Facsímil

Supe recientemente que existe un facsímil de mí en Florencia. Se trata de un curador de lienzos que aprecia el silencio y la austeridad. Esta falsificación, porque eso es, ni más ni menos, de lo que se trata, ha cobrado,  si no preeminencia, sí una cierta autonomía prepotente, al punto de tomar decisiones vitales diametralmente opuestas a las mías. Sólo en ese aspecto difiere del original (aspecto no menor, toda vez que debe computarse el resultado de tales determinaciones mencionadas, aquello que habitualmente los incautos denominan, ligeramente, como consecuencias; con lo que la diferencia inicial, mínima, aquella engendrada por la primera resolución, ha ido creciendo según el número de decisiones trascendentales tomadas).

Dije original de manera premeditada, porque algunas voces malintencionadas han comenzado a poner en duda mi “primeridad”, mi genuinidad; mi condición de patrón o prototipo o sustancia germinal. Creen, los difamadores y libelistas, que así restarán veracidad a mi existencia, que comprometerán la legitimidad de mis palabras y actos: aquello que no es auténtico, razonan, difícilmente pueda emitir opiniones autorizadas, refrendadas. Estos seres han ido aumentado su número y su animadversión hacia quien escribe estas palabras refugiado en el Monasterio de San Vixente; atisbando el exterior de cuando en cuando, sólo para constatar que están allí, disimulando sus sombras entre el pinar considerable que se erige como un círculo que muta, de un momento a otro, del amparo a la conminación.

Me he asilado en un sótano debajo de la capilla auxiliar. Mis enemigos han ganado la confianza y el oído de los monjes que hasta hace sólo unas horas eran mis protectores: hombres piadosos y temerosos de Dios, han visto en mi inautenticidad una simetría perversa y satánica que amenaza la santidad de este claustro. Escribo – en este momento inmediatamente presente, para mí – para constatar que aún soy (quién soy); aunque la voz entre estas paredes húmedas, gruesas y próximas, me suena cada vez más a una estafa, a una impostura, lo que socava mis propósitos y sirve al de mis perseguidores. Debo admitir que he llegado a pensar que quizás, efectivamente, yo sea el duplicado fraudulento… Contra estas ideas exóticas lucho por medio de la escritura. La palabra me brinda contorno y territorio. ¿Qué sentido tendría existir sabiendo que uno es una mera transcripción, una falsificación de una existencia verídica? Ninguno, evidentemente, y eso lo saben mis detractores, que pretenden, por vaya a saber qué motivos peregrinos, erigir a la copia en original, a la vez que me condenan, original, a un ostracismo del que yo mismo seré el carcelero.

Escucho el chancleteo de cuero curtido de sandalias precarias sobre las lajas del suelo de la capilla accesoria; una sonoridad que parece pertenecer, al menos, a tres pares de pasos. ¿Tres monjes? ¿Tres acosadores travestidos? Caminan con displicencia, sin molestarse en silenciar su presencia. Quieren que sepa que están ahí, que me vigilan, que no debo salir de mi refugio. No me quedan movimientos, me han dado jaque, pero no quieren dar mate; por algún motivo siniestro y despiadado quieren que sea consciente de mi impotencia, de mi debilidad y de mi desamparo absoluto. Soy objeto de una condena infinita , gratuita y abyecta – infundada, porque estoy seguro de no haber hecho nada que fuera merecedor de tal castigo; y porque suplantarme por mi doble no conlleva ventaja alguna, puesto que yo, el original, no ocupaba puesto o cargo de relevancia ni estaba vinculado a ninguna instancia de poder o de sus adyacencias convenientes.

Hay un hueco en la pared, justo en su encuentro con el techo, que comunica con el exterior; lo sé porque a veces llegan sonidos boscosos, húmedos. Es por esa abertura por la que mis captores introducen pan y agua. Lo dicho, no pretenden mi muerte. Han ideado algo aún peor: la vida sin sentido, sin nociones, sin puntos de referencia: la vida que uno ya no sabe si habita o no. La nada.

Quedan trece velas. Siendo prudente y racionando su uso, podrían durar un mes, acaso algo más… ¿Aunque, en estas circunstancias, qué es un mes? ¿Qué era un mes en mi circunstancia anterior? Ya no lo recuerdo.

Se me han acabado el papel y el lápiz. Escribo en las piedras untándome el dedo con el pábilo de la vela recién apagado. Escribo a oscuras. No sé lo que escribo. Tal vez dibujo los reflejos de las formas que mi memoria cree recordar. Tal vez una gesta que ocurrirá en el futuro; tal vez una que estuvo a punto de suceder en un pasado lejano. Tal vez un visón, un cazador, una lanza, la primera llama que el hombre gobernó.

© Marcelo Wio

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