La historia de los hechos

Ahora, a la hora del Ángelus, con una imagen recurrente de unas vías que se adentran en un cielo de inmolaciones, caigo en la cuenta de que no hubo ningún error interpuesto en el curso de sucesos. Todas las versiones, incluso las menos creíbles, dan cuenta de un consenso más o menos compacto…

Almancio Buenaventura – “el bueno”, “el manso” – le descerrajó un tiro a Oviedo Almafuerte – un hijo de puta (sin el atenuante de una mínima incertidumbre de unas comillas). Los guardas que llegaron a las caballerizas de la estancia “Zarzuelita”, alertados por el capataz – y éste por el olor que tenía sublevados de asco a los caballos -, encontraron un cuerpo al le faltaba la mitad del rostro. Encontraron también evidencias, que eran como migajas incuestionables que terminaron por conducir a la puerta del rancho de Almancio.

Cuando arribaron a ese destino de rastros inequívocos, y antes de llamar, los guardas volvieron sobre sus pasos en busca del equívoco huidizo que debía torcer la huella obstinada de pruebas y culpabilidades.

Era imposible, pensó cada uno de los guardas – en silencio, pero descifrándolo en los demás, en la mirada que buscaba alejar las certezas de la geografía inmediata al rancho de Almancio -, que entre todos los humillados del pueblo, fuese precisamente Almancio el que hiciera lo que todos habrían querido hacer – en más de una oportunidad; durante el sueño y la vigilia (algunos, incluso, luego de darle muerte imaginaria a Ovidio, lo habían vuelto a la vida para matarlo otra vez).

Pero ni siquiera la costra de mutismo de todo el pueblo permitía romper el círculo pertinaz de indicios que señalaban en dirección a Almancio. Incluso mintiendo coordinadamente, enhebrando coartadas robustas, los flecos de estas falacias conducían una y otra vez, con una exasperante tozudez, a Almancio.
Por fin, los guardas llamaron a su puerta.

Almancio salió del interior oscuro del racho y no esperó a que ninguno de aquellos hombres rígidos dijera nada.
Fui yo – dijo Almancio.

¿Por qué?, preguntó alguno de los tres que sacaron las pajitas más cortas que decidieron que fueran ellos los que detuviesen a Almancio.

Quiso robarme mi recuerdo bueno…

¿Qué recuerdo es ese?

Almancio hizo un gesto leve con la cabeza y los tres guardas se sentaron en unos bancos improvisados con troncos. Adela, hacé el favor de traerte unos mates, gritó hacia el interior del rancho. Se sentaron los cuatro y permanecieron en silencio hasta que Adela llevó el mate y la pava. Tomaron una ronda y entonces Almancio contó.
De jóvenes – ya no recuerdo a qué edad; a esta altura, esas edades son una sola y larga juventud – corríamos carreras de caballo en el camino largo que va a Santa Elena. Carreras de dos o tres kilómetros. Digo corríamos, pero lo cierto es que yo no corría nunca. A mí me gustaba preparar los caballos… Las carreras eran la parte obvia, aburrida del asunto: unos pocos minutos que contaban un pedacito de algo. Pero tanto insistió la soberbia de Ovidio – le había ganado a todos; él y sus caballos; y quería ganarme a mí – que accedí, aún no sé bien por qué, a correrle con un zaino mío.

Recuerdo que el camino tenía como una telaraña de polvo en suspensión, exacerbado por la resolana del atardecer. Al costado, las vías firmes, como centinelas de los orgullos irrelevantes (por ese aire de perpetuidad pretendida) de los hombres.

La carrera no tuvo ninguna emoción. Enseguida le saqué una ventaja que a lo largo de los dos kilómetros que habíamos pautado para correr, se fue haciendo más amplia. Durante años, después de esa carrera, me estuvo pidiendo la revancha. Jamás se la di: esa era una victoria más relevante que la propia carrera, en definitiva. Una victoria que se renovaba cada día – y para él, una derrota que se incrementaba.

Así que, Ovidio me puede robar tierras – a fin de cuentas, son pura callosidad; y no tengo descendencia a la que legarle la carga de su esterilidad -; pero yo soy los recuerdos, si me quita el más prestigioso, sólo me dejará un cuerpo con un nombre, pero sin historia, sin nostalgias que contar…

Los guardas, al unísono, como conectados por una corriente de consensos de empatías, pensaron que todo aquello marchaba en el sentido contrario de la realidad; de lo… adecuado, apropiado…

Ahora, mirando las vías a cuyo costado corrió el zaino de Almancio, que le negó a Ovidio una supremacía – sin la vulgaridad de costuras evidentes, de zurcidos y algún que otro descosido – que le imprimió una secreta debilidad a su prepotencia, pienso que a veces la memoria parece reclamar una vida para poder perpetuarse. Si afino la vista puedo ver al atardecer tragándose a los caballos que aún deben andar intentando contrarrestar la inercia del recuerdo sin fricción, mientras esa memoria se va haciendo un poco de todos nosotros, mientras va definiendo, a su vez, el olvido de Ovidio (o, al menos, la transformación de su figura en algo prosaico, risible). Una suerte de cosmogonía, de sublimación del hecho: la realización colectiva a través de la memoria. Columbro que finalmente se convertirá en un recuerdo fundacional… la reivindicación de una dignidad…

El jefe de la guarnición, Don Eleuterio Máximo Valverde Saporitti, se encargó de torcerle la muñeca a las evidencias.
Almancio – le dijo, ambos sentados en la salita que hacía de oficina de Eleuterio y de archivo -, usted no dijo lo que dijo… o no quiso decir lo que dijo. Un deseo… no es una confesión, no nos confundamos. Así, que lo que usted diga, no cambia la realidad… No sé si me entiende…

Lo que hice cambia la realidad – respondió Almancio, con una voz sin grumos de duda ni arrepentimiento, como si haber matado a Ovidio fuese tan importante para su orgullo como el recuerdo de la carrera que Ovidio pretendía arrebatarle.

No sea obstinado, irrazonable, Almancio… ¿Qué gana insistiendo con anotarse un muerto – habría querido decir “ese muerto”, pero un escrúpulo de profesionalidad se lo impidió – que no le corresponde a usted ni a nadie… quizás, un poco a todos, como en Fuenteovejuna? Hay muertos que son tales desde antes de morir, a fuerza de crear inquinas y malquerencias…

No gano nada, sólo digo la verdad, que no es ni buena ni mala…

La verdad, la verdad… ¿No le parece soberbio andar haciéndose depositario o portavoz de la verdad? Y, en todo caso, su verdad, que es minúscula, no da cuenta de la verdad… más… amplia, extensa, que pertenece a todo el pueblo, a su memoria de humillaciones calladas… Así pues, su verdad no pasa de ser una anécdota – o un deseo onírico traspapelado con el guión de la realidad -; una pieza diminuta del mecanismo de la otra verdad, un eslabón en la ristra de afrentas. Además, Almancio, esto que me ofrece – que usted llama verdad -, ¿es más verdad que las otras que lo definen? No. Así que no joda más, hágame el favor. Esto que me trae… esta… confidencia, no tiene nada que ver con usted, es una irregularidad; digamos, una excepción despreciable en el censo de sus días.

Almancio suspiró. Puso las manos sobre la mesa, como si se dispusiese a recibir una ofrenda.

Si las cosas están así; no voy a ser yo el que le escriba una historia distinta a este asunto… Soy honrado, pero no soy pelotudo…

Así me gusta, Almancio… ¿Sabe qué? A veces toca disputarle la historia a los hechos, por ejemplo, construir un decoro razonable para que la herencia no condicione a las descendencias…

Eleuterio sacó una botella de grapa y dos vasos retacones de un cajón del escritorio. Sirvió. Encendió un cigarrillo y le ofreció uno a Almancio. Bebieron de un trago el líquido áspero. Eleuterio volvió a llenar los vasos y dijo: cuénteme de aquella carrera, Almancio. Pero deténgase en los detalles, por más nimios que sean.

© Marcelo Wio

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