La estricta simetría de Almeyda

No parecía de esos que terminan por hacerse matar. Además, la estampa brava de Almeyda venía lenguideciendo desde hacía rato; y lo que quedaba era como una sobra accesoria y falaz de una identidad cada vez más remota, la proyección de una reputación que pretendía seguir creyéndose, pero sin éxito. No parecía, pues, que ese desenlace de desguace, de declive, fuera parte de los acontecimientos que condujeran a ese final que, en otro momento de su vida, acaso habría sido más fácil de imaginar. Puesto a ejecutar una venganza contra él, lo más cabal – es decir, el ajuste más malicioso y artero – era, precisamente, presenciar esa degradación; hacerle saber que uno reparaba en ella.

Pero las cosas se acomodan a su gusto, no al de los sujetos, que se enteran de tales arreglos cuando ya son consecuencia. Al menos, la mayor parte de las veces. Esta, precisamente, era una de las pocas excepciones: Almeyda aún tenía la capacidad para ordenarle e imponerle actos al destino. Hombre acostumbrado a que las voluntades ajenas se doblegaran ante las suyas, parecía haber contagiado a las cosas de esa humillación. De a poco fue perfilándose, no el hecho en sí, sino de dónde iba a venir ese tiro que, a esta altura, sería más de gracia que de desquite o lo que fuera que presionara el dedo habría de presionar el destino.

Esa tarde, Almeyda lo supo antes que su ejecutor. Observó el lugar: una nave industrial abandonada, vacía de utilidades y llena de polvos y restos indeterminados. Miró, de pronto, con el espanto de quien comienza a reconocer los detalles de una rutina que ya no es suya; descubriendo, sin pretenderlo, las trivialidades que la componían, la inutilidad de su conjunto: de su figura allí, de pie.

Almeyda había entrado en la nave por uno de sus extremos. Con él, fugaz, un langüetazo de luz blanca, de esas que confabulan el verano y la sequía. Dentro, un fresco antiguo, húmedo, sucio; mentido, porque lo llevaba dentro: temor largamente negado, disimulado. La luz breve delineó deficientemente esqueletos de algo que no parecía posible que hubiese sido, que parecían apenas habían sido una anticipación innecesaria de un proyecto abandonado. Un silencio de aleteo de palomas que rápidamente se hicieron a su presencia.

Allí había comenzado. O en un lugar similar. Ciertos destinos tienen un aire de simetría de lo más burda: las circunstancias de los inicios y los finales parecen ser las mismas o, siendo distintas, se tocan irremediablemente hasta confundir sus elementos fundamentales. Había comenzado con esa misma sensación: ansiedad, miedo amaestrado, atado bien corto, sólo liberado a través las manos humedecidas de sudor; sólo esa concesión.

En el encinar que empecinaba persistencia a unos cien metros del camino por el que había llegado, había estado aguardado un niño en cuyo rostro se había instalado una madurez atroz. Ni bien había entrado a la nave, silbó un aviso corto, discreto, como de pájaro sin entusiasmo ni necesidad de piares. El silbido viajó otros tres pares de labios más hasta llegar a su destinatario, que revisó una vez más el tambor del revólver, tal como había hecho Almeyda algo más de cuarenta años atrás. Se esforzó por sentirse ofendido con el hombre que iba a matar y al que no concía: sentirse ofendido da razón, le habían dicho, o se había dicho, la noche anterior, en el bar de extrarradio donde había estado bebiendo chatos de vino creyendo que contenían coraje y exculpación. Se dijo casi las mismas palabras de valor, de impunidad, que había fabricado Almeyda cuarenta años atrás. Caminó el muchacho, apenas jugando al matón, a la valentía, hacia la nave. Se convencía de que el sudor ese que lo iba empapando era elaboración exclusiva del calor y el secano.

Almeyda, en tanto, esperaba, Y mientras lo hacía, pensaba que acaso esa escena era una idealización del destino – o, más bien, una mejora: sabe de flechas del tiempo, más nada de justicias y esas herramientas del consuelo falso, pero igualmente rentable: permitía esperanzar una redención o algo por el estilo. El ruido metálico de la puerta al abrirse lo devolvió al instante riguroso – que parecía desligarse de cualquier pasado, de cualquier interpretación: del tiempo mismo; porque, justamente, repetía el pasado: cancelaba.

Usted es Almeyda. Dijo el joven, arrepintiéndose de tal obviedad. Yo también soy Almeyda, añadió enseguida, como si aquello sólo fuese una casualidad, una cómica coincidencia apenas, que le servía como una forma de empatarse o, más precisamente, de abreviar la figura del otro.

Ya lo sé. O, más bien, ya me lo imaginaba. Y la mano que sostiene el revólver – de espaldas al joven –, que llevabas hasta recién en en la cintura, oculto por la camisa, te suda. Mucho. Y ahora mismo estás pensando que será más fácil de lo que habías estado figurando desde que te dieron el revólver, la orden y el destino que acaso no sea el tuyo, pero que igualmente elegirás porque no hay otro a mano. Y bien haces. No hay otro.

El joven Almeyda no oyó el disparo. Sólo su eco empujando a las palomas a un vuelo inútil y desesperado. No recordó, sino hasta horas después, haber disparado; haber dado muerte a aquel hombre al que no conocía y con el que compartía un apellido y vaya a saber qué otras cosas que ignoraría hasta una tarde similar, unos cuarenta años más tarde.

 

© Marcelo Wio

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