La abuela Norma (un cuento de Sebastián Arroyo)

Por Sebastián Arroyo

Tenía sed.  Me tembló la voz cuando le pedí algo para tomar:

—Abuela, me podés servir un vaso con agua, por favor.

—Ya te dije que no me llames abuela. Soy Norma. ¿Entendés nene?

Yo asentí resignado mientras empezaba otra vez la cuenta de los fósforos. Había llegado a cincuenta y perdí la concentración.

—Y nene ¿están todos los fósforos o me estafaron otra vez? — la escuché decirme mientras se acercaba con el vaso en la mano.

—Perdón, me perdí.

—Dale apurate. ¿O vas a estar toda la tarde con eso?

No contesté. Solo quería que mi papá pasara a buscarme. Odiaba los días en que tenían que trabajar y me dejaban en casa de mi abuela. Escuchaba confundido decir a mis amigos como disfrutaban quedarse en lo de sus abuelos.

El teléfono sonó. Mi abuela, o Norma como tenía que decirle, me miró con resignación:

—Deja nene voy yo. No voy a esperar que vos te levantes – la escuché quejarse mientras se alejaba encorvada a buscar el teléfono.

Los grandes me dijeron que no tenía que escuchar las conversaciones ajenas, pero no pude evitar parar la oreja, perdiendo otra vez la cuenta de los fósforos: “Si, de nuevo me dejaron al mocoso este acá…. Claro, ya se que es mi nieto, pero vos sabes que yo mucho no lo quiero… Y qué querés que diga, si el pibe es insoportable… Claro, claro, pero imaginate encima me lo traen sin comer…”

Mi estómago sonaba en el mismo momento que escuchaba a mi abuela hablar de comida. Cuando llegué, me preguntó “¿y vos nene comiste?; respondí con un imperceptible gesto negativo con la cabeza.  “Me imaginaba. Bueno, fijate que encontrás en la heladera”.

Yo solo había encontrado un par de uvas en un fuentón. Las agarré y me las comí sin quejarme. A las cinco de la tarde la panza me dolía por el hambre.

Bajé los ojos cuando escuché el ruido que sus pantuflas hicieron en el pasillo. Se volvió a sentar en el sillón sin mirarme y subió el volumen de la tele. Yo la miré de reojo desde el piso frío: “Veinte, veintiuno, veintidós…”

—¿Y terminaste? ¿Hace más de una hora que estás con esos fósforos? ¿Vos no serás medio tontito? Dale que cuando termines tengo otra cosita para vos.

Yo quería mentirle y decirle que estaban todos los fósforos, pero no me animé. El viernes anterior le había mentido – ella los contó uno por uno solo para ver si yo le decía la verdad – y me encerró más de dos horas en el baño con la puerta cerrada. Tampoco quería que me pase como esa vez que le dije que la caja estaba bien y volcó un paquete de arroz en el piso para que yo los juntara.

El timbre me sobresaltó. Fue como en la película esa que habíamos visto con mi primo en la que el boxeador ensangrentado escucha la campana y sale tambaleante hacia un rincón; antes de que mi abuela gritara “nene por fin llegó tu papá”, yo ya tenía la campera puesta.

Ver a mi papá aparecer por la puerta era como haber visto a uno de esos ángeles de los libros que me leía mamá antes de dormir. Corrí y le abracé las piernas mientras escuchaba a la abuela decirle a mi papá “que lindo es este chico”.

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