La ciencia de Misterioso Apuleyo

 

De pie, en medio de la plaza, ignorante de los climas y los calendarios, Misterioso Apuleyo Rodríguez dibuja en un cuaderno las trayectorias de todos lo que pasan. Mapa de andares. Alguna vez, cuentan, cuando aún hablaba con alguien, explicó que busca un patrón que le permita esbozar un mínimo entendimiento de cómo hacen los estorninos para evitarse unos a otros a esas velocidades impetuosas. En realidad, postula Mariano, un viejo al que no se le ha conocido ocupación alguna, como no sea la del chismorreo y la difamación con altura, lo que busca Misterioso Apuleyo es saber para qué lado conviene agarrar para tomárselas de Sausalito.

Quizás, apuntó Luisa, matrona y pastelera, lo de los pájaros sea una excusa para que nadie se incomode con su presencia, con sus cálculos, mientras realmente a quienes estudia, es a nosotros. Para entender qué, no lo sé. O prefiero saberlo.

Con un cartelito de cartón plastificado colgado del cuello – “Genio trabajando. Disculpe las molestias” -, el “loco Misterio” sigue con la mirada los caminos que traza la gente del pueblo que, a esta altura, ya lo consideran parte del exiguo mobiliario de la plaza. De tanto en tanto, atraído por algún recorrido que postula una violación de unas reglas que, aunque no establecidas, parecen cumplirse estrictamente (al menos, sugieren unos caminos aleatorios reforzados), sigue al caminante para evaluar de cerca las causas posibles de dicha desviación – observador estricto, sin establecer vínculo con su objeto de estudio -. Ni en tales instancias lo notan, confundido con la propia sombra o la de una nube.

Dibuja y murmura un ronroneo ininteligible. Casi como si tarareara una melodía primitiva: quizás la cadencia que dio lugar a la necesidad de salmodias, que, a su vez, originaron las religiones como su forma de expresión ordenada y justificada para su prolongación en el tiempo.

Esteban, notario, alcalde, sacristán y director del diario del pueblo, encontró una vez una hoja anotada por Misterioso:

“Tienen voluntad. Los pájaros. La tienen. De alter manera, imposible seguir tal coreografía tal sin que tenga por finalidad el suicidio en masa en bandada aerocardúmen. Y, demás, evidente es la presencia de un patrón, algoritmo de vuelo que aligere la labor volitiva que se vería seriamente desgastada desplumada si se vieran en el trance de decidir en cada abrupto giroviraje. Pienso conjeturo adivino un esquema del tipo que incluye la expresión n+1: siendo “n” la cantidad de pájaros en un momento dado + uno mismo (observador).

[Borroneado. Ilegible].

¿Y si los pensamientos entremezclados del pueblo engendran la ilusión que definimos como “estornino”?

¿Y si los pájaros, posados en las ramas aleros postes, escuchan este ruido caótico que somos – aunque creamos callar -,  y, aturdidos vuelan desesperados para quitarse de encima el bullicio, para conjurar su tenebrosidad por vía de una revoloteada imitación?”

¿Y si somos nosotros los que volamos esas coreografías – se preguntó Esteban ante ese trozo de papel, pero no se lo comentó a nadie, claro está, que hay una reputación –, mientras los pájaros intentan desvelar nuestros métodos para no colisionar, no ya con el resto de los humanos, sino, sobre todo, con nosotros mismos, o con los pensamientos que nos arrastran como si fueran alas autónomas?

A saber la cantidad de tales cavilaciones con pretensión más o menos metafísica habría, a cada momento, dando vueltas por Sausalito. Quizás, Misterioso no sea tan extravagante como apresuradamente podría uno verse tentado a pensar (una forma de pensarse de lo más normalito), sino sólo el único en atreverse a exteriorizar sus obsesiones o su método de existencia.

No busquen explicaciones donde no las hay, dice siempre que puede – porque es herrero, y ya se ha cansado de intentar comunicarse por sobre el fragor de metales lastimándose -, está piantado, y punto. Un loco manso, con su compulsión sencillita, discreta. Yo no andaría postulando tanta interpretación: dicen más de quien las pronuncia que del “loco Misterioso”. Pero allá ustedes.

 

© Marcelo Wio

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