La aduana

 

Espero la entrega de un paquete. Que antes esperó mi padre y, según él, antes su propio padre – pero me parece que sólo era afán de exageración; una debilidad a la que mi padre era muy dado -. Lo que sí es cierto, es que la aduana tiene sus tiempos, que poco tienen que ver con aquellos que gobiernan a los individuos, siempre tan mezquinos, tan breves, comparados con las geologías y las burocracias.

Somos setenta y tres. Dormimos aquí, en la sala 47-B de la Aduana, como buenamente podemos. Nos tratamos por el nombre de pila, y hablamos de pequeños trozos de exterioridad pescados al vuelo cuando, de tanto en tanto, bajamos a buscar dinero que algún familiar nos trae a la puerta de la aduana para comprar la comida que unos pocos vendedores (conchabados para tal negocio monopólico con los funcionarios) ofrecen temprano por la mañana y a última hora de la tarde – otros ingresan a vender ropa, enseres básicos, pero muy a las tantas; y hay hombres y mujeres que concurren los fines de semana con propósitos románticos: saben que sus amantes no dejarán el lugar, lo que les garantiza un adiós definitivo, sin sucesivas escenitas de despecho. De los funcionarios no extraemos mucha información más sobre lo que sucede fuera porque están tan atrapados como nosotros en esta espera, en este interminable trámite: ninguno, a fin de cuentas, sabe nada; ni cuándo se entregarán finalmente los paquetes, qué contienen, ni siquiera si aún existen , o si han existido en primer lugar (se sabe de algún caso en el que hubo algún error en la distribución de avisos de recogida, que se habían duplicado, o generado sin saber bien cómo). Así pues, pasamos el día principalmente contándonos ficciones que nacieron aquí (en esta y en las otras salas y pasillos del edificio), y a las que cada uno va agregando un fleco, un tono, una seña.

Se dice, siempre – casi no hay conversación que no recurra a ello -, que la generación de esperadores y funcionarios del 45 fue muy buena. Posiblemente la mejor. Que inventó una fabulosa serie de mitologías que a día de hoy son insuperables – y que se narran durante la Noche Vieja, luego de brindar con una sidra que nunca es buena -. Lo que es imposible saber, es de a qué 45 hace referencia la afirmación: ¿A 1945? ¿1845? ¿Más pretérita aún? Como fuere, se la venera no tanto por esas historias – una de las cuales afirma que el edificio de la aduana es anterior a la creación del mundo (acaso, se postula, un modelo para llevar a cabo la misma), y que los funcionarios y los esperadores somos siempre los mismos, pero que el dios que nos creó dentro del exiguo territorio edificio de la Aduana – y que posteriormente terminó por delegar sus funciones creando al dios o dioses de todas las religiones que habrían de venir -, se olvidó de nosotros que, imbuidos de una cierta, huelga decirlo, inútil deidad – o desesperación -, hemos logrado o descubierto el poder de convencernos, cada cierto tiempo, de que somos otros: hijos, nietos de quienes, en realidad, somos siempre nosotros mismos. Una forma de deshacer la eternidad, si se quiere. O sus efectos. Pero, decía que no se los venera tanto por estas narraciones, sino porque se dice que en su tiempo se entregó, al menos, un paquete – se hablaba de decenas, al punto que las numerosas salas habrían quedado casi vacías -.

 

-¿Usted sabe qué espera? – es una pregunta habitual. Y, por supuesto, vana. Pero es más una fórmula para entablar una conversación.

-Eventualmente lo sabré cuando me lo entreguen.

-Nunca he visto salir a nadie con nada.

-Nadie aquí ha visto tal cosa.

 

Y entonces, siempre la referencia a la generación del 45 y la velada pero evidente esperanza de ser su repetición, el retorno de ese tiempo. Y luego, ya sí, el interlocutor comienza a hablar de lo que realmente le interesa.

De las ventanillas llaman cada tanto – se genera un nerviosismo y expectación que son de lo más sinceras -, pero siempre es  para corroborar un dato, para firmar otro formulario, o debido a una equivocación del funcionario.

Ratificación aprobación sellado compulsar impuestos sanidad si es biológico libro verificación de derechos de autor en el país visto bueno permiso autorización del ministerio competente tasas. Eso se escucha cada vez que uno concurre a la ventanilla – cosa que sucede una vez al mes, o cada dos; no hay ninguna regularidad en los llamados -. Los burócratas ya han abandonado la utilización de todo elemento del lenguaje que no sirva estrictamente a sus funciones.

Podría decirse, sugerirse, instarse, casi arrogantemente, que bien podríamos abandonar la sede de la aduana (edificio de 4 pisos; la sala en la que espero en se encuentra en el tercer piso). A fin de cuentas, lo que fuese que esperara mi padre o mi abuelo o el ancestro que fuere, deber ser, a esta altura, y en el mejor de los casos, un artículo obsoleto – cuando no un amasijo de componentes inservibles o una podredumbre largamente desaparecida -. Pero quien abandona la aduana renuncia al envío que aguarda. ¿Y si el paquete contiene un incunable, o una joya o un recuerdo familiar valioso? ¿Y si lo que hay fuera del edificio no es más que una sucesión de esperas igualmente fraudulentas, pero sin la seguridad de este espacio, de estos rostros conocidos, de las reglas mínimas e invariables? Estoy convencido de que más de uno de los que están aquí no espera nada. Simplemente llegaron buscando estabilidad, amparo. ¿Quién me puede asegurar que mi padre no llegó así? Y ya lo ve, tal eventualidad no cambia en nada mi espera.

 

 

© Marcelo Wio

 

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