El prestigio de la derrota

En la calle Fermín Moreno al 1703 está la sede de la Logia de las Causas Perdidas, fundada en 1893. Irredentos derrotados, sus primeros miembros no podían aceptar una buena ventura si ésta no imponía un precio tal, que terminara, como mínimo, por cancelar los beneficios de la misma. Con esa idea fundacional en mente, podría uno estar tentado a conjerturar que el número de socios es limitado. Escaso. Pero la verdad es que no son pocos los que se dejan seducir por las miserias de la derrota y la mala fortuna: fundan o se incluyen en una ética que los ubica por encima del resto de los mortales.

Es fácil ubicarlos e identificarlos. Por ejemplo, son asiduos en aquellos bares que cuentan con máquinas tragaperras – y suelos grasientos y soledades palmarias. Se los puede ver metiendo moneda tras moneda. Mecánica. A saber con qué cantidad de dinero alimentan esos ruidos y colorines. La cuestión es que cuando la máquina está, como dicen los entendidos, “caliente” (es decir, a punto de parir el premio gordo), estos seres se retiran y la dejan allí, para el primer perejil que venga a menter una de esas monedas casuales (llenas de probabilidad) y se lleve el vómito de monedas.

Otro de los lugares al que aquel que quiera verlos acción puede ir, es el hipódromo. Se los encuentra sin esfuerzo. Son los tipos que nunca están nerviosos. Que finjen. Pero que no remedan esa desesperación verdadera. Y si por una de esas casualidades tienen una apuesta ganadora, pierden el resguardo entre la tribuna y las ventanillas de cobro.

Un verdadero apostolado el de estos personajes. Pero sin voto de pobreza. No. Eso es otra cosa. Porque el que se metió en el baile rico, sigue bailando de esa guisa. El intríngulis del asunto es no ganar. O no tanto no hacerlo, como negarse a hacerlo. La derrota, dicen, tiene una ventaja moral: difícilmente lo juzguen a uno en tales circunstancias – ojo, que no se trata de potenciales criminales (éste lo es porque quiere obtener fácilmente lo que colige difícil de conseguir: quiere ganar a toda costa, incluso en contra de su circunstancia), sino de tipos de andar por casa, de esos a los que uno les presentaría sin problemas una prima soltera a la que se le tiene un aprecio razonable.

Todo esto puede sonar como una bobada inocua, inofesiva, restrigida a sus miembros. Pero se da el caso de que éstos interactúan. Y claro, algo se trasvasa. Tómese por ejemplo aquellos que juegan en algún equipo de fútbol de esos formados por amigos y conocidos, que participan en ligas amateurs de fin de semana, pero que se lo toman muy en serio (mucho futbolista fracasado milita por allí). Y claro, ahí, en cuanto notan que uno de los tipos no es que sea mal futbolista, sino que juega en contra, consagrado evidentemente a la derrota, se arman algunos batiburrillos que de tanto en tanto llegan al secuesttro con posterior liberación del sujeto en cuestión en parajes que distan de la ciudad como mínimo unos doscientos kilómetros.

Se supo de un muchacho recién ingresado en la logia – y, como todo converso novel, demasiado fervoroso -, que trabajaba como contable en un banco. En los tres días (cuarto desde su ingreso en la logia) que tardaron en darse cuenta, el joven le hizo perder a la entidad el cuarenta y tres por ciento del capital. Tuvo la fortuna de que el fiscal, también perteneciente a la logia, perdió el jucio.

En casos como estos dos últimos descritos, los miembros son expulsados de la logia: son estrictos en el hecho de que la derrota es personal e intransferible, restringida al ámbito exclusivamente personal. Se pierde solo.

Hay un hecho muy interesante, y que retrata favorablemente los fines de la logia, o sus efectos – a la vez que muestra el grado de expansión de la misma. Si hacen memoria, hace unos veinte años hubo la llamada “Guerra eterna” entre dos países de Oceanía (si no me equivoco, tales estados no existen más; eran atolones y se los merendó la erosión marina). Un extraño conflicto en el que ninguna de las partes había disparado ni un solo tiro, ni había avanzado posiciones. Quiso el azar (que, según dicen, sólo sería el conjunto de los errores que enmiendan lo que nos empecinamos en creer como aciertos) que tanto los altos mandos, como los medios y los soldados de ambos ejércitos pertenecieran a la logia. En tanto, los presidentes dialogaban incapaces de llegar a un acuerdo por unos límites por lo demás cambiantes (el mar define por allí los territorios). Finalmente, todo quedó como estaba. Los ejércitos siguieron en pie de guerra o en pie de lo que sea, como un instante congelado en un cuadro; hasta que el curso geológico impuso su final sin ganadores.

La logia, como todo emprendimiento humano, no escapa del usufurcto de los pícaros. Así, algunos, luego de bochornosas derrotas y fracasos, han alegado ante propios y extraños pertenecer a la misma. Mas, un rápido repaso por sus cronologías de ventajitas y pequeñas victorias, rapiñas torpes, trampas y dividendos – amén, claro está, del registro de socios de la logia -, desmiten la coartada que busca la desesperación del orgullo: un triunfo de última hora. Saben que hay derrotas que pueden ser un éxito; un prestigio, más bien. Pero no son éstas las que busca la mayoría de miembros de la logia: son otras, intrascendentes: como parte de un credo, un automatismo, una ortodoxia cuyo sentido es ella misma.

 

 

© Marcelo Wio

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