La espera de Évrard

Guardó el trombón y un último brillo, como si confiscara su propia voluntad. Alguien lo saludó cuando ya desaparecía por la puerta trasera del salón de baile. Habían recorrido, como cada noche, el programa completo de desprestigio de cualquier verosimilitud con la música y la solemnidad y el fasto: una tristeza acompasada. Sin sentimiento, había dicho alguna vez Bertille, una de las coristas. Eso no ha existido nunca, le había respondido Achille, el director y administrador de la banda; por lo menos, ya no existe. La gente quiere ambientes para sus necesidades. Por ahora, siguen precisando ciertos formalismos, fingimientos, tan necesitados de normativa. Luego, a saber. Probablemente ni música ni brindis ni permiso.

En la pista quedaron algunas parejas, convenciéndose de hechizos o prometiéndoselos para otra ocasión. Évrard caminó las calles llovidas (aunque no había llovido) hasta su edificio en la rue Saint Saëns. La caja del trombón como un maletín ridículo – o apto para credibilidades aún por manufacturar.

 

En esa ventana iluminada. La única de la fachada grisácea de aquel edificio (el 6 de Saint Saëns). Siempre a esa hora. Margueritte. De un lado a otro del ánimo. Un cigarrillo tras otro. Cada uno, apenas, una calada. O ni siquiera. Simplemente un tanteo de humo entre las emociones o esas inquietudes que la tienen tan sin dormir, de un lado a otro del salón.

La única ventana iluminada, sí. Pero la oscuridad no acoge sosiegos o quietudes. Sueños. O no necesariamente. En el 2º A, Anatole. Sentado en la cama que fue de sus padres, y antes, de sus abuelos. Cama alta. Madera dura y oscura. Cabezal recio. Sentado en la cama, mirando las sombras que postula la tenue luminosidad que entra por la ventana que da a la calle. Reza. Y recuerda. Reza y recuerda. No sabe por qué reza: si algún temor, algún pedidoexigencia. Tampoco sabe qué recuerda: mezcla de estados climáticos, edades, lugares y aromas y motivos para una suerte de nostalgia incierta o apócrifa.

En la semioscuridad del 7º C, François lamenta los amores en los que no se atrevió a embarcarse: Jean, Maurice, Patrice, Luc. Y mira de reojo o de reculpa y remordimiento (remordiéndose el labio superior) el reposo doméstico de Chloë. Suspira las juventudes que surcó temiendo y negando y obligándose a una infelicidad contenta.

Revisa los papeles. Cuatros pisos más abajo. Manuscritos. Números ordenados en columnas. Letras. Iniciales. Ganancias y secretos y ventajas. Revisa, Cyprien. Entre alguna de esas columnas tiene que estar, dice. Y redice. En el 3º B, Cyprien. Tiene que estar la lealtad de Donatien y Guénolé. Y en algún lugar el indicio de su cancelación. Cómo es posible que todos esos números sigan tan intactos en esos papeles y Donatien y Guénolé y el dinero en Martinica. Busca. Rebusca. Una cábala que surja para explicar dónde o cómo o para llevarlo al reverso de esas noches sin respuesta.

Camina esos colmados diecisiete metros de rue Saint Saëns para llegar a su portal (hasta el 19) y para evitar preguntas – o, más bien, réplicas (como las sinceridades de los niños o las de los ecos de los sismos), veredictos. Creyéndose, o queriendo creer los amparos de la penumbra, del olvido de la luz. Por eso Saint Saëns, tan descuidada en su alumbrado, tan otra parte de cualquier lugar.

El gato apenas levanta la cabeza al verlo entrar. Dos rutinas que ya no precisan dar cuenta la una de la otra: cada cual con sus síntomas y sus excusas y extravíos. Calienta agua para un té, y se sienta a la mesa de la cocina a esperar a que hierva. Pero enseguida se incorpora y va al salón. Enciende la radio y regresa. Fréhel. No importa mucho quién, la verdad. Ni si melodía o monotonía. Todo termina por parecerse a cierta hora Una presencia; eso necesitaba, y punto. Se prepara el té (con un chorrito de cognac) y va al salón. Se sienta en el sillón al lado de la ventana agredida por la estridencia extemporánea de un cartel luminoso – Hotel Majes_ic – en rojo y blanco, la “t” fallecida.

A esperar… Destinado, Évrard, a esperar esperas: de estarse permanecido en un tiempo: enclaustrado en una usanza. Reservándose: el impulso, el vigor, la alícuota de personalidad, para la comparecencia de lo aguardado: sujeto o evento; lo mismo da, al final, todo es suceso: coordenada cronológica o anímica. Una espera que es como cualquier otra vitalidad, otro proyecto de días.

No es difícil. Esperar. Creció en el sur, donde las horas se excusan para pasar. Donde todo parece haber sucedido, y uno sólo puede aspirar a ver la repetición de los hechos como si los viese por primera vez. ¿O esa era la biografía de su abuelo? ¿Había crecido con la espera inscrita en la costumbre, en el linaje: destino, condicionamiento? ¿Era eso lo que quería decirse?

La luz de piso de Margeritte, se apagó. Pero ella seguiría aún un rato más paseándose. ¿Qué cavilaciones llevaría de un lado a otro? Las mismas que todos. Seguro. Apenas si cambia la voz (¿cada cuánto se repetirán las mismas modulaciones, tonos, etcétera?).

El gato Óliver gesta un movimiento, pero se arrepiente. Apenas para constatar la presencia de Évrard: la comida que en un rato le podrá en su plato, en la cocina. Évrard enciende su cigarrillo diario y refuta cualquier pensamiento o explicación y se relaja. Aún percuten las notas que perpetraron esa noche. Escupidas, como decía Isidore, trompetista, viudo, sin hijos, cédula número 455371. Escupimos notas, proseguía, eso hacemos Évrard. Se las escupimos a los pies para que resbalen ficciones. Ellos creen bailar. Pero no. Y así podía estar un buen rato, teorizando sobre la mala música y su complicidad en el estado de cosas en Europa, porque, sin duda alguna, algo tenía que ver con todo aquello que estaba sucediendo: no era posible que gente que escuchara aquella bazofia, que la bailara como en un ritual de descrédito de la humanidad, pensara rectamente, coherentemente. Y así Isidore. Que, opinaba Bertille, no andaba nada desencaminado. Y ella hacía crecer a Isidore y alargar su parlamento, ya no tanto como protesta sincera, sino como torpe y desfasado rebusque romántico. Pero no tenía nada que hacer con Bertille, que tenía sus amoríos en otros territorios. Poco sabía de Bertille. Con ella siempre ha hablado palabras tenues: significado difuminado; apenas un sonido para establecer una distancia y una cordialidad. Cortesías. Chismes inocuos. Nada que supusiera siquiera la sugerencia de una intimidad, o un de interés por la misma.

Todos resistiendo deseos, piensa Évrard. Y apoya la taza vacía sobre la mesilla que tiene a su derecha, donde hay un libro: “La hora de siete minutos”, de Sergei Iosti. Sobre el desmantelamiento de los corajes, sobre la inutilidad de la fe en las reputaciones (sobre el tiempo y los esfuerzos que uno gasta erigiéndolas, mintiéndolas). “Soy las palabras que dicen de mí. Incapaz de componer unas propias, que me erijan más a mi antojo”, dice uno de los personajes – Petya. U otro personaje. Fue aquella frase, hace unas cuantas páginas atrás. Quizás, piensa Évard, todos somos un poco así. Pero no piensa en él mismo – evita involucrarse de esa manera en su propia intimidad: a saber qué humedades y mohos y descuidos hay allí -, sino en Isidore, en sus discursos, pocos e idénticos de orquesta y noche; enfadados, como las palabras que lo componen, que lo fijan a la realidad, al contexto. No tiene región, piensa Évrard, sobre Isidore. Sólo una imprecisa presencia que se diluye, infiltrada por los silencios que dejan esas proclamas.

Évard coge el libro. “Tantos predicados – ninguno consistente con los demás (mucho menos con la realidad, claro está; después de todo, esa es la idea) – para un mismo afán: persistir. Cada cual con su versión. Cada cual creyendo estar avalado por algún conocimiento particular, intrínseco (recóndito e ínfimo): una certeza: aunque todos participamos sin participar, ni siquiera tangencialmente, de la verdad, de la vida, de este tinglado extraño que nos hemos inventado. Cada versión es en realidad una delación de su autor: sus miserias, temores, soberbias, afanes. Pura humanidad sin instrucciones: siempre la misma – con sus variaciones Goldberg, eso sí -, siempre contemporánea de sí misma”. Pero no hay certezas, cavila Évard; sólo ondas de probabilidades. Y ni siquiera, sólo el desconocimiento de variables ocultas. Y mientras tanto, todo ocurre, dice en voz alta, poniéndose de pie, dirigiéndose hacia la cocina a ponerle comida al gato antes de marcharse a intentar dormir un poco. Coge, de camino a la habitación, el libro de Iosti. Apaga la luz del salón. En ese preciso momento, apagaron también el cartel luminoso. Y la calle quedó a oscuras. Aún restaban un par de horas de nocturnidad árida: un énfasis innecesario de la calle, de las vidas allí dispuestas.

 

Espero hacia atrás. Eso hago, le dice Évard a las sombras impresas en el techo de su habitación. Acostado bocarriba, los brazos detrás de la cabeza. Porque hacia atrás ya todo fue, sobre todo lo malo. Y sobre todo, porque hacia atrás hay seguridad de vida: impunidad contra el tiempo. Y eso no hay esperanza en el futuro que pueda igualarlo. Porque adelante la única certidumbre es un horror. “El tiempo nos persigue porque huimos”, citó en voz alta a Yekaterina, una prostituta de la novela de Iosti; más cansada que sabia. Si tan sólo supiéramos cómo estarnos quietos sin morir.

 

En un café, una mañana, de las de siempre: como de invierno estancado, de vejez generalizada, de lunes matinal, con los resultados negativos del fútbol para toda la concurrencia, y el olor del alcohol del fin de semana aún incrustado en la atmósfera, mezclado con el de los cafés y los cruasanes mediocres y el puerto hinchado de restos de faena y las manos de los trabajadores. De las de siempre: las rutinas no se crean, se aceptan, y se acomodan unas a otras. Como cada mañana. Cargada de conversaciones que se intercambiaban a los interlocutores como estampitas y suertes y alivios. Una de esas mañanas, pues, sentado a la barra, sorbiendo el café, leyendo el periódico, había oído por casualidad – de las muy voluntariosas – a un tipo contándole a otro sobre uno de su pueblo que no tenía memoria: sólo aquella de las personas con las que entra en contacto, refirió. Tan sólo con dialogar unas menudencias breves con alguien, adquiere tal memoria durante un tiempo proporcional a la duración de esas conversaciones transitorias y triviales, y a sus intensidades emocionales: deviene, en definitiva, esa persona, o, más bien, esa personalidad, ambientada en otra carnadura, levemente alterada por algún elemento disímil que aporta sin saberlo.

Por qué recuerda esto ahora. Allí tendido bajo el insomnio y la manta de franela gorda que había sido de sus padres. ¿Qué le pasaba a ese sujeto entre memorias? ¿Quedaba vacío? ¿Retazos mínimos de todo, que es como una nada pero dolorosa: lo suficiente para quedarse paralizado en un mismo instante sin cadencia, sin impulso; sin instante?

Se vuelve. Enciende la lámpara sobre la mesilla de noche. El libro de Iosti. “La sociedad no es más que una estrategia para contestar sin responder los interrogantes, no ya los que nos planteamos, sino los que encarnamos: somos un símbolo de la existencia – y, acaso, una posibilidad de explicación (pero nunca para nosotros mismos, no; ninguna lo es para sí o en sí misma). Así pues, irónicamente, quizás habitemos una certidumbre, después de todo, querida Yekaterina – dijo Alyosha, mientras ella se acomodaba el pecho dentro del vestido incómodo y le importaba bien poco lo que dijera aquel viejo repleto de esquinas, callejones, culpas y dinero -; y no una incomprensión, una duda o incertidumbre como tantos postulan: vaguedad, posiblemente eufemismo de nada, o de muy poco como para molestarse en decodificarlos: forma innecesaria de una mentira igualmente inútil. Yekaterina recogió el dinero de la cómoda y lo metió entre los pechos ya bien aparcados dentro del vestido azul celeste gastado. Las mejillas (y los pezones. apenas dos comas entre tanta abundancia, a comparecer en la anatomía) comenzaron a perder el rubor anticipándose al frío. Pero basta – dijo Alyosha – usted no ha venido a hablar de estos despropósitos, sino del arrendamiento de las tierras. No, Alyosha, yo he venido por otro arrendamiento, que usted ya ha usufructuado, y que yo ya he cobrado. ¿No recuerda? Claro que sí, claro que sí. Una breve confusión, a veces…”, Évrard deja el libro. Le molesta toda esa pretendida filosofía, esa suerte de constante exégesis del alma humana, de la ética, que interrumpe una historia que a esta altura apenas si recuerda levemente como para entusiasmarse lo preciso para continuar, a empellones, aquel libro. No le molestan tanto esas divagaciones (que tampoco son muy originales que digamos, ni están muy bien logradas), como lo forzado de su aparición en las circunstancias más peregrinas, sin venir a cuento de nada. Por ejemplo ahora. Qué corno hace toda esa cháchara en medio de una transacción de lo más mundana; y, peor aún, en boca del vejete avaro ese, cuya única filosofía era la orgía de dígitos del haber.

 

Siempre espera. ¿Hasta que llegue qué? ¿La muerte? Es decir, ¿evita vivir? Precisamente lo contrario: evita morir: quien no ha vivido, no puede morir – la vida es una condición indispensable… Pero no. Porque todo siempre es inútil, contingente: un simulacro, una pura ilusión. Siempre hay detalles, hechos; una vitalidad obligatoria, ineludible, impuesta. Para plantearse la vida es imprescindible estar vivo. Para plantearse esperas, la muerte, los números a los que jugarle a la quiniela. Y ya estamos con Iosti.

***

Esa noche tocaron en el salón Swing. Al terminar, algo poco habitual aunque no extremadamente extraño, se fueron a beber unas copas. Era como si cada tanto hubiese que realizar un confraternización mundana, que reanudar, reafirmar, los lazos musicales fuera del terreno de las partituras y salones sin encanto. Entraron en el primer bar que encontraron abierto. El ambiente, empañado de calor y cerveza, mentía concurrencia. Sólo habían una mujer rubicunda, detrás de la barra, y dos tipos sin rasgos: uno en una mesa, en la esquina del local; el otro, en el extremo de la barra. Esos anonimatos que manufactura la vida para rellenar la realidad de cada hora.

Bebieron unas cuantas copas en ese silencio lleno de palabras inocuas que suele emplearse en las situaciones en las que la asiduidad solemne no ha llegado a cuajar confianzas. Pero en cuanto el alcohol incide sobre vaya uno a saber qué sinapsis, esos rostros por frecuentados se confunden con la amistad, y surgen las declaraciones más personales, comprometidas: esas de las que uno mismo, y el interlocutor, se arrepienten casi inmediatamente, generando una conspiración tácita para ahondar en la imposibilidad de superar el escollo de la relación simplemente profesional. Así es que Évrard, que pidió sólo una cerveza, escucha desde la lucidez, que en ese entorno de disminuciones parece una comprensión amplificada, lo que sucede a su alrededor. Pobre Achille, piensa. Todo ese amontonamiento de ademanes no es más que su manera – acaso adquirida por deformación profesional – de ofrecer variedad: de agasajos y atenciones. Aunque todos fuesen un mismo torpe mendigar compañía. Clarice, clarinetista, aficionada al espiritismo, hipocondríaca, le dice a Arnoldo, contrabajista, ingeniero de caminos, coleccionista de botones, talla 46 de zapatos, que no, que no; que ella quiere ser independiente. Pero entonces, tontamente, Arnaldo, usted no puede amar jamás. Quiero a las cosas por sobre las palabras, ella, desviando el tema, o desviada por las competencias de la ingesta de Pernod. Así no puede usted deambular por las vidas. De nadie, mi querida Clarice, él, sosteniéndose en vaya a saber qué esperanzada táctica. Quiero dejar de necesitar. Simplemente. Ella. Entonces no puede suscribir a este instante, al entusiasmo, a la pulsión y a la pulsación.

Uno se expone a este tipo de cosas si no se atiene a las reglas del lugar. Así que Évrard pidió otra cerveza. Para hacerlo, tuvo que acercarse a la barra, claro está. Y en cuanto se acercó, escuchó. Una cerveza urgente, se dijo. Escuchó al trompetista, Louis, zafio, hincha fanático del Olympique de Marseille y de Isadora Duncan; y el baterista, Gérard, de un metro setenta y uno de altura, aficionado a las matemáticas. Más que escuchar, absorbió una escena de desesperaciones evidentes que rodeaban con zalamerías de borrachos y de solipsistas a Bertille. Ella, en cuanto Évrard entró en la zona de influencia, buscó asilo con la mirada y un leve desplazamiento del cuerpo: muy leve, lo justo para dejar el espacio preciso para que Évrard emplazara su materialidad entre ella y los otros dos.

Le dio lástima a Évrard, el gesto de Louis, como de mano derretida sobre una caricia, o su molde o su resignación tan desfasada, porque ésta (como la soledad) siempre pertenece a las dos o tres de la tarde, y debe ser siempre malgastada entre los rostros que son siempre una generalización de nadie. Y también la mirada de Gérard, trabada como en una postura de desafío de amagues y dilaciones: carne de cañón de la cobardía que observa el horizonte con sueños de huida que nunca será porque el horizonte mismo parece avanzar conquistando la aquiescencia y renuncia de aquellos que siempre quedan inexorablemente atrás.

En ese enroque, pues, quedaron. En esa posición comenzaron a pronunciar esas frases que terminan por conducir a una conversación, y, de tanto en tanto, a una acción. Bebieron. Relajados. Sin ansias, sin necesidad de embrutecerse. Como si eso que estaban haciendo lo llevaran haciendo desde hacía tiempo. Parecen una pareja, dijo Achille con ese tono que se le llena de paternalismo cuando bebe, cuando dirige la orquesta o cuando le da de comer a su canario Gustave. No termina de decirlo que Évrard y Bertille salen por la puerta. Y no terminó de decirlo porque se desinteresó de ese hecho que no lo incorporaba más que comentarista cotilla; y entonces dijo, un poco violentamente, que detesta las ciudades donde nunca hay neblina: Son como las mujeres que lo descubren todo a la primera de cambio. Hace cuánto no le descubre una ciudad un callejón nuevo, Achille; pregunta Baptiste, el pianista, admirador del Kaise, lector empedernido de novelitas guarras, compulsivo fumador de pipa, que enseguida lo palmea amistosamente, para desterrar cualquier malicia de su malicia.

En tanto, Évrard y Berillte caminan. Hablando de no saben muy bien qué, porque en realidad hablar es la forma que tiene ese momento de conducirlos a través de la noche: el salvoconducto para que ellos se conduzcan a sí mismos por la ciudad que, vaya manía tiene, se la pasa construyendo ruinas para fabricar historia.

 

¿No me invitas una última copa?, dice ella, cuando están por despedirse frente al 19 de rue Saint Saëns; Évrard ya dispuesto a enhebrar la llave en el ojo oxidado de la cerradura de la gran puerta de madera. Debe ser tarde, conjetura, porque está apagada la luz del salón de Margueritte.

Sólo tengo un cognac malo.

Me vale.

Suben la escalera de madera que avanza como un sigiloso reptil contra la pared en comba. El piso los recibió con un aliento frío, y una leve taquicardia que procedía de la cocina. Évrard se apresuró a servir dos vasos de cognac.
El resto, sólo es despejar “x”.

 

Esa noche con Bertille, si bien no anuló la espera, sí evidenció lo infructuoso de los métodos o las costumbres que Évrard inventaba sin saberlo para atribuirse una decepción original – como todos, ni más ni menos; cada cual a su manera. Canceló o suspendió eso. Pero ello no cambió nada, porque siempre hay espera: ahora, acaso, Évrard aguarde o anhele algo más de eso que ahora mismo, mirando el techo, presintiendo, más que sintiendo el cuerpo desnudo de Bertille a su lado, cree que ha sido un error – pero no en una de sus refinadas manifestaciones o formas: la de los aciertos aparentes, corajudos -, no: quizás conciba la idea de que eso se vaya convirtiendo, con el tiempo, en un acierto de sucesión de cariños o afectos o acostumbramientos y consuentudes. Conocemos el principio y el fin: en medio, esperamos que ocurran milagros o eventos que alejen indefinidamente el segundo término del segmento. Esperamos, en definitiva, generar detalles, historias: fantasías de particularidad: palabras ordenadas (porque sólo es eso) en un finito rango de posibilidades que tarde o temprano terminan por repetir experiencias como si se tratara de un espejo en medio de la nada que cada tanto refleja algo distinto a la monotonía vigente: otro espejo idéntico que se considera como disímil.

 

¿Te molesta que me quede? – Bertille.

No. Claro que no. – Esa redundancia que parece en realidad negar o dudar lo que niega. Pero que no es eso. Es una inseguridad.
No se dijo nada más. Pero a Évrard, entre las respiraciones del sueño – real o fingido – se le quedó enganchada una sensación y un verbo. No supo distinguir cuáles eran.

***

Pero nada queda inalterado – las monotonías y rutinas son sólo aparentes: son la desatención de los pormenores mínimos, de las porciones ínfimas de existir -; y el gato ya no lo mira con ese desinterés tan hiperbólico (tan interesado, a fin de cuentas) a su llegada y se le restriega entre las piernas y luego se sienta entre sus pies apantuflados y el sillón. Acaso un aroma sutil, celular, hormonal. Un respeto sexual. Quizás, la necesidad de acoplarse a lo que sea que se modificara. Los gatos tienen una sintonía fina que pesca al vuelo los detalles más irreverentes con lo invariable.

La espera se le transformó en una esperanza. Lo sabe. Y por ello teme. Sin darse cuenta, trocó en tal peligro, tremebunda temeridad: alborozo del dolor. Alegría de la vulnerabilidad.

***

El lunar al costado del pecho derecho de Bertille – mientras se lo lamía con devoción y torpeza – le echó una mirada eclesiástica que provenía de su pasado (del de Évrard). La lengua se le secó de golpe – Bertille creyó que producto del énfasis en el seguimiento obediente y obsesivo de sus redondeces – y tuvo que hacer un esfuerzo para recomponer su presencia orgánica en ese momento. Lo logró. Ninguna proeza, por cierto – su larga sequía de afecto y honestas concupiscencias; el cuerpo generoso y desinhibido de Bertille. Pero supo que si volvía a repetirse esta situación con ella, el ojo estaría allí – cada vez menos mancha, menos fácil de ignorar o superar. Siempre había un lunar. Con Bertille o con cualquier otra, pensó. Pero no llegó a más. Y tampoco hubiese cambiado nada tanta cuestión pigmentaria-ocular. No hay nada que disminuya esa sinergia de químicas, hinchazones, humedales, turgencias, potencias, olores: de esa muerte de la que regresan juntos, renovados en el agotamiento resbaloso. Nada. Ni ese ojo azabache – que es mejor no saber a quién pertenece (real o simbólicamente).

 

Ya sé que no es fácil. – Bertille, la mañana siguiente. Évard pensó, con desilusión, en el carácter excepcional e irrepetible de aquella noche. Un bache, una pifia, para ella, se dijo, comenzando a componer un desasosiego más profundo; irreal.

Mi cuerpo – prosigue Bertille -; me han dicho (muchas veces para suponer que es simplemente una excusa rebuscada) que está lleno de ojos, de reprobaciones, incriminaciones y sentencias. Cuando no es un lunar es el iris o un repliegue de la piel o una curvatura o un parecido con una tía muerta.

Y el silencio que siguió, conjeturó Évrard (que aún seguía implicado en la versión de rechazo, de transitoriedad que había imaginado) implicaba necesariamente un “pero tampoco es sencillo para mí porque tú”, y allí, vaya uno a saber qué examinaciones o adherencias que él nunca había notado sobre su cuerpo. Así, todo iba adquiriendo el tono de una transacción, para Évrard, que pensó en lo bueno que sería en ese momento evitar toda aquella sinceridad con un parlamento al estilo de Alyosha: sobre todo para darle tiempo a Bertille a vestirse, a ocultarse entre sus palabras como si fuesen un biombo y, llegado un punto, despedirse como si sólo hubiesen habido palabras sin acción.

Pero Berille no dijo eso. Dijo sólo lo que dijo. Y Évrard, o más bien ese aprendizaje que se termina por hacer tan íntimo, tan acabado, cuando la derrota es una sucesión de estados naturales, se vio forzado (por ese amaestramiento, esa idiosincrasia) a intentar una última estrategia para retener el control (para retenerlo en nombre de ese adoctrinamiento): todo tiene el tinte de lo tardío, de resignación justo antes de que realmente no quede nadie para nosotros (ni nosotros mismos): probó con todos, y soy la última partícula de oportunidad.

Habitamos provincias. Siempre. Aunque queremos creer (a veces a nuestro pesar) que nuestras vidas se parecen más a metrópolis incesantes, poderosas, cambiantes, deslumbrantes, influyentes. Quizás la felicidad o lo que eso sea o pretenda significar, radique en percatarse y enorgullecerse de ese provincianismo, de esa preciosa omnisciencia afortunada e inmensamente incompleta. Parecía una frase Yekaterina, pero no lo era, no recordaba haberla leído. Tal vez de otro libro. Y sin sentido. Porque yo, caviló Évrard, nunca tuve tales pretensiones. Ni de provincialismo. Mi vida ha sido un caserío – ni siquiera un pueblo, por el amor de Dios – que lentamente se va vaciando de gente.

Y por más que pensara y repensara y conjeturara e imaginara, las palabras de Bertille siguieron siendo las que fueron: apenas un ruego y una mirada larga y suave acariciándole esos tormentos. Ni una mirada: sólo una partícula de suceso convertida en metáfora. Y Évrard pensó que sólo por eso había merecido la pena esperar con tamaña abnegación, entrega o sometimiento (o todos, en algún momento dado).

 

© Marcelo Wio

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