Entrega

 

Era un decorado – pero, ¿no lo es todo? -. Y el aplauso, no era para mí – ni siquiera me reconocían en la calle sin el fino bigotito y los Pince-nez y la pipa y el bastón y el maquillaje que era realmente como una máscara que transformaba mi nariz aguileña en una sentencia rotunda, recta, como aquella ficción. Lo supe enseguida. Ni siquiera lograba recuperar ese tono de voz que era, evidentemente, del personaje y de la acústica y de un estado de ánimo restringido a ese instante y territorio: sólo esa hora y media para la que terminé viviendo. La escenificación era el único ámbito donde podía ser.

Durante el día dormía y estiraba el tiempo en la cama hasta que ya no podía más porque me cuerpo se me hacía demasiado presente, pensado sobre sí mismo, como amplificado por una conspiración entre el colchón y la gravedad y la conciencia. Entonces, me levantaba sólo para dar vueltas por el salón breve de mi piso, como quien espera, no algo, sino a alguien, que es uno, pero después de una transformación tan cabal que no puede decirse que comparta la misma personalidad disminuida, tan dependiente de la condescendencia o aprobación o corroboración ajenas.

Los lunes y martes eran las peores jornadas, porque no había función. Con el paso del tiempo, estos días se fueron convirtiendo en horrendas cámaras de tortura: uno contra sí: pero uno que era apenas una difuminación, el tenue material olvidado de una identidad que acaso ni siquiera había existido. Pensé alguna vez en poner fin drásticamente a esa situación, pero esa hora y media hacía que prosiguiera – y, además, para tomar tales decisiones, hay que ser una afirmación que pretenda negarse tajantemente. De todas maneras, cada vez me toleraba menos: mis idiosincrasias, mi rostro, que era como una imposición extraña, ridícula. Poco a poco fui quitando y guardando fotografías, espejos y cualquier cómplice de mi existencia fuera de esa hora y media. Siguieron los libros, postales, cartas; todo aquello que pudiera dar cuenta de una personalidad, de una cronología.

Algún apresurado podría decir – con la prepotencia del que no padece – que debería haber conservado el vestuario, el disfraz del personaje que interpretaba, en mi cotidianeidad. Mas, eso es una mera astucia; es decir, una ocurrencia que prescinde del intelecto, de la razón; que se queda exclusivamente en el instante. El personaje era en ese espacio, en ese momento; fuera de allí, a la luz del día, arrancado de su contexto, de la predisposición del espectador para la fantasía, la ficción, habría sido una caricatura degradada, burda: una burla vulgar. Sabía que no podía trasladarlo a la instancia de la objetividad. Y esa hora y media cada vez alcanzaba menos; y el día se hacía insoportable, terrible, entre temblores y sudores propios de un adicto privado de su intoxicación.

La resolución, como siempre en estos casos – acaso en todos, aunque pretendamos encontrar causas que se vinculen con nuestra voluntad y ejercicio -, fue impuesta por los acontecimientos (más bien, por la ordenación casual que éstos adquirieron): el público comenzó a perder interés por la obra, a la vez que se estrenaban nuevos espectáculos (o quizás, lo perdióo porque se estrenaban nuevas fantasías); de manera que, finalmente, el productor decidió suspenderla y apostar por otro emprendimiento. Nos lo comunicó antes de la segunda función de un domingo. Mis compañeros ya lo intuían. Al menos eso se desprendía de sus gestos de aceptación ya elaborada. Esa última interpretación ya ni siquiera fue: podía ver al personaje desde fuera, alejándose. Pero, ¿qué dejaba detrás? ¿Quién o qué era ese amasijo de incertidumbres que observaba su partida? Imagino que fue mi peor actuación. No había público que lo presenciase; así lo advertí en un momento en que las luces bajaban y nos permitían observar el patio de butacas. Mis compañeros andaban, ellos mismos, transitando pobremente por sus propios pasajes.

Atacado por un álgido y espeso pavor salí del teatro. Ni bien giré en la esquina, una mujer me detuvo y me preguntó si era R., el actor que había interpretado a Antoine en “Cada vez que muero”. No sé si mi destino ejecuta silenciosamente las órdenes que mi albedrío le dicta de manera igualmente secreta, o cómo funciona la ingeniería que se esfuerza por mantenerme a flote, y que, por fortuna, lo consigue – a pesar de mis capitulaciones. Acaso sea una forma refinada de tormento: siempre creando una nueva oportunidad para que incurra en mi debilidad. No importa, realmente, porque tomándome del brazo, la dama dijo: “Déjeme, por favor, que lo invite a un té”. Me parecía que me movía como a través de un mareo que estaba fuera de mí, apenas sobre la línea de flotación. De camino a esa inopinada cita, otras tres personas me reconocieron y felicitaron mi representación. Antes de llegar al salón del té al que me conduzco la mujer, comencé a sentir un cosquilleo de excitación. Lo conocía bien. Oh, sí, muy bien. Era la urgencia por un nuevo desafío. Un nuevo papel. De esos que lo enfrentan a uno a la locura o a la negación de sí mismo y que suscitan rendidos elogios en las páginas de los periódicos y en las cultas charlas de café. Oh, cómo lo necesitaba. No veía la hora de despedirme de la agradable mujer para ir a ver a mi representante. Oh, esa sensación de mil vitalidades congregadas en mí. ¿Cuál sería la obra elegida esta vez?

Cuando salí del salón de té, un hombre, desde la acera de enfrente, gritó mi nombre y dijo, “a ver cuándo nos deleita con un nuevo personaje”. Ah, qué bien se sentía ser yo, sabiendo que pronto podría ser otro.

 

© Marcelo Wio

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