otro lado del piano. Cayeron unos pocos aplausos. Comenzaron con una versión muy maquillada de Blue Train. Stein me miró y me susurró: “Después le cuento algo que le puede interesar; a su manera, también es una propuesta, o una evasión, eso lo decidirá usted”. Calló, encendió un cigarrillo – me ofreció uno a mí – y giró su cuerpo para observar a los músicos.
El concierto consistió en parecidos desafinados de piezas conocidas (algunas, había que hacer un esfuerzo para reconocerlas). Unos pocos aplausos lastimeros despidieron a los músicos – aunque la palabra le quedaba inmensamente grande a sus talentos andrajosos de entrecasa -. Yo me quedé con una sensación de bronca, de haber sido estafado: el jazz es el único que me facilita momentos que puedo llamar agradables. Tal vez sean las imágenes e historias (o histerias) que cocino mientras escucho jazz, el estado en que me deja: como si partiera de mí prescindiendo del cuerpo, de la cuenta bancaria, los mañanas, las palabras y los dichosos articulitos de mierda. Como un abrazo que no invade. Sobre todo, una sensación serena de estar ante un ámbito sin ley, sin cárcel de cinco barrotes; un ambiente de amigos lejanos a los que invoco mediante rito de vinilos.
– Menudo par de desgraciados – protesté mirando al escenario vacío.
– Qué se le va hacer, de algo hay que vivir – los justificó Stein. Hablaba para sí, justificaba vaya a saber uno qué culpas.
Pedimos un par de tragos más. Había un acuerdo no explícito de prolongar la noche. La muchachita trajo los vasos y su sonrisa. Los otros tres clientes se fueron con un “buenas noches” entre dientes, mientras la camarerita se quitaba el delantal y se despedía con un “hasta mañana” que con los años se transformaría en un deseo de hasta nunca, y sería hasta siempre. Stein miró al barman, el gordo Belleti, y le preguntó si nos podíamos quedar un rato más. El gordo dijo que no habría problema, siempre y cuando nos pudiera acompañar en la mesa. Stein lo invitó con un movimiento de cabeza. Se acercó, cansino, arrastrando su peso y una botella de whisky, pero antes puso un disco de tango: Edmundo Rivero recorriendo el Sur. Todo tenía la huella de una reiteración: el gordo acercándose a alargar la oreja y convidar con tres o cuatro intervenciones intrascendentes, inocuas, aquiescentes; la noche estirándose, una botella de lo que fuese; unas palabras que se pronuciaban como si fuese la primera vez, como si fuesen definitivas…
– Tengo una propuesta para hacerle al compañero – le informó Stein al gordo. Belleti asintió en silencio.
– Si le gusta la propuesta se puede sumar, hay lugar para todos en este arca – se entusiasmó Stein.
Yo callaba y me rascaba rabias marchitas que llevo prendidas, y de las que me fui proveyendo luego de cada desengaño obligado, de cada borrachera que se adueñaba, sin prisas, de los restos de vida que guardaba para tiempos mejores, tiempos que no llegaban, que se demoraban demasiado y que no podía reclamar en ninguna oficina, en ningún confesionario, en ningún altar. Mientras yo andaba en ello, Stein y el gordo reían de no sé qué anécdota que había desparramada en la mesa, como un plano, como una fotografía obscena. Corté las risas un tanto abruptamente: “¿Qué es eso importante que tenía para contarme, Stein?”
– Si, claro, la propuesta – balbuceó Stein.
– Nosotros dos, y por lo que veo el aquí presente, compañero Belleti, también, sufrimos ciertos encierros, o ciertas carencias espirituales. Estamos atrapados en este pueblo de mierda, básciamente. Anclados en esta monotonía predecible, en este ir y venir por las mismas horas. Hace tiempo que vengo planeando una fuga. A lo grande. Sólo necesitaba unos compañeros de viaje, y usted, Vázquez, se ajusta al perfil de compinche que buscaba: silencioso, nostálgico, podrido de todo y de todos, sobre todo, de sí. Estela también podría encajar en este plan: ejerce más por necesidad de compañía que por una necesidad monetaria. Y Belleti, arrimándose siempre a la mesa, harto de mirar el vacío de este café anoréxico desde la opacidad de la barra… En definitiva, somos, queridos camaradas, un grupo de huérfanos. Pero no sigo. Me parece que deberíamos ir a lo de Estela a exponerle nuestros planes. Es una falta de respeto tomar cualquier decisión sin su presencia.
Stein, sin pedir opiniones, había dado por promulgado el bosquejo de huida, la ley escrita sobre el aire rancio del café. Belleti y yo no dijimos nada. Aceptamos mudos. Había que hacer algo. La noche era demasiado larga para enfrentarla solo.
Nos enfundamos en nuestros abrigos y salimos del café. El viento zumbaba por el valle, traía rumores de una lluvia que tendríamos tal vez por la mañana – pensaba esto mientras miraba el reloj: las 4.23 de la mañana; ¿cómo tan tarde? Otra noche derretida, que se tragó un recuerdo, un latido, alguna infancia, pero que de una extraña manera prometía algo. Caminábamos los tres, puñado de fracasos que creían en una última oportunidad, una última locura para tanta realidad enfermiza, razonada hasta el cansancio.

© Marcelo Wio

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