El sexto sentido de Esther

A la alegría, siempre cauta, la identificaba con Chimi frena in tal momento, de Lucia di Lammermoor. Autocontenida, sobria, discreta, sin las manías histriónicas de la algarabía, con sus extensiones tan ridículas. Un contento que siempre abrazaba rastros o residuos de una tristeza anterior. Recordatorios. Reconvenciones. Advertencias. Sustancias morigerantes.

La radio largaba el chorro de atascos, accidentes, cortes de calles y demás inconveniencias diarias producidas por el alto nivel de colesterol en las arterias ciudadanas. Los encargados de tráfico eran, o bien unos inútiles, o la situación del flujo de automóviles los había sobrepasado (es decir, otra vez, eran unos inútiles que parecían ir siempre detrás de los acontecimientos, meros administradores de cataplasmas y ungüentos alquitranados), eso pensaba Esther mientras se cepillaba los dientes y esperaba que pasaran de una buena vez a la música. El dentífrico, de pronto, dejó de oler a menta y su sistema olfativo se anticipaba al tufillo matinal de la línea A del Metro. Pituitaria pavloviana desde la estación de la calle 116 hasta Canal St. Luego el sudor del asfalto mezclado con el inconfundible aroma de la panadería de la primera esquina. Todo adelantos, pero nosotros tan olor, tacto y gusto, tan visualmente prefijados, musitó. Se cepilló el pelo mientras sonaba una canción de Counting Crows que agradeció. Mr. Jones, avisó el locutor de voz profunda, con partículas metálicas y un eco de alfombra persa. Un anuncio de cómo deducir impuestos cortó el chorro de corcheas y ella apagó la radio. Se miró una última vez en el espejo mientras se ponía el abrigo largo, con un resto de olor a naftalina estival. En el pasillo una mezcla de sonidos – el niño del vecino llorando, la adolescente del 25 discutiendo con su madre porque la falda era demasiado corta para la segunda, y adecuada para la primera; radios por todas partes, ninguna sintonizada en la misma emisora: desorden vecinal que atacaba su oído absoluto con un Re desafinado y chillón; ¿una cafetera era ese ruido del 24?, ¿es posible que esa protesta eléctrica tenga algo que ver con la mañana y el café?; aroma de muffins, waffles, huevos fritos, tostadas francesas, bacon… Una bocanada empalagosa, recargada de sí misma. El ascensor rezongó con ruido de cables y acero. Esther ingresó en la caja metálica y pulsó el botón que puso en marcha el mecanismo descendente. El portero estaba sentado frente a la tinta fresca del periódico que olía a plomo y a sentencia. Demetrius levantó la vista que le mostró un iris tan negro como las pupilas, una esclerótica amarillenta y suavemente teñida por capilares de un rojo desteñido. El periódico estaba abierto por la sección literaria, “la única que vale la pena, el resto es una mentira poco original”, decía siempre que podía el viejo Demetrius (según él, ex cantante de Blues, Marine, marino en un buque de carga con bandera de Panamá, agente de seguros en Tailandia, espía en Groenlandia; y la lista crecía, por suerte, día a día). Se saludaron con un “Buen día” sin estridencias, en Fa menor él, ella buscando un Do sostenido. Sonrisas blancas ambas, sin detritos cromáticos. El olor sin olor del primer frío del otoño la asaltó como una pregunta imperiosa para la que no hay una respuesta sino un gesto empático. Subió las solapas del abrigo mientras un taxi pasó con su motor bien afinado en Sol, casi cayendo dentro del territorio del La. Una nota bien lograda. Meritoria labor del constructor y el mecánico. Si todo fuese así… Si todo fuese como ella lo tenía escrito en la partitura ideal de su mente y de su olfato y su… Cuántos amantes iban desacompasados: el ritmo del cuerpo por un lado, los jadeos en notas atonales, desparramándose sobre ella como una injuria. Tan de ese teatro moderno del que ella tanto aborrecía. Mark, en cambio, parecía romper esa concatenación de desastres sensuales. No se quería anticipar, claro; sus conjeturas se habían estrellado contra la inevitabilidad humana vez tras vez. Todo era cuestión de tempo, de sensibilidad auditiva y corporal. Era tan simple… Pero qué se podía esperar, los hombres tienen una necesidad simplona, fácilmente resarcible, y poca predisposición para lo sublime. Los sonidos de la calle activaron el reflejo de su brazo derecho que llevó a su mano a abrir su bolso y extraer el Mp 4. Estaba sintonizado en una radio que anuncia que el Puente Washington presentaba retenciones por obras. Y a ella qué le importaba. Fue a su lista de reproducción y sin pensarlo recurrió al auxilio de Mozart. Eine Kleine nachtmusik para esa mañana (ah, ese delicioso oxímoron). Refugio, trinchera, tregua, bendición. Habiendo anticipado los olores del Metro, estos se mitigaron – perfumes, descuidos higiénicos de la zona de las axilas, y otras partes más conspicuas, pintauñas que no se habían secado del todo, cremas para después del afeitado (con esa vulgaridad imposible de suavizar), colonias baratas, naftalina (el otoño nos agarró a todos todavía dentro de un verano figurado), pintalabios, cuero, plástico, antidepresivos en poros dilatados, el metal de los apoya manos, la grasa de las vías – por lo que pudo exclusivamente dedicarse a evitar el excesivo contacto con los cuerpos, esa masa browniana matinal. Menuetto Allegretto La-Si-La, pero ese hombre compungido soltándole un aliento de café malo sobre la nuca como si fuera un aviso de la Parca luego de su consecha por Colombia. Respire con la boca cerrada, un pensamiento que le hubiese gustado que se transmitiera telepáticamente. Ella misma comprobó sus propios efluvios bucales: estaban dentro del rango de lo agradable. A veces deseaba una hiposmia leve, que acolchara los olores (ajenos). Pero después se decía que entonces ella misma se transformaría en una fuente descontrolada de olores intrusivos, agresivos. No, mejor así.

Al salir del Metro, todo lo anticipado la aguardaba, como una secuencia obediente que ella misma provocaba a diario – antes de ella, un mundo sin aromas, sin melodía; sólo mero olor y ruido -. Afortunadamente, tenía una oficina individual, en lugar de esos antiestéticos cubículos (cada vez que los veía, se le venía a la mente una cubitera de hielo). La vista desde su oficina era digna; la prolijidad de líneas de los edificios le recordaban vagamente a Mondrian, sin la estridencia innecesaria de los rojos amarillos azules, tan kitsch en su opinión, tan grito. Justo comenzaba el cuarto movimiento, ese Rondo Allegre imponente, cuando apagó su Mp4. Se sentó en el sillón que largó una leve esencia a cuero y polyester, un sonido enguantado, profundo: suspiro, alivio y protesta, todo en uno. Final de partida inapelable.

Podía, con placer, preludiar el resto del día: sonido de teclas, el suave timbre del teléfono (el volúmen en su nivel justo), las pisadas por el pasillo exterior, las interrupciones predecibles de Kathy y Allan, sus subordinados inmediatos (sus fragancias); el tráfico lejano, apenas audible; grapadoras, hilachas de charlas (efecto doppler); aromas de bagel, pretzel, yogurt, banana, manzana, pan, jamón, queso, tomate, pimienta, ahumados. El día era un reloj sonoro y odorífero y epitelial.

A las 17 ya tenía puesto el abrigo. Saludos. Risas de preludio de fin de semana, con un estrépito que pretendía imponer un prestigio de diversiones y reputaciones (de ocurrentes y cautivadores). Risitas histéricas en Mi. Imposturas variables según del día de la semana y el auditorio. En el ascensor se calzó los auriculares y dejó que el último movimiento de Mozart la meciera con sus violines de alpaca y Merlot. Mark iría a su apartamento a las ocho para luego ir a cenar a Delmonico´s (esencia a madera, a puro selecto – aunque no se puede fumar -, a vino (cabernet sauvignon), a whisky añejado en barriles de roble americano; a romero, carne asada, ciboulette, a flambeado de coñac, a oporto y finas hierbas). Una copa en algún bar digno. Algunas intimidades procaces (no soeces) al oído, lo que conduciría hasta el taxi hasta su casa (la de ella, claro; Esther dixit: si alguien se tiene que ir en mitad de la noche, mejor que sea el otro, sobre todo en invierno; mejor expulsar que ser sutilmente echado). Y… Eso aún no podía figurárselo. Ella conocía su prototipo, pero no era capaz de transferir sus deseos y pasiones al comportamiento ajeno. Quizás algún día…. Aunque dónde quedaría el asombro de la vida, la sorpresa. Pero también, para qué sorpresas si una sabía qué quería y cómo lo deseaba.

Pero ahora lo inmediato. El Metro le presentaba la gama de esencias de las cinco de la tarde, con los típicos olores a frustración, consuelo, alivio, congoja y transpiración. Mucha transpiración. Con lo fácil que es llevar en el maletín un pequeño desodorante…

***

La velada no había resultado gran cosa hasta el momento. Pero tampoco sabía si alguien, alguna vez, estaría a la altura de esa gran cosa – que suponía el concierto de tantos sentidos… -. Así que compuso algunas transigencias y se convenció medianamente de que sí.

Mark olía a alcohol a su lado, en el taxi que atravesaba el Central Park para llevarlos a su casa. Esther verificó el estado de su propio aliento. Correcto, aceptable, el esperable luego de una cena y copas. Una vez en el apartamento de Esther, Markus encendió un cigarrillo. Esther abrió los ojos desmesuradamente, como si haciendo esto la escena transmutara, quedara anulada. Si por lo menos hubiese sido un Cohiba… pero ni aún así. Esa impertinencia odorífica, esa pestilencia, ese insulto de humo, esa muestra de incivilidad era completamente intolerable. Y Markus disminuído a un oficinista ordinario, sin modales, sin refinamientos, sin nada que ofrecerle a ella, a nadie, qué tanto.
Sin decirle nada – no quería que partícula alguna de esa contaminación indecente ingresara en su organismo más de lo que ya lo había hecho y haría… ¡cuánto tardaría en erradicar esa miasma vaporosa! –, abrió la puerta y exigió un mutis sin aspavientos pero inflexible. Él expuso ruegos, inquisiciones, asombros, confusiones… Portazo en Do mayor, contundente. Ventanas abiertas. Ambientadores, velas. El olor terminaría yéndose, pero la aflicción tardaría más en ser desterrada.

Una tristeza como de A cette voix quel trouble, de Les pecheurs des perles. Profunda, hiperbólica. Rizomática: disponiendo los principios atemperantes para el contento futuro; a la vez que los fundamentos realzantes para el descontento. Ese equilibrio tan tenue, tan de Maya Plisetskaya por la cornisa de la armonía. De la vida.

© Marcelo Wio

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