Félix Vallotton, un collage, estética y divagaciones

Más allá de la/s figura/s (incluso y sobre todo, en ella misma – tanteada, más que delineada, por los propios contornos), reside algo inquietante; acaso no una transgresión propiamente dicha, sino el instante inmediatamente anterior a su génesis: una sumisión a punto de ser incumplida, una insurrección silente, sin aspavientos.

Hay un algo (siempre esta indeterminación muy a lo Heisenberg, muy de pereza de ir más allá, al anverso de la desidia y de la palabra a buscarle el ombligo y las insinuaciones de una definición más acabada) de minuciosidad solapada – que sugiere un descuido, una imperfección (estratégica; casi un principio de contradicción): vocación de náusea existencial (más presente, acaso, en algunos cuadros de Schiele) o un cierto reflujo moral, como de pesada digestión social, que es el instante inmediatamente posterior al retratado.

Tal vez no sean más que unas pinturas – el tiempo desde el primer trazado hasta su conclusión; los instantes intermedios (desvelos por un color esquivo, por una adición, una pincelada imaginada que, una vez aplicada, se arrepiente de su presencia; y un etcétera variable y probable) – rejuntadas muy a propósito: el escándalo superfluo de unas tetas al óleo o a lo que fuere. El espectador verá, en definitiva, lo que precise en ese momento, lo que ande acarreando, lo que las pulsiones le acompasen la sensibilidad, la moral y sus adyacencias; los asombros del placer (estético, y de los otros – cuales fueren; no es cosa de enumerar y quedar en evidencia). Acaso sean los ojos que miran donde radica gran parte del asunto estético (de apreciación; cuestión de proyecciones, transferencias), que no artístico.

Como fuere, hay, por sobre todas las cosas que podían haber en una pintura, una sensación de cansancio metafísico (que se presenta como meramente físico), un cansancio atávico, cosmogónico: de final de partida (no del tipo pronosticador-anunciador, sino del que pretende convocar ese desenlace).

Y, hay, claro, composición: de circunstancias e instantes y colores y talento y tiempo y labor. Eso que, cuando se asocia y combina de manera conveniente, adquiere la entidad (el mérito) de arte. Una definición-palabra que cancela (o, más bien, exime de), en definitiva, toda exégesis (por lo demás, pretenciosa y, muy probablemente, pifiada).

Nada. O todo, más bien. Félix Vallotton (Lausana, Suiza, 28 de diciembre de 1865 – París, 29 de diciembre de 1925. Pintor).

Poco más que decir – aunque uno tenga la debilidad de andar diciendo sobre papeles (una forma de no decir, o de decir diferido: escondido detrás de un texto que no deja de ser un tanto anónimo, por más firmado que esté) -, a fin de cuentas, para gustos colores (y formas y sonidos y… ). A fin de cuentas, como decía el filósofo inglés Roger Scruton (Historia de la filosofía moderna), según Immanuel Kant, “el juicio estético es, a un tiempo, ‘desinteresado’ (ajeno a las exigencias del razonamiento práctico) y ‘libre de conceptos’ (extraño a las reglas del entendimiento). No aspira ni al conocimiento científico ni a la acción justa, sino a la pura contemplación del objeto individual por sí mismo, tal y como es, a la luz de la experiencia sensorial concreta que da lugar. No obstante, la contemplación estética… es una ocupación racional y se expresa mediante juicios que, si bien no pueden apoyarse en principios universales u objetivos, reclaman una cierta objetividad. Esta aspiración es inevitable, pues en la medida en que nuestro goce brota de nuestra naturaleza racional sentimos que los demás seres semejantes a nosotros deben compartir ese goce [sobre todo, o preferiblemente, de la misma manera en que ha sido sentido, abordado por nosotros; de ahí la emisión de la opinión o juicio estético de manera pública] y es por ello que tratamos de descubrir en el objeto las razones que nos permiten disfrutarlo [y, como quien no quiere la cosa, ser o (las más de las veces) aparentar ser (o parecer ser algo), presentarse, comparecer ante el/los ‘otro/s’ como seres interesantes, profundos, sagaces, inteligentes, cultos, instruidos; dotados de una cualidad singular, sensible (no sensiblera), elevada, que es representativa del todo que somos – o que al menos, percola hacia toda nuestra personalidad, enchastrándola benévolamente]”.

El filósofo español José Ferrater Mora (Diccionario de Filosofía) ampliaba al explicar que Kant, precisamente, separaba de la intuición todo lo que pertenece a la sensación, “con el fin de quedarnos sólo con la intuición pura y con la forma del fenómeno, que es lo único que la sensibilidad puede dar a priori”.

La finalidad del juicio estético, continuaba Ferrater Mora, es subjetiva, por cuanto la finalidad de la forma del objeto es adecuada con respecto al sujeto, lo que no significa precisamente con respecto al sujeto individual, sino a todo sujeto…

Así se desprende que través del juicio estético – por medio del cual encontramos algo bello –, no hay satisfacción, sino agrado desinteresado (siempre y cuando uno no trabaje para la casa de subastas Sotheby’s). Por ello, lo estético no puede estar al servicio de fines ajenos a él; es decir, es una “finalidad sin fin”. Lo bello no es reconocido objetivamente como un valor absoluto, concluía Ferreter Mora, sino que tiene sólo relación con el sujeto… Es decir, para gustos, colores.

Entonces, el objeto (de arte) no dejaría de ser un vehículo privilegiado de comunicación, de transmisión de estados anímicos y, vaya sorpresa, estéticos.

En este sentido, a fin de cuentas, la interpretación precedente, acaso no sea más que una coartada o, justamente, vehículo para un argumento preexistente en quien se manifiesta de esta guisa, en quien opina, glosa, divaga, desbarranca por sus dudas (a saber el fin ulterior de esta cascada de palabras que a duras penas si salpican un poquito) enmascaradas como razones certeras.

Y claro, uno cuenta con un apologeta (involuntario, la verdad sea dicha; cuyos dichos han sido prudentemente manipulados, adaptados a las propias conveniencias, o caprichos) como Kant – que ayuda, si no a justificar, sí a maquillar o atemperar las torpezas que pueda haber (seguramente) cometido supra. “Ya que no entendemos nada, podemos decir lo que queramos”, decía el comisario Adamsberg, en la última novela de Fred Vargas. Y yo, escucho (o, estrictamente hablando, leo) y obedezco.

© Marcelo Wio

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