Evangeline

Ese día había ido al cementerio de Montparnasse y al de Montmartre a llorar un rato. Le habían dicho que había ciertos lugares apropiados para hacerlo – unos pocos; en tanto que en otros, una obtusa mayoría , todo era compostura, dobleces e insinceridades de medias sonrisas y palmaditas en el hombro.

En el camino entre uno y otro cementerio lloró un rato apoyada en el pretil del Pont des Arts. El día, ventoso, gris, lleno de gotitas de lluvia flotantes, era ideal para llorar al aire libre (sin más: a la intemperie o bajo un soportal). Más adelante, también moqueó un rato debajo del metro elevado que afea el Boulevard de la Chapelle.

Lloraba porque sí. Porque a veces toca. Porque las tristezas van agregándose unas sobre otras hasta comprimir los lagrimales y la garganta y la boca del estómago. Y porque a veces llorar es una forma de estar consigo misma.

Lloraba en blanco y negro y dirigida por Wong Kar-wai, con música de Tiersen o de Al Bowlly. Porque cuando ella empezaba a llorar, era inevitable que las lágrimas la condujeran por los derroteros de la fantasía, de la hipérbole: ella, un poco Marlene Dietirch, otro poco Lauren Bacall, llorabdo muertes y abandonos y desdichas y compadecíendose de sí misma y aumentando el comercio interno de lágirmas y sensibilidades. Un placer de lo más triste o una tristeza de lo más placentera.

Añadió unos sollozos en la plaza León Serpollet antes de llegar al cementerio de Montmartre a llorar como dios manda: caudalosamente, con el cuerpo entregado a la ley de la gravedad – incrementada siempre transitoriamente en la zona del llorante o llorador -, algo arqueado, como buscándose un centro o una huida centrípeta. Caer ante nadie o ante ella misma, llorarse ya sin saber por qué; porque a fin de cuentas, ese tapón de angustias en la garganta se deshizo hace horas en Montparnasse. Llorar porque hay días que merecen ser llorados, en lugar de ser vividos. Porque acaso llorar sea parar el tiempo, anular las reglas del latido y las políticas cambiarias que gobiernan los desajustes intestinos: berrinche ante los dioses, porque el sufrimiento, nos iguala a ellos, pensó Evangeline que, sin darse cuenta, había llegado al Boulevard de Clichy y se dijo que una de esas tardes, con más voluntad para el contento, tal vez una bailarina del Moulin Rouge en 1907 y alguna indencencia prestigiosa. Giró hacia el cementerio a cumplir con su parte del trato con el día: llorar, claro está, qué otra cosa iba a ser.

Toda enredada en su gabardina deslucida y en el lío de bufanda pelo viento, la falda hasta las rodillas pegádosele a las piernas enlanadas de medias rojas, discurre por la rue Caulaincourt, presintiendo que ya no tiene más lágrimas que tirarles a los muertos ajenos – malgastó las últimas en la plaza Serpollet; una negligencia, siempre ha sido tan derrochadora… Claro, que si no entraba en el cementerio, el cumplimiento de las normas del buen llorar se vería acaso fatalmente alterado. O no. Ella misma no conocía las reglas. Nadie las conocía. Ya se vería después, a la noche, acostada en la cama, ahogándose con los trastos inllorados. No, entraba y listo. Siempre encontraría alguna desgracia lapidaria que convocara su – sí, en ciertas ocasiones, lo reconocía ante sí misma – histrionismo plañidero.

Y de pronto, en esas callecitas mustias, se le metió Fréhel entre el gorro de lana abultada y la nuca, y de pronto la línea Maginot cedía y todo era un caos y unos (los suyos; los otros, que se presentían) por un lado y ella por otro y siempre tenía material para el llanto, pero por qué será que tan poco para la sonrisa – ya no la alegría, una exageración de los tristes que no saben que lo son. Un viejo, que la miró de lado, al pasar, era, en esa historia-ánimo súbito, seguramente un colaboracionista. Apuró el paso hacia ninguna parte, sólo hacia un adelante que muchas veces termina justo detrás de uno (ella, en este caso).

Si tuviera un Klimt que me abrazara con inverosimilitudes perpetuas, con un beso de esos que dicen que han sido avistados alguna vez en las profundidades del mar, en alguna fosa marina, pero que son pura mitología. O si tuviera una Lempika que me barnizara de soberbia, de lejanía, de ¿desprecio? Si tuviera un trabajo que me mantuviera un poco más alejada de sí misma, ya sería bastante, ¿no te parece, Evangeline? Sí, querida, como siempre, tienes razón por la callecita adoquinada de la ciudad de los muertos los árboles raquiticos aquejados de otoñalidad avanzada ¿a qué estamos? a mediados de diciembre ese territorio de abismo anual.

¿Y si se sentase sobre una tumba? Un ratito, a descansar las piernas. A imginarse la única superviviente de aquella prueba, intento pifiado pero digno, que era la vida. Y lloró, porque no le encontró ningún sentido a aquella idea, aunque la había pensado más como un consuelo (una mínima dignidad), que como un método para aflojar el lagrimal, pero había salido mal. Bueno, al menos, había cumplido con el contrato.

Camina hacia la salida. Algún sollozo rezagado traquetea en el aparato respiratoriofonador. El viento hace rato que se cansó de intentar limpiar la ciudad: sólo llevaba las hojas de un lado a otro, y las miserias quedaban intactas en todas partes. Aún antes de salir del cementerio se cruza con un aroma a café y el ánimo cambia como quien da vuelta una carta y de pronto una espía que acaba de ver a su informante ¿esos no son los de la devreta o como se les llame? y todo muy años cincuenta y le entran ganas de ir a un café y tomar una copa de vino y tal vez… Enciende un Gaulois y una instantaneidad de humo gris azulado. Sí, tal vez sí. Va apeteciendo. Sobre todo, porque tiene ganas de contar una historia que no es la suya. Quiere ser otra durante un rato, y para ello hace falta un testigo.

Mientras a la tardecita y al otoño se les iba acabando la autoridad, Evangeline entró en un café y se dejó golpear primero, y consolar luego, por el calor algo húmedo y espeso. Si, tal vez sí.

© Marcelo Wio

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