Intrincado glosario

Hay, en el vago murmullo que persevera contra las horas, una disposición a la historicidad: cuenta, a su manera, episodios familiares mezclados con mistificaciones y confusiones sintomáticas. Retazos de escenas y eventos que se van uniendo sutilmente por una exégesis irreflexiva, y que van componiendo una saga escueta, ceñida a la amplia falda de su abuela paterna – Cándida -, a sus padres, a un rejunte de tíos sin nombre y sin propósito, y a una frondosidad de hermanos legítimos y, sobre todo, ilegítimos.

Va diciendo ese rosario de recuerdos y falsificaciones fabuleras por las calles del pueblo. Procesión de hombre solo. Quien se lo cruce varias veces en un día podrá, si presta atención, vislumbrar algo de la idiosincracia de los Romero Viana. Pero nadie acierta a dar con él más de una vez, como mucho, en el transcurso de una jornada; y ya nadie se percata de su presencia. Él camina recto hasta que se le escurre el pueblo bajo los pies, entonces gira para embocar su retahíla por otra callejuela.

Ya nadie se acuerda desde cuándo va y viene con esa cantinela remisa. Ni siquiera los suyos. Quedó detrimentado aquella noche sin hora en que la puta de Avelina le evidenció, en su cama, con saña y premeditismo, la cornamentación abundosa que le había ido fabricando – la cocinera Eugenia cuenta, cada aniversario del desvarío de Principiano. Fornicaria, mujer de humedales y fogones, lo esperó toda concupiscente, que no vengan a decir que el pobre llegó antes, endosándole así la culpa de sus propios protuberios frontales; lo esperó para que la hallara en plenas frotaciones y libidosidades adulterinas.

La historia que cuenta la abuela Cándida difiere sustancialmente. Tanto, que es otra. Siempre tuvo un grumo en la cabeza, una trabazón entre la evidencia y las causas que encontraba para las consecuencias que imaginaba. Y lo peor de todo, es que el razonamiento le funcionaba para el lado de lo nocivo, lo suspicaz y lo retorcido. Al poco de casarse comenzó a celar a la pobre Avelina: que si miraba o no, que si miraba más de lo debido, que si sonreía, que qué carajos había sido ese gesto al tipo ese, a cuál, no te hagas la tonta que sabes muy bien, el alto ese bien repeinado. Amargada la tenía. Restringiéndole los pasos, los gestos, las palabras. Esa noche desgraciada llegó, como le había dado por llegar, con la vida nublada de ron. Y a saber si en el camino vino imaginando infidelidades y lujurias o qué corno; pero llegó con una violencia sin frenos ni represiones: turba vaporizada de imaginerías y alcoholes. Si mi hijo – su padre -, no llega a tiempo, la mata a la pobre chica.

Su padre, Ernestino, refrenda la versión de su abuela. Desde el vamos vino chueco. Nació raro. Sin llantos, ni para pedir ingesta o afecto. De ninguno de los dos le faltó; aunque del último rehuía como si temiese mancharse internamente: se podía sentir su repulsa, el asco que sentía cada vez que uno lo abrazaba o intentaba hacerlo. ¿Sabe qué? Era como si nos hubiese utilizado, a su madre y a mí, para nacer. Como si sus hermanos fueran imponderables con los que tenía que contemporizar levemente. Como si todos fuesen una existencia innecesaria para el mundo que era de él.

Lo de Avelina fue un invento de Eugenia, dolida por los desplantes masticatorios de Principiano, pragmático en temas alimenticios y poco dado al halago conmiserativo de las comidas. Avelina, entonces, vivía en concubinato con un mancebo de un pueblo vecino. Eso recita Lautara, hermana de Principiano. A mi hermano lo hechó a perder mi madre, consentidora y destemperamentada, quería ahorrarle al hijo el esfuerzo de enhebrar su vida. Lo fue entonteciendo para lo social, atribulándole la sesera. La noche en que se le terminaron de extraviar las razones, fue la mezcla de humedad, presión atmosférica, alcoholes y la visión de mis padres – sus padres – en acto sicalíptico: reacción de niño protuberándole del inconsciente, reivindicado territorialidades emotivas. Ni Avelina ni nada. Mi hermano no estaba casado. No le interesaba la compañía de ningún tipo. Arisco y huraño. Raro como pocos.

Esa noche, dicen, cuando culebreaba de regreso a su casa, sostenido por la acostumbrada sabiduría del camino, una vieja de otra vida le susurró unas palabras al oído que mentaban horrores y parásitos y una realidad derretida. Una vieja que surgió de un pasado no tan remoto, para ejecutar la jaculatoria venganza que se había prometida a sí misma cuando Cándida Rosales le robó el novio, el povernir y la dignidad, enchastrándola de desprestigio e inquina. No pudo, por motivos de densidad e impenetrabilidad anímica, cumplir el desquite sobre el hijo de ésta y Elpidio Romero Viana, Ernestino. Así pues, tuvo que transferir el ímpetu y el resentimiento a su nieto. Había recogido las palabras de una macumba especialmente truculenta, las había aristado de perturbaciones depravadas, había practicado el tono, el ritmo, y había perdido la vida obedeciendo a ese entrenamiento repetido.

No pocos aseguran que nació tonto; y punto. A saber qué peregrinadas inventan. En este pueblo la gente es dada a las fabulerías. No se los puede culpar: tenemos unas pocas consecuencias siempre iguales a las causas, que a su vez, son iguales a sí mismas; así que cuando la cotidianeidad ofrece la menor oportunidad, se calientan las pensaderas y las vipéreas y surge el folklore o la difamación más vulgar.

Dicen, otros, que musita la historia familiar, pero lo cierto es que va nombrando los miedos sólidos, voraces, de cada silencio del pueblo, como si los pudiera oír desde ese lado en el que transita: zona de pocas obsesiones sin estorbo, puro oído involuntarioso. Acaso si todos prestaran atención y descifraran las masticaciones verbales, se verían a sí mismos con solidaria condescendencia: tumulto de pavores consolándose en una retícula de sobreentendidos y silencios resignificados. Ningún cambio, realmente. Porque los temores siguirían obrando su nigromancia. Pero claro, todos saben lo que parlamenta entre dientes. Por eso mismo, trincherita colectiva: le inventaron lo de la historieta parentelar con sus causalidades cambiantes como motivo del soliloquio monótono y reiterado, casi monástico.

Por las noches, más de una viuda y una noviecita que porfia fraudulentas castidades se benefician de su potencia de macho sin lujuria – muy probablemente anhedónico -. Lo he visto, refiere Anunciadora, colándose por una ventana como si atravesara la misma materialidad de las paredes y las tentaciones ignífugas. Instigando con sus emanaciones de íncubo una acción irreversible, pero reservándose para él la pasividad donde quedan intactas todas las posibilidades y las exoneraciones. Y cuando sale de estos lances ilícitos, bisbisea los trozos anárquicos de una maldita bendición que se niega a ser pronunciada (permutación esquiva): un rencor de tonto contra todos, que pretende la aprobación de la constumbre: el acuerdo de los demás respecto de una decisión (por más involuntaria que ésta sea, o se pretenda que sea) propia: coartada o implicación de cómplices, anulación de responsabilidades en una consuetudinaria permisividad. Mientras él se resguarda en el impreciso territorio susrrante que no llega nunca a engendrar palabra, acto, hecho, implicación.

Esa imagen de Principiano, de tipo que va y viene mascullando, es una imagen falaz. O, más bien, incompleta. Desenmarcada. Dice Tranquilino, mientras desbasta una rama con pretenciones de vigalización de techumbre. En este pueblo todos los hombres murmuran para acompañarse. Susurran revanchas y deseos que no van a ejecutar, palabras para sí mismos, parlamentos que tendrían que haber dicho y que no dijeron y que ya es tarde pero que terminan por salir en ese anonimato inocuo, por reprimido. Hoy puede ser Romancero, mañana puede ser Basilio, pasado, tal vez, Tomasino. Todo el mundo farfulla. Y siempre hay alguien que algún día murmura más que otros, y más alto. Y en el pueblos, de tanto verse, todos terminan por parecerse: murmullos y rostros. Mas, por algún motivo, en este pueblo, al murmurar le han puesto el rostro de Principiano; y a esa musitación, le han adosado varias historias y exégesis. Todas falsas, y por ello mismo, atrayentes. Que dice condenas, que elabora redenciones, o que amaga advertencias. Todo el rango de disparates caben en la ignorancia de lo murmurado. El aburrimiento y la mismidad encuentran sus distracciones en lo más cotidiano, en lo más banal.

Es facil refutar especulaciones, dice Raimundo, sentado en una banqueta bajo el reparo de una visera de hojas anchas que oficia de techo precario de su choza -; basta la sugerencia de un hecho mínimo – incluso aunque no tenga relación alguna con el asunto – para desbarrancar la poca verosimilitud que pudieran haber tenido. Y en este caso, el hecho está directamente relacionado. Detras de la boscosidad tupida que linda con el pueblo, hay un pueblo casi idéntico a este, que es este, con sus mismas gentes; pero gobernado por otras naturalezas legales: un niño cruza el portal de su casa y es adulto, y al volver a cruzarlo no ha nacido – en realidad, un poco como nos pasa a todos algunos días que inmolamos inocencias atesoradas -. Uno, que soy yo, es otro: como si hubiese tomado otras decisiones. pero habiendo tomado las mismas, o unas muy similares. Porque no hay un gran catastro de elecciones de las que picotear: las miserias son las mismas. Y detrás de la espesura que abraza a ese pueblo, que es casi este, hay otro pueblo que es casi sinónimo. Y así, uno tras otro, como un rosario de igualdades apenas distintas – pero ese “apenas” contiene imposibilidades posibles, magias tubadoras -. Todos los pueblos terminan por ser el mismo.

Lo he seguido, a Principiano. De Pueblo en pueblo, dispuestos éstos en una parábola apretada, constreñida, más bien un bucle que termina por llegar al punto inicial – no exactamente, sino en una calle paralela -. He oído con claridad las palabras que componen ese rumiar: constataciones dolorosas y resignaciones. La evidencia de ese destino curvo que escasamente permite instancias casi idénticas, y que termina por conducir siempre al mismo lugar (a lo sumo dos pasos más allá), a la misma circunstancia inalterada. Es la lucha de la evidencia contra la falluta adulación de la comodidad, con sus consejos que son trampas a futuro. Cavila entre los maxilares, como masticando la idea, desarmándola para una digestión exegética más liviana: acaso todas las decisiones que haya tomado (y las que no), sumen una nulidad, el mismo resultado inevitable: es el entorno el que termina por imponer sus decisiones determinantes.

Y claro, ante esta evidencia metafísica, son más convenientes las explicaciones extraordinarias para la sanidad mental de estas gentes buenas pero muy sencillas para asomarse a las exactitudes que lo convierten a uno en un decimal redondeable. Y claro, con quién va a hablar Principiano de lo entrevisto sino es consigo mismo. De ahí que murmure. No va a andar gritándo a los cuatro vientos lo que ninguno quiere oír.

 

© Marcelo Wio

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