Inicio de la declinación del asombro

Incapaz de asombro. Condenada a monotonías del ánimo; aunque sin el alivio de la precepción y comprensión de la fascinación experimentada por las gentes que la rodeaban. Comenzó como una decoloración en la piel, alrededor de los ojos. No tendría ni dos años. Una decoloración que no decoloraba. Era la impronta de un proceso. Benevolencia del rector de las cosas de la vida, la de ofrecer un modo de advertir una contingencia en la biología de la niña. Los ojos, que eran los mismos, vivaces de niña apabullada de entorno aún novedoso – y lo que le quedaba por conocer -. Ojos de un azul turquesa que evocaba mares que por allí no se conocían: tierra adentrada en la tierra. Y esa decoloración actuaba sobre los ojos, hurtándoles algo que no era el color, firme, inalterable, tozudo. De porfiado, el color, jugaba a las mutaciones: índigo, cielo de las once de la mañana en plena primavera, azur, azul hecho de azul sin trazas de partículas extrañas; azul como la voz de su abuela Henriqueta contando el mismo cariño en forma de anécdota. Alardeaban los escudos de los ojos. Pero esa tela de nadie sabía qué avanzaba sobre ellos. Se plegaba la tela, aumentándose. El color intacto, como una verdad a la que se le empiezan a sospechar huellas de insinceridad. La niña, como las otras. Creciendo. Conociendo – que es lo mismo que decir, desconociendo aún más que antes -. Jugando a la rayuela sobre la tierra rojiza. Saltando una soga que era imaginaria – más fácil de llevar, y de recordar hacerlo -. Sondeando edades que aún no eran. Debe haber sido al poco de cumplir los diez años. Sí, porque ese fue el año que llegó el circo: conjunto de saltimbanquis, acróbatas de dudoso equilibrio, prestidigitadores que apenas engañaban en la penunmbra, forzudos, titiriteros, adivinos, magos, escapistas y una variedad de embelesadores y cándidos tramposos. Buscavidas. Rejunte de historias que buscaban ser rescatados, pero que habían comprendido que tal evento les estaba vedado, y que sólo les era dado mitigar la decepción manteniéndose en movimiento. Yendo de un lado a otro, sin repetir población, y enredando en divertimentos livianos a los lugareños. Fue ese año. El circo llegó unos días, o semanas de las cortas, después de su décimo cumpleaños. El pueblo entero se juntó debajo de esa carpa de remilgos y rotos. Tres noches estuvieron. Apenas para actuar una de esas veladas; y contar, en las dos restantes, algunas crónicas de lugares de los que uno no tenía siquiera noticias de su existencia. Historias fantásticas. Lugares gobernados por otras leyes de la naturaleza. Donde lo que aquí está debajo, allí bien podía estar arriba: por ejemplo, los árboles, en Gábalo, refirieron, extienden sus raíces, llenas de hojas, hacia alturas prepotentes; mientras sus ramas, desnudas, se hunden en suelos mezquinos en humedades. Fue la tercera noche que lo notamos. Lo notó la abuela. Con sus ojos de mirada de privilegio para la pequeñaja. La abuela siempre supo o sospechó algo. Esta niña no es como las otras. Porque es la nuestra. No, porque no es como las otras. Ni como los niños. Ni como los mayores. No sé si esa disimilitud es cosa buena. Pero está ahí. Eres tú, con tus ojos de abuela. No son los ojos de abuela los ven tal cosa. Son de vieja. Fue, entonces, esa noche. Fuegos encendidos con fines de lumbre: cocimientos e iluminiaciones. Pequeños grupos alrededor de las fogatas. Galaxias que se intercambiaban planetas sin problema alguno. Cada hoguera una historia o una predicción. Estaba la abuela, con la niña, otras dos mujeres, el herrero, y tres crías más, de la edad de la nieta – o de edades que le rondaban aledañamente -. Hablaba un hombre. Contaba sucesos de islas dispuestas en un mar ubicado en otra parte de la historia, posiblemente. Contaba las costumbres de los lugareños. Poco material para el deslumbramiento. El hombre lo percibió. Una de las mujeres ya se había fugado hacia otra hoguera. El herrero andaba en tratativas, con su peso, de ponerse de pie para tomarse las de Villadiego. Entonces el relator mencionó las habilidades con el fuego de una de tribu de una isla de la que no supo dar nombre ni seña geográfica. Al herrero le interesó la cuestión fueguina. Comenzó el hombre a relatar unas genealogías de dioses, unas disputas incomprensibles y, de pronto, hizo un gesto con la mano, como si arrojase algo, aire, hacia el fuego, y éste se inflamó de blanco, emitiendo destellos en semicírculo. Todos compusieron el gesto del asombro: más bien, el abandono de tonicidad muscular, la apropiación de lo externo sobre lo interno. El cerebro paralizado ante lo ignorado. Lo súbito. Todos menos la niña. Los ojos azules sirviéndose de la intensidad de la luz para impresionar color nuevo. El rostro, el mismo que había tenido hasta un instante antes: un tedio educado, paciente; un aburrimiento con la leve esperanza de alguna novedad. La niña no se asombra. Eso dijo la abuela al día siguiente. Y quien no se asombra, es que ha visto. Mucho. Esta niña no es de este tiempo. No es de este lugar. Esta niña viene a decir algo que ninguno queremos oír. ¿Y qué hacer, abuela? Lo que se ha hecho siempre. No sea desalmada abuela. No seas bruta; qué ideas me adjudicas. Lo que se ha hecho siempre, es encontrar el beneficio que siempre da lo distinto, lo inesperado. ¿Qué provecho puede haber en la falta de asombro? Pues, mira, así, a bote pronto: la suerte de los naipes está en el rostro, en su habilidad para no decir, para no delatar (el asombro delata). Abuela, deje de pensar comercios con la niña. ¿Que no se asombra? Pues mejor para ella. El asombro siempre, invariablemente, trae prendida una decepción. Todo un no, en esta familia que se queja de estrecheces, pero que nunca ha formulado un afán emprendedor. En cuanto alguien columbra siquiera la posibilidad de un rédito, saltan con esas morales de docilidad y resignación. De miedo. Le ha dado la vena capitalista a la abuela hoy. Yo te voy a dar vena a ti. De la poética. La niña, afuera, azulaba el suelo que miraba. Pequeños océanos, dijo la vieja, aún, para que la oyeran – restos de resistencia vencida, de orgullo guareciéndose -. La niña que contiene mares… Venid, venid, esta niña miró de pequeña un cielo despejado como nunca más volvió a haber, venid, mirad el cielo en su mirada por sólo dos reales… Todavía que tales cuestiones pueden despertar curiosidad, un ínfimo asombro. La niña no es una rareza. Es un síntoma de lo que sobrevendrá. Tanta ambición por conocerlo todo, nos dejará sin asombro y con una nueva fe sin la fantasía de redenciones consoladoras. La niña, el azul, en sus ojos, venid, que se extingue… La vieja, pasando junto a la niña, encharcada de azul indiferente.

 

© Marcelo Wio

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