Historia legal del penal

Publicado originalmente en Ni más ni menos

 

El fútbol, en lo que a reglamentación se refiere, tuvo mucho de prueba y error. Por algún motivo – negligencia, desidia, o vaya a saber qué -, muchas historias relacionadas directa o indirectamente con estos inicios de tanteos, pifias y carambolas, han sido ninguneadas hasta el olvido.

Mas, tuve la suerte de oír una de esas historias, en una estación de tren en Holanda, donde se me acercó un hombre mayor que me escuchó hablando por teléfono en español. Sos argetino, me dijo, indicando a su vez un lugar a su lado, en el banco.

Cesáreo Cattaneo, se presentó. Me fui de la Patagonia en un barco pesquero holandés y ya no volví más. Hace más de cuarenta años de eso. Una breve reseña de andanzas o derroteros que lo iban llevando, indefectiblemente, a un destierro fortuito. Pero no abundó en las memorias que lo involucraban a él. Cesáreo quería contar otra cosa; como quien está desesperado por pasar una clave por temor a morirse que que ésta se pierda y la puerta o lo que sea que abra, quede irremediablemente cerrado.

Los ingleses eran bastante chambones. De veras. Eran tipos con suerte, pero chambones. Cada vez que crearon algo, lo hicieron para el traste, y otros tuvieron que ir a arreglar el desaguisado (aunque ellos se colgaban los laureles); o lo aplicaban (por azar, sin intervención de la inteligencia) algo que no tenía nada que ver con los planes iniciales, y funcionaba – malicié una inquina que venía de largo con los ingleses; más precisamente, con alguno en particular, y que se disimulaba en el conjunto de dicha nacionalidad; yo lo he hecho con un portugués y con un finlandés que sedujeron mujeres que yo quería en secreto -. Y en el fútbol no hubo excepción. Cuando se pensaron los penales, se olvidaron, ni más ni menos, de reglamentar que el pateador debía hacer efectivo el disparo a la orden del árbitro.

Dirás que es una macana menor. No, querido. De menor, nada. En el pueblo de Barda Alta, en la meseta patagónica, en un partido que definía la liga regional entre Forajidos del Sur y Atlético Esperanza (hoy desaparecidos), se dio una situación que grafica la omisión de la normativa en toda su dimensión.

El pateador se plantó ante el balón, y esperó un leve movimiento del portero que delatara un ladeo, una inclinación hacia un costado, para aprovechar esa ventaja mínima y clavarla el lado opuesto. Le amagaba sutilmente con la mirada, con la intención de provocar ese desplazamiento suficiente para provocar el llamado “a contra pierna”. El portero estaba estático, conociendo ese juego de engatuzamientos, de amagues – incluso, de males de ojos -. Los dos firmes, no dando a torcer ni un céntimetro de intención, de tozudez.

A los dos o tres minutos, el árbitro le ordenó al pateador que ejecutara el penal. Pero no había ninguna regla en ese sentido: es decir, el árbitro sólo podía sugerir que se pateara, pero no tenía autoridad legal para ordenar que así se hiciera. En términos legales, la opinión del juez no era vinculante, era una mera recomendación con aires legales; y se encontraban ante un vacío reglamentario preocupante.

De hecho, se pusieron a discutir, como se hacía antes (con respeto, prestándose la palabra, tratándose de usted), sobre el asunto. Elpidio Vega (así se llamaba el pateador) dijo – en lo que acaso fue más bien una argumentación más cercana a la filosofía del derecho que un mreo comentario al reglamento deportivo – que de hecho, ni siquiera estaba contemplado que se tuviera que patear dentro del tiempo reglamentario.

Es más, estuvo de acuerdo el portero, Aníbal Echagüe (mostrando una integridad moral que más de uno ahora quisiera tener para sí), el penal es el único evento que puede ocurrir una vez concluya el tiempo reglamentario – y tampoco, en este caso, se indica un periódo máximo de tiempo para ejecutar la pena; con lo cual podría diferirse ad aeternum (sí, muchacho, los futbolistas de antes también sabían expresarse… No te das una idea cómo ha cambiado todo). Me la daba. Más de lo que el hombre se imaginaba.

A todo esto, el árbitro era poco dado a la silogística, y aquellos dos se habían entusiasmado y ergotizaban el asunto que mamma mía.

Te hago corto lo que no es prolongado. El tiempo terminó, Vega y Echagüe seguían ahí plantados – ahora, más que nada, como una declaración de principios -. El árbitro era de otro pueblo y no quería que se le hiciera tarde – volvía a caballo y quería aprovechar la luz -, así que suspendió el partido y dijo que la próxima semana, acaso, ya si eso, se resolvía el asunto. De más está decir que no volvió a la semana siguiente, ni a la siguiente, ni nunca.

Elpidio y Aníbal siguieron allí, firmes, midiéndose, ora de pie, ora sentados, ora acurrucados en un sueño liviano, vigilante; al principio por un orgullo zonzo, mas luego, aceptando que el destino era esa misma espera de un hecho que no tendría lugar, y no el banal suceso del disparo de un penal – un tiempo después de que Cattaneo me refieriera el asunto, indagué un poco más (sobre todo, con afán de verificación), y me encontré con algunos testimonios que afirmaban que de joven Samuel Beckett había andado por la Patagonia, y que había conocido la historia y la había adaptado a una obra de teatro sobre una espera absurda o algo por el estilo).

Elpidio y Aníbal, pues, quedaron allí, en el predio, esperando lo inacontecible, por llamarlo de alguna manera, unidos por un balón que era una suerte de indeterminación, de algo que no podía intervenir en el devenir de las cosas; es decir, que no podía ser profanado con una patada final.

Mientras los dos hombres perserveraban allí, los yuyos y las areniscas iban reclamando potestad sobre el territorio y sus adyacencias.

Meses después, me enteré en Londres, que la noticia del suceso llegó a Buenos Aires y, de allí, rápidamente a Inglaterra, donde se decidió que el árbitro daría la orden de lanzamiento de la pena máxima; y había que patear y punto – el añadido no tiene fecha alguna -.

 

© Marcelo Wio

1 Comentario

  1. Penal
    Fue muy claro que el jugador entró en el área para provocar la infracción, pero no todos lo interpretaron de la misma manera: ‘se tiró’, dijeron unos, ‘qué bien la hizo’, opinaron los demás. La pitada del árbitro fue festejada largamente por la ‘hinchada’ beneficiada y los jugadores de su equipo, cuyo héroe saludó a la afición con cabriolas y saltos ornamentales hasta el momento en que los suyos lo derribaron (esta vez sí), para construir sobre él una pirámide con sus propios cuerpos, la que terminó derrumbándose por su peso, la movilidad de sus bloques y algún que otro defecto constructivo. El arquero y varios defensas tardaron en atravesar el campo de juego y sólo encontraron ruinas, así que debieron conformarse con algunos pocos abrazos, besos y tocaditas de culo. Mientras el árbitro elegía el mejor ángulo para la foto, el equipo perjudicado ‘se le fue al humo’; suerte que los beneficiados salieron a protegerlo, una vez terminados los festejos.
    No cesaban de caer toda clase de proyectiles, en tanto se molestaban en recordarle al árbitro el pasado poco presentable de su madre y le aseguraban que ‘a la salida’ se arreglarían mejor las cosas. El capitán del equipo perjudicado quiso explicarle al juez algo relativo a la distancia que separaba a los implicados en el tan desdichado incidente, pero éste replicó con un drástico ‘sálgame de encima’, cerrando el caso. El árbitro parecía el monumento al bobo, mirando fijamente a una pelota apoyada en un punto blanco ubicado para la ejecución de la pena máxima, a once metros del arco.
    Los jugadores injuriados insistieron por última vez, no tanto para intentar modificar la decisión de su Señoría, como para condicionar el futuro accionar de éste y los beneficiarios se extremaron en buenos consejos a sus rivales explicándoles que ‘ya está’, al tiempo que con leves empujones separaban a los ofendidos del juez quien, impávido, sólo esperaba un poco de calma para que la ley pudiera ser cumplida. En el forcejeo hubo algún que otro cachetazo leve, casi cariñoso, pero un jugador del equipo perjudicado no lo entendió así, desplomándose en el piso. La presión del público se hizo cada vez mayor, como mejor su puntería. Piedras, latas, botellas, ‘hijos de puta’ y dos tarjetas amarillas. La policía se inquietó y llamó al orden con gases lacrimógenos. Hubo gran tensión en el estadio. Se adelantó el arquero, para sugerirle cosas inquietantes al llamado a ejecutar el penal, aprovechando la proximidad de éste quien, por ‘cábala’, acostumbra – en estos casos – girar el balón hacia atrás pero desplazándolo hacia adelante, apoyándolo en el extremo más adelantado posible del mítico punto blanco, aunque sin salirse de él.
    El árbitro advirtió al arquero y este último regresó hasta la línea de gol, se acomodó los guantes, escupió, agitó los brazos y dio pequeños saltitos. Finalmente se detuvo en una posición característica. Su verdugo tomó carrera de seis pasos y se perfiló como quien va a tirar hacia el vertical derecho del arquero e hizo un pequeño hamaque al comenzar su marcha con la supuesta intención de engañar o por simple costumbre. Parecía muy decidido.
    Dejaron de oírse insultos y réplicas en las tribunas y sólo se intuía una gran tensión que inmovilizaba a sus ocupantes quienes – aferrados a sus radios portátiles, como el niño que da sus primeros pasos se toma de algún juguete o cualquier otra cosa – esperaban el desenlace de la jugada. Los más activos optaron por silbar.
    El ‘shoteador’ impulsó correctamente la pelota con suficiente vehemencia y la cara interior del pie derecho, mientras que el golero equivocó el palo por el que tenía previamente pensado ‘jugarse’ y en ese instante nadie se atrevió a soltar la respiración; pero ocurrió que la díscola pelota optó por acariciar el poste en su cara exterior, dejando el marcador tal cual estaba antes del drama.
    Ya nadie se acordó del héroe ni de la injuriosa infracción. Se antepuso al árbitro la decisión divina o se hizo justicia, según algunos. Otros se lamentaron muy dolidamente o silbaron e insultaron al ‘patadura’, mientras que los que antes silbaban ahora cantan loas a su equipo, destacando la magnificencia de sus colores o reclamando un planteo más viril en el partido por parte de los suyos. El reclamo es recibido por estos de una rara forma, ya que luego de gritos y exclamaciones cuya transcripción debiera estar reñida con las costumbres, se dan a un festejo balsámico de besos y abrazos y tocaditas de culo.
    En el bando doblemente humillado, están los que se acercan a consolar al compañero en desgracia quien echado a su suerte, y al piso, se merece todo lo que le digan y hagan. La hinchada, mientras tanto comenta…
    El árbitro anota en su libretita, y aquí no pasó nada.

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