Final de juego

No sé cuándo te vi por primera vez. Ni dónde. En realidad, nunca lo pensé. Tampoco hay motivos para entrar en historicismos. Siempre fuiste una existencia presente; una acumulación de actualidades. Así, el pasado y el presente se vinculan en una unidad incontestable y acabada: si digo “te vi”, estoy diciendo “te veo”.

“Te vi en un parque” es, también, “te veo en un parque”. En ese de la estatua de San Perpetuo y la coronación de los Saltimbanquis. Vos llevabas (vos llevás) un trajecito tweed abrigado que me pareció entrañable – por lo anacrónicos y porque resaltaba una cualidad que entonces no supe definir (y que ahora creo que tiene que ver con aquello que yo esperaba ver ese día, de la circunstancia que andaba deseando, sin ser consciente de ello). Te aproximaste a las mesas de ajedrez donde los viejos se mienten astucias y anécdotas, donde se crean pasados momentáneos y se hacen trampas evidentes pero excusables.

Vos revoloteabas (vos revoloteás) entre las mesas con aire de disculpa – del todo innecesaria, porque los viejos no se percataban de tu presencia, enfrascados como estaban en cuitas sin consecuencias y en las causas de las causas de las palabras que sostienen las horas entre la tregua del parque y el hastío o el temor a la soledad en la piecita de la pensión, que es temor a la muerte.

Te vi (te veo) porque te había buscado. Es la verdad. O no… A medias: te había imaginado, más que buscado, en esas horas que a mí se me amontonan como querellas desde que tengo uso de razón (huso de razón, un huso para devanar la razón, o para unir dos o más ideas, pensamientos, razones). Por eso, cuando te vi, un escepticismo me creció en el sistema límbico (más bien un temor, una cobardía) y, principalmente, en el lóbulo occipital (la duda de la interpretación de las imágenes: ¿existencia o ilusión?). Y es que te había imaginado-creado tantas veces, que bien podías ser un reflejo de mis necesidades, un espejismo invernal atribuible a mi soledad, al revuelo de hojas secas y a esa negligencia de bufandas y abrigos agitados.

Como sea, te vi (te veo). Y sin creer del todo en que fueses un hecho real, ajena a mi intervención, te seguí de lejos, temeroso de violar las reglas de la eventual casualidad. Te seguí hasta ese grupo de mesas de ajedrez ocupadas por viejos ociosos.

Te quedaste (te quedás) orbitando esas soledades solidarias hasta que el último viejo se marchó. Eso me hizo dudar aún más de tu existencia del lado de acá. Vos-en-mis-sueños no podías actuar de otra manera: habrías imaginado la vida de cada uno de los veteranos y me habrías traído esas historias como un regalo para ofrecérmelas en la cama, donde habrías abierto el paquete de palabras sobre las sábanas arrugadas y los restos de entusiasmo. Justamente esa duda me hizo preguntarme si debía acercarme (y cómo hacerlo): si eras la materialización provisoria de mis quimeras, mi presencia rompería el embrujo; en cambio, si eras vos, autónoma, real, sin parentesco con las tramas de mis glándulas y circunvoluciones, entonces cualquier precipitación podría espantar la espontaneidad de tu presencia, de la posibilidad de una respuesta sonreída, de un gesto que me invitara a sentar frente a ti ante una de esas mesas de ajedrez y a disponer las piezas a la marchanta, a la que te criaste, para comenzar una partida sin reglas, pura intuición, pero coherente, lógica e infinita, mientras nuestros ojos charlarían largas disquisiciones.

Si procedo como si existiera, y no existe, no pierdo nada
Si procedo como si existiera, y existe, puedo ganar.
Si no procedo, pierdo.

Si es una proyección de mis ilusiones, sólo hablar con ella supondría violar la separación de instancias… O, peor aún, intervenir en una historia accesoria donde ella y yo efectivamente en otro plano, real, incontestable; donde ella y yo más somos más que la eventualidad de una manifestación ficticia… Ah, la impertinencia de las dudas, el incordio de la costumbre de haber sucumbido a los conjuros conformistas que uno termina por concebir para diseñar (o creer) una alternativa que, por ilusoria, no deja de ser menos real o, mejor dicho…, menos válida que cualquier otra decisión o resolución de las tantas que se toman para lidiar con lo que se impone como real, aceptado, o conveniente con un supuesto carácter general.

¿Triunfo invariable de la ilusión sobre la realidad?

Bueno… todos tenemos nuestro santuario de abstracciones… ¿Y si la realidad fuese sólo una sublime aberración de la imaginación – un producto deficiente de ésta?

Como fuere, estoy sentado (estaba sentado) frente a vos. Las piezas (sacaste unas piezas de la cartera, y completamos el resto con lo que había a mano) dispuestas sobre el tablero. Movés un caballo hacia atrás, y aparece por detrás de mi defensa (tres peones, un alfil, el rey, dos piedritas, un palito y 3 caracoles). Avanzo mi torre en zigzag y la planto delante de tu cabito de hoja de plátano.

Gambito de cáscara de pistacho: dos cáscaras a la casilla donde tengo un soldadito de plomo sin brazos, que así queda inmovilizado y te permite centrarte en mi flanco derecho (dirigido por un peón negro desteñido con fama de buen estratega y de luchador temerario). Sin decírmelo (tu voz habría sonado pequeña, lejana, como hechas por retazos de ausencia), me decís (me dijiste) – ¿cómo entiendo tus palabras-sin-palabras? ¿porque sos parte de una fabulación que me pertenece? – que el juego no necesariamente está sucediendo tal cual lo ejecutamos, sino que hay que tener en cuenta todas las decisiones que no tomamos, y sus ramificaciones consecuentes. El juego es infinito, porque tiene en cuenta todas las posibilidades – y porque estas suceden y afectan al juego parcial que uno juega (o cree jugar). El juego – conjeturo – es una prisión, porque aunque uno deje de participar, de jugar, continúa haciéndolo en cada una de las otras instancias… ¿Ella es una carcelera? ¿Es un engaño del tiempo? ¿Una confabulación de las ansiedades?

¿Cuántas observaciones he de realizar antes de poder decidir, con algún grado de confianza si su existencia es ajena a mí?

¿Siempre aquí en el parque? Porque, ahora que lo pienso, siempre la veo/imagino en esta circunstancia… Aunque puede ser que, existiendo, ella y yo sólo tengamos en común el parque…

Pero, ¿cómo llegar a conclusión alguna realizando observaciones únicamente en el parque? Habría que descartar al parque como vehículo para su aparición (si fuese un producto de la imaginación).

Pero, más importante: ¿estoy capacitado para realizar las observaciones…? ¿No soy sesgado, puesto soy, en parte, también objeto y sujeto de la observación? Entonces, ¿no convendría que una tercera persona realizara las observaciones? Pero… ¿quiero compartir su presencia? Definitivamente, no.

Ella y yo, ¿casualidad o causalidad?

El meollo del asunto no es tanto la demostración de su sustancialidad, sino del grado de seguridad (o creencia, en el peor de los casos) racional que puedo tener en ella. Cuestión de probabilidades, un saldo de fe estadístico… puedo llegar a un grado aceptable de confianza en un modelo (una instancia) cuyo principio de invariancia no se aplique de manera uniforme a todos los desenlaces posibles (pienso en el jugo infinito que ella y yo jugamos, en el que todas las posibilidades ocurren e influyen unas a otras: infinitos caminos, infinitas posibilidades), con lo que, se arriba a la conclusión de que ella existe (aunque sea en otra instancia; que por un error de azar, no se refleja, también, en esta realidad, en la cual, ella y yo nunca deberíamos siquiera cruzarlos… Es decir, ella existe, pero no para mí – no para el Yo que habita este desenlace desde el que escribo).

¿Y si le pregunto al primero que pase si la ve?

1. Este no es un barrio de gente amiga a las extravagancias

2. La persona interpelada bien podría estar conchabada con la ilusión (es decir, ser un producto necesario de la misma, creado para auto-confirmarse)

Pero… si uno duda, la duda debe generalizarse… La duda es uno mismo, por tanto, no existe punto de referencia…

Bueno, Martín – dice ella, por fin -, creo que ya hemos realizado sobradamente tu fantasía o lo que sea. Hace frío, estoy cansada, no sé qué corno hago de cuenta que juego, y me embola bastante esta comedia de silencios. Vamos a casa.

Ni se molestó en despejar las mesas de esas imposturas tan poco improvisadas. Martín obedeció en silencio; tenía razón Mariana, hacía un frío tupido, y la paciencia de su novia tiene un límite.

© Marcelo Wio

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