Innominada

Tenía la voz de Nina Simone (Love or leave me), pero su nombre era evidentemente otro, aunque también ella estuviera induciéndome un sueño – o un spell o una precipitación de sugestiones – que me iba deshaciendo como un otoño en Nueva Inglaterra, como un saxofón después de una función sin público ni ganas ejecutada porque un contrato a una hora en que sólo se puede tocar el algo que parece jazz o blues para salvarse de los destinos y las furias y los silencios. Tenía una mirada que descoyuntaba con esos ojos Hayworth que parecían decir quiero tú obedeces yo gobierno tú entregas yo tomo tú mueres muchas muertes sin morir porque el hilo palpable de sus retinas constreñía lo que veía en una secuencia inmutable de padeceres agradables de fallecimientos con resurrección garantizada aunque la vida posterior fuese una verdadera mierda pero aún así existía la posibilidad de una continuidad más o menos seria y una posibilidad segura de arrojarse a la entrega incondicional para ver qué surgía de todo eso. Y tenía las manos de Lola escultora, y con ellas moldeaba las circunstancias y las intenciones (e intuiciones) con la destreza de una ilusionista que obra para perpetuar su creación y, con ella, ella misma, o el nombre que tiene al momento de urdir. Y tenía un cuerpo muy Maria Cucinotta, lo juro: un reclamo inequívoco, que no admitía negativas porque cuerpos como ese no fueron impuestos a la historia para la contemplación inmutable y temerosa: hay que participar de la fortuna de su existencia, hundirse en ellos, perderse sin remordimientos ni pretensiones de redención: simplemente olvidarse de uno en las ondulaciones perfectas, en los pliegues remotos de la evolución de las células. El nombre… El nombre no lo recuerdo. Pero, ¿qué es un nombre? El nombre sólo nombra, sólo sirve para que un rostro (o varios, según la popularidad del nombre) se gire en una multitud ante una voz que reconoce. Para nada más – además de reducir a una persona a un vocablo, como si tal cosa fueese posible. El nombre no posee más fuerza que la de una casualidad compartida. Es, porque así se inscribe en los catastros de la existencia. Además, cualquiera haya sido su nombre, no tenía nada que ver con esa agregación de estados rotundos.

 

© Marcelo Wio

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